Démosle curso legal al dólar para desatar nuestro potencial

Eduardo Bastitta

De haber logrado controlar la inflación, Argentina estaría seguramente entrando en una histórica senda de crecimiento. Una moneda estable es lo que necesitamos para explotar el colosal potencial dormido de la Argentina. A partir de las turbulencias de los últimos meses, el Estado debería preguntarse si es momento de permitir a los argentinos transaccionar en otra moneda. ¿Tiene sentido seguir forzando la utilización del peso mientras dedicamos tantos recursos y esfuerzos infructuosos a jerarquizarlo? ¿Por qué no permitimos otra opción y en todo caso postergamos los intentos por generar confianza en una moneda propia? ¿Por qué seguimos relegando nuestro potencial a la concreción de un éxito que parece inalcanzable pero que, además, no tiene por qué estar en nuestro camino crítico?

La realidad es que los argentinos utilizamos los pesos porque estamos obligados a hacerlo en muchas de nuestras transacciones habituales (cobro de sueldos, pago de impuestos, pago de servicios públicos) y porque el dólar está limitado en sus funciones: no podemos emitir cheques en dólares y los bancos están restringidos para prestarlos. De no ser así, seguramente la mayoría elegiríamos el dólar. Los argentinos necesitamos una moneda, pero no confiamos en la nuestra. Estas normas significan una imposición a la sociedad para que utilicemos los pesos aunque no queramos hacerlo. ¿Por qué esta imposición por parte del Estado? ¿Tiene sentido? ¿Están bien evaluados los costos y los beneficios?

Veamos primero los beneficios y luego los costos del escenario actual, comparándolo con otro en el cual se admitiera que el dólar tuviera las mismas funciones que hoy tiene el peso.

Entre los beneficios de tener una moneda propia podemos resumir: darle flexibilidad a la competitividad de la economía frente a escenarios internacionales cambiantes, habilitar la política monetaria para intentar evitar recesiones, proteger la economía frente a shocks externos adversos y permitir al Tesoro una fuente de financiamiento adicional vía emisión monetaria.

Es importante aclarar que estos beneficios están reservados para aquellos países que hubieran sido exitosos en la generación de confianza en su moneda. Para los países que no logran confianza y control de la inflación, y, por lo tanto, tienen que imponer la moneda (como es nuestro caso), la utilidad de las herramientas antes descritas es bien limitada.

Adicionalmente, debiéramos preguntarnos si es que existen otros mecanismos para dotar a la economía de herramientas similares a las que provee la moneda. La respuesta es que sí, muchos de estos beneficios son reemplazables por otras herramientas: la capacidad de evitar una apreciación excesiva de la moneda puede lograrse con una convertibilidad con canasta de monedas o mediante la gestión responsable de impuestos, retenciones y reintegros al comercio internacional; la capacidad de utilizar política monetaria para evitar recesiones puede reemplazarse por la conformación de un fondo anticíclico que además puede ser útil como fusible para resistir shocks externos. Es decir, la adopción masiva de una moneda propia no es la única forma de lograr los beneficios que hipotéticamente trae.

En segundo lugar, prestemos ahora atención a los costos que tiene para los argentinos la debilidad de nuestra moneda con la consecuente (y siempre presente) inflación. Es un desafío resumir estos costos por su inmensidad y su dispersión en todas las áreas, pero básicamente uno podría agruparlos en tres grandes grupos:

-Nuestro potencial desperdiciado: eliminar la inflación va a desatar todo el potencial de los argentinos, generando una explosión de inversión y de ahorro. Sin moneda confiable, es imposible pensar que la Argentina va a crecer de manera sustentable y, por el contrario, la sola existencia de una moneda confiable va a liberar un enorme potencial acumulado en todos los sectores. Sin necesidad de mirar lejos, observando la experiencia de nuestros países vecinos, podemos, por ejemplo, estimar que se triplicaría el sistema financiero en pocos años, generando un volumen de inversión adicional equivalente a un 30% del PBI. Este enorme crecimiento adicional, con todos sus efectos virtuosos, está condicionado a que tengamos una moneda que nos permita generar ahorros y créditos de largo plazo. El crecimiento abarcaría todos los sectores aletargados: industria, vivienda, infraestructura, minería, petróleo, logística, servicios y exportación, con preponderancia de pymes, logrando una senda de crecimiento virtuoso de largo plazo.

-El flagelo social y la inequidad: la inflación castiga más duro a los más débiles; la asimetría en la carga del costo de la inflación es brutal. La pérdida de poder de compra hace aumentar la pobreza y perpetuar la marginación. Mientras los asalariados, los cuentapropistas y las pymes ven diluir sus ahorros y sus saldos, y encarecer sus costos financieros, las entidades bancarias y otros sectores aumentan exponencialmente sus ganancias durante períodos inflacionarios. Un banco toma esos ahorros sin costo y los invierte en instrumentos estatales que rinden hasta el 60%, logrando márgenes que son los más altos del mundo y sin riesgo. Esto además desalinea completamente los incentivos para que los agentes económicos actúen en favor del crecimiento económico.

-Los costos económicos: la debilidad de la moneda trae aparejada una infinidad de costos. El tiempo y el esfuerzo destinados a negociar paritarias, acordar ajustes de sueldos y jubilaciones, los paros, las movilizaciones y los conflictos sociales derivados. La inflación genera concentración económica e injusticias a todo nivel en nuestros mercados y cadenas de pago. Los costos por intentar convencer a los inversores de que inviertan en instrumentos en pesos son también muy altos, porque deben compensar la alta percepción de riesgo de nuestra moneda, y son riesgosos porque son más propensos a sufrir escenarios de pánico.

En conclusión, creo que debemos reconocer que no podemos seguir postergando la solución a la inflación. No es cierto que la única solución sea logrando la confianza en el peso, por lo tanto, tampoco es cierto que, frente a este escenario, tengamos que volver a empezar de cero a batallar contra la inflación.

Dolarizar no es una imposición, por el contrario, es permitir a los ciudadanos elegir. Este es el shock de confianza que exige la turbulencia de corto plazo. Es la vuelta rápida al crecimiento que requiere la población más vulnerable y es la pista de despegue para un crecimiento histórico y sustentable de largo plazo. No hay apuro para tener una moneda propia, posterguemos los esfuerzos hasta que exista un escenario de estabilidad y podamos lograr que la adopción sea libre y no resulte tan arriesgada y costosa. Mientras tanto, démosle al dólar las mismas funciones que al peso, habilitemos al dólar como moneda de curso legal.

El autor es licenciado en Economía Empresarial y Gerente General de Plaza Logística.

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