Desde Ft lauderdale

Hace un año las Islas Vírgenes norteamericanas y Puerto Rico, todos territorios pertenecientes al Commonwealth estadounidense, fueron arrasados por los huracanes María e Irma, ambos con una semana de diferencia. La ayuda burocrática de Washington resultó demasiado pesada para las urgencias de las islas. El 85% de las casas de St John, por ejemplo, fueron destruidas. Las líneas de electricidad cortadas, los hospitales, colapsados.

¿Qué apareció entonces? Lo que Alberdi ya notaba como diferencia entre lo que él llamaba "angloamericanos" y nosotros. Decía el padre de la Constitución: "Cuando lo angloamericanos tienen un problema, se reúnen, probablemente en las escuelas o en las iglesias, lo exponen, discuten, llegan a un arreglo y lo resuelven; nosotros nos damos vuelta y miramos al gobierno". Fue finalmente el esfuerzo y el dinero privado lo que reconstruyó las islas o gran parte de ellas en menos de un año.

En St John, por ejemplo, aparecieron grupos formados especialmente para las tareas de reconstrucción como Love City Strong (Love City es el sobrenombre de St John), Love for Love City Foundation, All Handas and Hearts Smart Response y Bloomberg Philanthropies, que literalmente arrojaron millones de dólares y horas de sudor y esfuerzo, juntando recursos entre ellos con el objetivo mutuo de restaurar las casas y los negocios de la isla.

Comenzó con la gente del lugar (comerciantes, chefs, capitanes de pequeñas embarcaciones turísticas) que tomaron las tareas de reconstrucción en sus propias manos. Luego se les unieron celebridades que han nacido o que tienen con las islas un apego especial como el cantante de música country Kenny Chesney y Thomas Secunda, el multibillonario cofundador de Bloomberg.

"El sector privado apareció y, en mi opinión, reescribió el libro de la recuperación", dice Jeff Quinlan, un ex dueño de un bar y propietario de una embarcación para turistas que lidera la fundación Love for Love City. Bloomberg movilizó expertos en restauración eléctrica, trabajando al lado de las autoridades, gracias a lo cual St John tenía el 90% de su electricidad repuesta para antes de Navidad de 2017. El mes pasado la fundación Clinton donó miles de paneles solares bajo el patrocinio de Secunda y Bloomberg.

Washington aportó casi 2 mil millones de dólares, más otros 86 millones dedicados exclusivamente a la restauración de casas particulares. Pero sin el apoyo y el ingenio privado el resurgimiento hubiera sido imposible.

Pero mientras ese aporte llegaba, quienes viven aquí salieron a la calle con sus propias sierras a cortar árboles caídos, a llamar a especialistas en techos, electricistas, plomeros, en fin, todos trabajando para salir de la catástrofe. Cuando el dinero privado empezó a llegar, se organizaron en equipos de modo que las tareas fueran más organizadas.

Con todo, el esfuerzo continúa. Aún no está terminado. Los dos principales empleadores de la isla, The Westin St John Resort y el Caneel Bay Resort, aún están cerrados, pero pronto reabrirán sus puertas también gracias al trabajo de las fundaciones y de Bloomberg.

La historia vale como ejemplo de lo que una comunidad con sentido de pertenencia puede hacer. Es verdad que el país recompensa de otra manera y no roba el esfuerzo del sector privado. Pero este está allí cuando se necesita: "Se reúnen, se juntan, discuten y resuelven; nosotros miramos al Gobierno".

Y nótese que la cuestión aquí es netamente cultural. Es la cultura norteamericana lo que produce estos episodios. Las Islas Vírgenes tienen mucha población nativa, extranjera y afroamericana. Puerto Rico ni hablar, con su pasado hispano. Pero la cultura de comunidad de los Estados Unidos las ha permeado y hoy en día la llevan en la sangre frente a fenómenos como este.

Está bien que la Argentina ha recompensado mal a los argentinos que han confiado y ya muchos han tirado o quieren tirar la toalla: ya no quieren más lola con el cuento de tener que meter siempre la mano en el bolsillo. Pero en el país hay mucha gente que puede hacer un esfuerzo más que proporcional respecto de otra. La clase media está fundida. Ya la suma de dos más dos no le está dando cuatro; le está dando 3,80. A esa gente le ha pasado el huracán Kirchner por encima no en dos semanas, sino durante 12 años.

El gobierno no puede estafar a quienes confiando en la administración, por ejemplo, blanquearon 50 mil dólares. Esa gente puso ya todo lo que tenía que poner. No puede hacer más nada.

Son los Bloombergs argentinos (que los hay, en su debida proporción) los que tienen que aparecer ahora. Ellos pueden ser los héroes que compren la garantía argentina de no regreso al populismo. Y el Gobierno debe tomar esa conducta como lo que es: un heroísmo de esa gente y saber recompensarlo cuando toda esta larga noche haya, si Dios quiere, pasado.

Recordemos a Alberdi. Que los que pueden se junten, discutan y ayuden a resolver un enigma de 70 años: el misterio de un país que lo tiene todo, y no tiene nada.