La desorbitante corrupción K no debe quedar impune

Imaginemos por un momento que vivimos en un país donde un presidente arma una gran asociación ilícita para delinquir. Decide trasladar la metodología que utilizaba en la provincia en la cual era gobernador, pero ahora jugando en las grandes ligas. Y establece un mecanismo claro: aquel empresario que quería ganar una obra pública, explotar un corredor vial, recibir subsidios al transporte o relacionarse con el rubro energético debía entregar un porcentaje de aquellos fondos que el Estado le pagaba. Fondos que eran previamente inflados para generar el "resto" que los empresarios debían pagar a los funcionarios que el presidente designaba para esta tarea.

El presidente luego decide dejar el mando a su esposa, pero seguir con los mismos negocios espurios que funcionaban como un reloj a la perfección. Hasta que se muere el creador del "club de la coima" y los herederos (su esposa presidenta y sus hijos) deciden reclamar la herencia y continuar con el mecanismo que les permitía solventar costosas campañas electorales, comprar voluntades del Poder Judicial y engrosar su patrimonio.

En este país imaginario los funcionarios públicos involucrados se enriquecieron desmedidamente y los empresarios gozaron del sistema sin quejarse. Así funcionó durante años, hasta que un día la Justicia decidió avanzar, motivada por la pérdida de poder de los jefes de la asociación ilícita. En este país imaginario, las pruebas chorrean de los expedientes y la sociedad en su conjunto repudia los hechos de corrupción que se descubrieron sin importar su ideología política. Los jueces que antes callaron son investigados por el Consejo de la Magistratura. Los políticos a cargo del Poder Ejecutivo procuran no interferir en la investigación más importante de la historia ni repetir las mismas prácticas que ahora son juzgadas. La investigación culmina al poco tiempo con una condena y una inhabilitación para ejercer cargos públicos de los involucrados.

En la Argentina, el país de "nunca jamás", la historia parece no tener el mismo final. La Justicia "nunca jamás" juzga cuando los funcionarios están en el poder. El Consejo de la Magistratura negocia y los políticos utilizan a los ex funcionarios delincuentes como trampolín para ganar las elecciones. Las cajas de la recaudación mutan a otras metodologías y los empresarios corruptos siguen ganando obras públicas.

En el país del nunca jamás, la jefa de la banda proclama ser una perseguida política a la par que las pruebas la involucran y sus propios secuaces la señalan. Se escuda en su cargo de "senadora" para evitar las consecuencias de sus delitos y los opositores oficialistas la protegen en silencio para conservar el trampolín.

En la Argentina las causas de corrupción demoran años, hasta que la ciudadanía se olvida de su gravedad y cae en la tentación de un gobierno corrupto que se esconde bajo la máscara de progresista.

De todos nosotros depende que la Argentina "nunca jamás" cambie o que el país imaginario sea nuestra realidad.

La autora es abogada, denunciante en causas de corrupción. Asesora de Margarita Stolbizer.