Hace ya muchos años que los niveles de pobreza son muy altos en nuestro país. No caben dudas de que nuestras inversiones orientadas a la producción de bienes y servicios hace ya una década que están entre las más pobres de América Latina. Esta falta de nuevas inversiones productivas ha impedido la creación de buenos empleos bien remunerados, convirtiendo así al sector publico en el único demandante, en muchos casos con empleos "artificiales". Esta escasa creación de empleos genuinos viene siendo una traba evidente a los esfuerzos por reducir de una manera permanente nuestros altos niveles de indigencia y pobreza.

El escaso crecimiento de nuestra producción, reflejo de las pobres inversiones productivas, con su nula generación de buenos empleos, ha convertido a nuestros altos índices de pobreza en índices de una preocupante exclusión social, ya que se trata de una gran proporción de la población que vive marginada del mundo laboral.

El Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) realiza periódicamente una estimación de la pobreza en los 31 aglomerados urbanos de todo el país. Esta información viene confirmando la existencia de un sostenido proceso de niveles de indigencia y pobreza muy altos, pero además nos alerta sobre un hecho preocupante que hace al futuro del país, ya que entre los niños menores de 14 años los niveles de pobreza en todo el país son muy altos.

Los datos del Indec del segundo semestre del año pasado nos dicen que nada menos que el 40% de los niños son en nuestro país indigentes o pobres. Esto es grave, porque estos elevados niveles de pobreza implican serias carencias alimenticias, sanitarias y educativas. Estas carencias de los niños de hoy deben ser corregidas, no solo por razones sociales, sino porque impiden la expansión del principal capital en este siglo XXI: el capital humano bien calificado.