Las sombras asoman en el horizonte de nuestra bicentenaria nación. Nunca más actual para describir la cruda exigencia de la hora, las palabras de Winston Churchill al percibir las hordas que se avecinaba con la llegada del nacionalsocialismo al poder de Alemania, cuando pronosticaba que se cernía la tormenta.

No pretendemos efectuar una visión retrospectiva de los numerosos errores que hemos cometido como sociedad, tampoco poner acento en una gestión gubernamental determinada, ya que no solo sería impropio por la función que desempeñamos, sino que esa dialéctica nos obligaría a recalar en discusiones circulares. Si pasamos una breve revista de la historia de nuestra adolescente nación, podemos tomar como dato objetivo y formal que los saldos exportables durante los períodos anteriores a las dos guerras mundiales generaron que la Argentina, en 1895, fuera el país con más alto producto bruto interno del mundo.

Lamentablemente, el lugar de privilegio de otrora se asemeja a un juego de apariencias si lo compulsamos con la realidad que nos sacude. Es realmente infausto mirar una nación que ha llegado a ocupar un lugar de privilegio en el concierto mundial, observarla hoy con una realidad opaca que nos muestra no solo como una sociedad dividida, sino también con una prolífica familia de desventuras que impiden dar respuesta a las diversas demandas básicas —particularmente en los sectores más vulnerables en un territorio que supo ser una cuna de sueños.

La Argentina de hoy evidencia una profunda disociación respecto de su rosicler como nación. Asumiendo que nos somos economistas profesionales, hemos de transcribir solo algunos indicadores que instalan sobre la superficie el penoso desequilibrio en el que convivimos. La balanza comercial arrojó en julio del 2018 un déficit de 789 millones de dólares; la deuda pública consolidada alcanzó los 334 mil millones de dólares; la tasa de inflación, a valores de diciembre del 2017, cerró en 25% y se espera que oscile en el 32% para diciembre del 2018; el déficit primario se ubica en el 4,2% del PBI; los compromisos de deuda soberana y el déficit de las provincias rondan el 7% del PBI; el endeudamiento para financiar el rojo fiscal exige un aumento de la deuda pública en orden a los 35 mil millones de dólares; el déficit comercial alcanzó niveles récord este año como colofón del descalce en el intercambio con Brasil; la deuda cuasifiscal se incrementó el 57% en 2017 ante la necesidad de absorber pesos para financiar al tesoro; de manera paradojal, los gastos en turismo y los viajes de argentinos al exterior, en 2017, ascendieron a 10 mil millones de dólares en función del apalancamiento vía inflación y atraso cambiario.

La escalada cambiaria o la corrección que el mercado impuso para la cotización de la divisa americana, sumada a los datos, perfectibles, desde luego, que hemos suministrado, nos obliga a repensar qué tipo de nación queremos y la forma de despejar la bruma oscura que se vislumbra en el horizonte.

¿Tiene la Argentina viabilidad como nación? La respuesta afirmativa se impone a poco que se acuda a los dictados de la lógica, pero para ello debemos entender que el huracán que nos azotó durante el segmento de la corrida cambiaria no ha sido derrotado. Por el contrario, ha sido solo el comienzo y una nueva oportunidad para encontrarnos los argentinos y encolumnarnos detrás de objetivos comunes y, entre todos, empavesar una verdadera cruzada que nos vaya llevando hacia el sendero de la racionalidad y de la normalidad.

El desafío está en nosotros. Todos los actores, con independencia de su ideología o su actividad partidaria, debemos ponernos la patria al hombro y sin mezquindades ni oportunismos marchar hacia una agenda común. Dicha agenda debe albergar tres ejes definidos que no son otros que equilibrar el gasto, la lucha contra la corrupción y tener un respeto extendido por el cumplimiento de la norma.

Es imprescindible nivelar el gasto estatal. Su desborde trae como consecuencia una espiral inflacionaria o la necesidad de acudir al endeudamiento externo, ante un mundo cada vez más taciturno en financiar nuestros desequilibrios macroeconómicos. No está de más recordar la arenga del general San Martín, en plena guerra contra la madre patria, cuando les exigía a sus huestes la mayor austeridad posible para enfrentar a los realistas.

Debemos cuidar las cajas del Estado como un apego tal que debe ser equiparado al dinero familiar. La nación debe, por muchos años, revisar el destino que les da a las erogaciones corrientes, cuidando el peculio estatal como un tesoro que nos es renovable por arte de magia, sino que debe construirse sobre la base de la sangre, el sudor y las lágrimas.

Cada funcionario que maneja una caja estatal debe ser el más celoso administrador del peculio ajeno, a la necesidad de mantener una austeridad sostenida en el tiempo y optimizar la asignación de recursos estatales, debemos librar un combate sin cuartel contra cualquier modalidad de corrupción. En una nación arrasada, es intolerable que existan funcionarios públicos o particulares que, encima, esquilmen las arcas nacionales.

