El Gallego era un luchador. Nada le fue fácil, no militaba en una de las provincias feudales -le tocó la más complicada, donde ser peronista no era fácil, y no paró hasta ganar la gobernación. Y no solo ganó, sino que dejó una estructura del peronismo original y respetado por la sociedad.

Quizás el peronismo de Córdoba sea sin duda la expresión más racional y avanzada de nuestro movimiento. Difícil de entender, ese peronismo no pudo imponerse a nivel nacional, de haberlo logrado otro sería nuestro presente. Y otra la forma en que viviríamos las dificultades de la coyuntura. El Gallego le dejó al peronismo la versión más racional y madura de su presente.

El Gallego fue el mejor de la renovación peronista, de esa etapa donde nos enfrentamos al viejo aparato para recuperar nuestros ideales. Siempre estuvo presente en nuestras charlas, su ausencia en la lista actual de candidatos era difícil de entender. Todos repetían el lugar común de "De la Sota es el mejor" porque lo era, porque se había sabido ganar ese lugar.

Y quizás también lo era por ser capaz de bajarse de la política y transitar otros caminos, esos que le supimos criticar, como su incursión por el diseño de moda. Quizás en esos desvíos se ocultara la esencia de su virtud, de su sentido común que le permitía tomar distancia de la política, de ese mundo que cuando se vuelve obsesión corre el riesgo de transformarse en enfermedad.

La Renovación Peronista fue una etapa que ofreció demasiado y sin duda quedó trunca. Fuimos varios los que participamos de ese sueño. Puedo decir que lo más importante de su legado, según mi visión, es la síntesis entre pasión y razón. Fue un apasionado como pocos sin dejar nunca de ser racional. Se nos fue con el Gallego, mi amigo, un representante de lo mejor del peronismo y de la política, y quizás el mejor de todos.