Hace exactamente 25 años, Yitzhak Rabin y Yasser Arafat se daban la mano frente a los ojos de Bill Clinton y ante la mirada atenta del mundo. Los acuerdos de Oslo serían, para muchos, el comienzo de una resolución a un conflicto que ya entonces parecía eterno.

Diez días después de la firma de los acuerdos, comenzaron los primeros ataques terroristas. Diez días. La primera víctima fue Yigal Vaaknin. Dos semanas después, otros dos israelíes, Eran Bahar y Dror Porer, fueron asesinados. Para finales de 1993, ya se habían registrado 15 atentados terroristas con víctimas fatales. Actualmente, y contando desde la firma del acuerdo, ya son alrededor de 1600 las víctimas israelíes producto de bombas, cohetes y misiles, lanzados desde las áreas desde donde Israel aceptó retirarse, con la expectativa de que sólidos gobiernos palestinos se harían cargo.

No solo no fueron ni son sólidos sino que tampoco pudieron establecer cuestiones que resultan fundamentales si apuntan a la creación de un Estado. No lograron obtener el monopolio del uso de la fuerza, al punto de perder el control de Gaza a manos del grupo terrorista Hamas y tampoco consiguieron el apoyo de su población ni se preocuparon por la construcción de su propia sociedad, sino que permanecieron en su rol destructivo, estancando no solo el proceso de paz sino su propio desarrollo y crecimiento.

Más allá de eso, los palestinos desde un principio descreyeron y quitaron importancia al acuerdo. Esto se confirma con las palabras de su líder, Yasser Arafat, en Sudáfrica, en 1994, donde habló de que la lucha continuaba, de la lucha armada para recuperar Jerusalén e insinuó que Oslo era simplemente una táctica para eventualmente obtener control sobre la ciudad sagrada.

En cuanto a las especificidades del acuerdo, hay un punto fundamental que los palestinos nunca se esforzaron en respetar. Los acuerdos de Oslo explicitaban claramente que ambas partes se asegurarían de que sus sistemas educativos contribuyeran a la paz entre los pueblos. A día de hoy, el sistema de educación palestino sigue cosechando fracasos y son muchos los que se preguntan cómo la dejadez de Mahmoud Abbas y Hamas no provoca un levantamiento entre la propia población palestina, empobrecida y sometida a un sistema corrupto y arbitrario.

No hace falta más que citar las palabras del propio Abbas, cuando, en enero de este año dijo, en referencia a la validez actual de los acuerdos: "Oslo está muerto". Estas palabras, sin embargo, no solo no sorprenden sino que no tienen valor alguno. Los dirigentes palestinos nunca respetaron el acuerdo ni tuvieron intenciones serias de alcanzar la paz. Se negaron en el 2000, 2001, 2008, 2011 y 2014 y hoy en día siguen siendo contrarios a establecer negociaciones confirmando, una y otra vez, que no tienen interés alguno en alcanzar la paz.