Impresiona nuestra indigencia para generar unidad o consenso entre nosotros, entre argentinos. Incapaces de trabajar por la unidad. Entonces la diversidad desaparece, y solo nos queda sufrir la soledad y padecer la lejanía de los demás, de los amigos y aun de la familia. Aunque la violencia verbal o física sea una de las características de nuestra sociedad pasada y actual, se sufre más todavía cuando las raíces de la fraternidad se secan entre nosotros. La unidad nace de la pluralidad, cuando damos más importancia a lo que nos une que a lo que nos diferencia. ¿Qué hacemos con lo que nos diferencia? Cada cual debe aportar sus talentos para el bien de los demás, compartirlos. De esa forma, tal vez, lo que nos separa podría ser herramienta de unión.

La unidad es algo esencial para los que conformamos una nación, ya que compartimos intereses comunes. La nación solo tiene sentido cuando la política se convierte en el servicio más alto a la solidaridad.

El gran mal de la grieta o de la separación nace de la semilla de la soberbia y la autosuficiencia. Creer que la verdad completa la tenemos nosotros nos lleva a encerrarnos. Que no necesitamos a los demás y que los demás no nos necesitan a nosotros es algo terrible. Levantar muros en lugar de tender puentes es una señal de estupidez. No se ven los peligros de encerrarnos y crear guetos de poder e influencia.

Salvando las distancias, hay un espejo en el cual nos podemos mirar. En la Europa de posguerra, Albert Schumann fue, junto con Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi, uno de los padres de la unidad europea. Presidente del gobierno francés y ministro de Relaciones Exteriores, fue sobre todo un cristiano político convencido de que, a través de la política, podía servir a los ideales de paz, prosperidad y entendimiento entre los pueblos. Al principio parecía una utopía fenomenal, tenía frente a sí la grieta más espeluznante: 60 millones de muertos, un verdadero holocausto que no debía repetirse. Había que pensar en algo que hiciera imposible que aquel horror volviese a repetirse. Y esa idea superadora fue la unidad de Europa, la decisión de dejar definitivamente atrás las rivalidades para forjar un destino común para todos sus pueblos.

¿Habrá un estadista como Schumann, o al menos un patriota, entre los políticos argentinos? La visión humanista de la política de aquel luminoso hombre de Estado podría servir de inspiración para los políticos argentinos, en un tiempo en el que, según el sentir público, la política se confunde a veces con intereses sectarios o con la corrupción, en detrimento de una acción constructiva y positiva a favor de todos los ciudadanos. Mala cosa, querido lector, si esboza una sonrisa de escepticismo al leer estas líneas. ¡Cuánto valor y determinación hizo falta a estos estadistas europeos para proponer la unión a pueblos que hasta pocas horas antes se habían matado como animales! ¡Cuánto valor hizo falta para atreverse a soñar sin acobardase ante los acontecimientos adversos! ¿Alemania y Francia unidas? ¡Qué delirio!

Los argentinos podemos soñar y la Argentina, volver a ser un crisol de fraternidad. Los políticos tienen que dar señales, con hechos, de que existe esperanza para que la unidad se abra paso en el país. Una esperanza ligada a la integridad del político, a su honradez y saber hacer. El alma de los argentinos se vio rasgada por el zarpazo del espolio de este país ubérrimo y otra oportunidad perdida de ser un país próspero. El ciudadano de a pie se estremeció ante tanta impunidad jamás imaginada.

Los grupos violentos o bandas de delincuentes disfrazados de políticos siempre han existido y las divisiones siempre nos han hecho sufrir, pero actualmente el odio entre hermanos es aún más doloroso. Porque disponemos de maravillosos recursos naturales, herramientas e inteligencia humana y artificial para desarrollarlos de modo que se beneficien equitativamente todos. Tanta potencialidad de unidad y de desarrollo desperdiciada por nuestra soberbia inoperante o maldad militante. La inteligencia es la verdadera herramienta de progreso. Como toda herramienta, puede ser utilizada para el bien o para el mal.

Si no reaccionamos a tiempo y dejamos los "pequeños" juegos de la política o, mejor, de la politiquería, la Argentina seguirá siendo una promesa incumplida.

Pero nada está perdido en la Argentina ni mucho menos; es cuestión de ceder algo en beneficio de todos.

El autor es periodista, ex columnista de “Ámbito Financiero”, “La Gaceta” (España).