La corrupción, como adelantáramos, es el segundo eje que ha postergado nuestro desarrollo sostenido. Es un medio alterador de las relaciones elementales que instala la calígine en el marco de la aplicación de la ley y afecta el proceso de los negocios produciendo dos consecuencias deletéreas. Por una parte, quiebra el principio de igualdad, al verse ausente la aplicación indiferenciada de la ley, generándose un derecho de dos velocidades en el que los marginados no poseen la disponibilidad del marco normativo abstracto y general, a la vez que la corrupción produce una suerte de clientelismo —que transforma al necesitado en un palafrenero, en un vasallo del caudillo o puntero local, quien le fía la comida a cambio del sufragio—, puesto que el perfeccionamiento, y hasta la imposición, de los acuerdos venales traduce a quien decide llevar a cabo una actividad lucrativa lícita en un rehén de las prácticas corruptas, germinando una aceptación ulterior de ellas como forma de supervivencia e inserción en el sistema.

El tercer sedimento se materializa por intermedio de la anomia que nos alcanza a los argentinos. El camino del subdesarrollo que ha tomado la Argentina está asociado, también, a la anomia o la falta de acatamiento de la ley, donde se gestan atajos tan propios de los argentinos que nos han llevado, algunas veces, a pretender ser lo que nos no somos. En algunos momentos queremos imitar a las Islas Británicas, las cuales, como explican Borges y Alicia Jurado en su Introducción a la Literatura Inglesa, eran una colonia de Roma, la más desamparada y septentrional de su vasto imperio, su población era de origen celta, se profesaba la fe en Cristo y las ciudades hablaban latín, para luego ser una potencia mundial. En otros tramos actuamos como pequeño principado periférico, con gestos remilgos, terrecidos o cortoplacistas. Recordemos algunos de los tramos de la obra de Carlos Gamerro, Facundo o Martín Fierro, cuando describe que, en tren de eludir la norma, algunos tramos de la literatura gauchesca consideraban héroe al criminal y diabólica a la autoridad. Ya explicaba Nino en su emblemático libro Un país al margen de la ley que la Argentina vive un Estado general de desatención a la norma que orilla el absurdo de protagonizar la anomia boba, cuya retícula consiste en eludir la ley por la satisfacción que consagra el mero hecho de incumplirla.

Estas deben ser las premisas que, de manera sostenida y con una visión de largo plazo, tienen que unirnos para superar los escollos que refleja el penoso estado de las cuentas nacionales. Con un Estado sobredimensionado o quebrado resulta impensable llevar adelante cualquier tipo de política pública. Debemos tener particularmente presente, tal como lo señalaba el cardenal primado en el último Tedeum, que los cambios sociales y culturales se dan en procesos que demandan tiempo que nos trascienden, se extienden más allá de los períodos de un gobierno y hasta superan a generaciones. Debemos desconfiar de los logros instantáneos y las recetas prometeicas. Si algo hemos aprendido de nuestro derrotero, debemos acostumbrarnos a decir: "Si comenzamos hoy, dentro de 10, 15 o 20 años se verán los frutos". El tiempo no lo podemos someter, pero sí está en nuestras manos perseverar unidos en los objetivos por el bien común.

Debemos recobrar nuestra disciplina en la asignación de recursos monetarios y, en ese largo parto doloroso que necesariamente implica la superación de la emergencia monetaria y el saneamiento de las cuentas públicas, luego de segmentos prolongados de despilfarro, poder ingresar en la agenda de discusión de los grandes temas que hoy convoca a la aldea global. Mientras nosotros prescindimos de una visión de conjunto, generando grietas absurdas y discusiones estériles, el mundo comienza a redefinir a la educación primaria de calidad como una suerte de "poder redentor", pero con una visión innovadora, donde se tienen en cuenta los alcances de la inteligencia artificial y la robótica, sostenidos en el apotegma de que habrá mayor desigualdad social, ya que quienes absorban una educación de vanguardia van a poder adaptarse a los cambios tecnológicos y hermanarse con nuevas relaciones de empleo. El 47% de los empleos tradicionales van a ser reemplazados por robots o computadoras inteligentes, por lo que el eje de la discusión se endereza, no ya a la pérdida de los trabajos, sino a cuán traumática va a ser la transición hacia un mundo donde la mano de obra va a estar atada al inexorable brazo de la automatización.

La patria nos reclama gestos de unión e hidalguía por encima de las diferencias conceptuales que, naturalmente, pueden avizorarse en un proyecto de república horizontal y democrático. Las crisis generan dificultades y escollos pero también brindan oportunidades para la toma de la conciencia colectiva. El cambio debe gestarse en nosotros y debemos hacer un esfuerzo superlativo hoy para que las generaciones venideras puedan cosechar esa siembra. Anhelamos que no se concreten las preocupaciones de Bolívar manifestadas al general Flores, en su misiva escrita en Barranquilla el 9 de noviembre de 1830, cuando apuntaba que la América es ingobernable. El que sirve a una revolución ara en el mar, América caerá en manos de multitudes desenfrenadas para pasar a tiranuelos casi imperceptibles gestando el territorio propicio para volver al caos primitivo.

El autor es juez de Cámara en el Poder Judicial de la Nación por ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional n° 4, doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales, magíster en Mercado de Capitales y en Derecho Económico. Especialista en Finanzas y Derecho Tributario. Doctorando en Ciencia Política. Docente de posgrado en las universidades del Museo Social Argentino y Belgrano.