El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires está proponiendo la creación de una universidad con eje en la formación docente. La novedad sugiere una inmejorable oportunidad para otorgarle centralidad a una discusión impostergable: la formación docente como factor decisivo y determinante a la hora de listar las prioridades para emprender un camino verdaderamente transformador en la calidad educativa.

El Ministerio de Educación e Innovación busca con sus acciones dos objetivos excluyentes: lograr mejores aprendizajes y tener mejores docentes. En este sentido, no resulta ilógico que el proyecto de creación de una universidad que apunte a la formación de nuestros docentes y a una nueva forma de coordinación de los actores, potencie las personas y las prácticas de valor existentes, y que al mismo tiempo permita una nueva dinámica en la transferencia del conocimiento.

El proyecto enviado al legislativo porteño es un proyecto de ley con estado parlamentario que está siendo debatido democráticamente con el objetivo de mejorarlo y enriquecerlo en un marco plural y respetuoso, donde todas las voces interesadas puedan tener su representación.

Más allá de las voces a favor y en contra del proyecto, hay al menos una cuestión que nos interpela a políticos, especialistas, dirigentes y docentes: ¿estamos haciendo todo lo necesario para generar los graduados que requerirá el mundo del año 2030?

En un escenario aspiracional podríamos imaginar un sistema integrado donde interactúan los institutos, la flamante universidad y el resto de las estrategias del sistema educativo de la ciudad. ¿Por qué no atreverse a pensar un sistema coordinado cuya sinergia arroje como resultados más y mejor información sobre buenas prácticas docentes y su posible intercambio, favorecer las trayectorias curriculares cruzadas y proyectos multidisciplinarios de investigación, entre otros?

La circunstancia de que pueda erigirse un formato universitario en franca complementación con la oferta existente en un nuevo rediseño institucional es una conversación que está ocurriendo. No la neguemos ni la ignoremos. De lo contrario, habremos perdido otra valiosa oportunidad para revertir décadas de estancamiento e involución.

Seamos claros. La jerarquía que presupone el rango universitario para la formación docente no resuelve los dilemas a los que hoy se enfrenta la carrera, por ejemplo: el poco interés que despierta entre los jóvenes. Pero podría significar una arquitectura novedosa de carreras, políticas y prácticas formativas que redunden en un mayor atractivo.

El establecimiento de una universidad pública de gestión estatal en el ámbito de la Ciudad es un hecho sin precedentes desde que esta es autónoma. Que la institución quiera ocuparse de la formación de nuestros docentes es una gran noticia.

Podremos construir un mejor proyecto si somos generosos en el diálogo y en los diagnósticos. No se trata de repensar el sistema de formación sin los institutos, poseedores de experiencias e identidades irremplazables. Tenemos que encontrar los caminos para hacerlo junto a ellos.

El autor es legislador CABA, integrante de la Comisión de Educación.