La percepción de la opinión pública sobre la competencia económica y estratégica Estados Unidos-China

Sin duda uno de los temas álgidos y que acaparan más atención es la relación entre los Estados Unidos y China, y los interrogantes acerca de los márgenes de posibilidad de que ambas potencias puedan convivir sin escalar a una guerra o tensión extrema en las próximas tres a cuatro décadas. Como mencionamos en ocasiones anteriores en estas columnas, esta cuestión ha llevado a universidades como Harvard y destacadísimos estudiosos de la política internacional como Graham Allison, quizás uno de los mayores especialistas sobre crisis internacional y toma de decisiones, a lanzar un amplio programa de estudio sobre más de una docena de casos históricos en donde una potencia hegemónica fue desafiada por otra.

Las estadísticas en este sentido no parecen muy optimistas. De los 15 casos analizados por Allison y su equipo, 12 derivaron en grandes guerras y otros 3 se resolvieron de manera pacífica. Los Estados Unidos estuvieron presentes en 2 de esos 3; el primero cuando superó en poder al Reino Unido, a comienzos del siglo pasado y, luego, en su victoria sin guerra sobre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

En este contexto, uno de los centros de análisis de opinión pública internacional más prestigioso del mundo como es el Pew Research Center ha llevado a cabo dos amplios estudios. Uno sobre la opinión pública estadounidense vis-à-vis China, dado a conocer en agosto 2018 y otro a nivel internacional, donde se mide hasta qué punto en varias decenas de países claves se percibe a China o a los Estados Unidos como el principal poder global. La bandera de nacionalismo económico y fortalecimiento del poder militar que ha colocado Donald Trump como eje de su discurso hace que los porcentajes y las tendencias que muestren estos estudios de campo adquieran particular relevancia.

En el primer caso, sobresale un descenso de la cantidad de norteamericanos que tienen una opinión positiva sobre China. Pasando al 38% este año, del 44% del 2017. Asimismo, una mayoría se inclina por mirar con resquemor más el ascenso económico chino que el de su capacidad militar. Los tres temas que lideran el cuadro de inquietudes son la gran cantidad de bonos de la deuda externa de americanos que tiene China en su poder, el efecto sobre el nivel de empleo en territorio americano por la competencia económica, y la posibilidad de ciberataques. Al momento de analizar los sectores de opinión tomando en cuenta su edad, es evidente que la población más joven de los Estados Unidos tiende a tener una visión más favorable de China (un 49%). Las opiniones negativas más fuertes se registran en la población de 50 años o más (un 53%), seguido por los de 30 a 49 años (48%). Al momento de poner un filtro sobre la inclinación hacia el Partido Demócrata o Republicano, no parece haber diferencias muy marcadas. Sí se podría decir que, en promedio, estos últimos tienden a ver con mayor preocupación la amenaza o el desafío económico chino, en tanto que los primeros lo hacen por temas como el impacto de este fenómeno sobre el medioambiente global, o sea, la contaminación y el calentamiento global que supuestamente provocaría la acelerada modernización china.
Un 58% de los norteamericanos ve con suspicacia el mayor poder económico chino, un 6% más en que el 2017. Dentro de este ítem, un 89% hace referencia al riesgo que representa la cantidad de bonos de la deuda de los Estados Unidos en poder de los chinos; un 87%, la posibilidad de ataques informáticos desde China; un 85%, el impacto en el medioambiente; un 83%, el peligro de pérdida de empleo y un 82%, el déficit comercial. Aun así, el promedio de las preocupaciones económicas de los norteamericanos sobre China es menor ahora que en el 2012, cuando se comenzó a hacer esta encuesta.

En cambio, desde ese año hasta hoy no han dejado de crecer las referencias a ciberataques. En este punto es donde más coinciden votantes demócratas y republicanos.

En julio 2017, el mismo Pew Research Center publicó una encuesta a escala internacional en donde se buscó detectar qué países perciben a los Estados Unidos o a China como la economía más poderosa del planeta. Entre los países donde una mayoría de los encuestados se inclinó por destacar la preponderancia de Washington están: el mismo Estados Unidos, México, Colombia, Venezuela, Brasil, Perú, Argentina, Turquía, Sudáfrica, India, Japón, Corea del Sur, Israel e Indonesia. Por su parte, los que, en cambio, perciben en posición preeminente a China son países como Canadá, Reino Unido, Francia, España, Alemania, Holanda, Polonia, Hungría, Rusia y Australia.

Al mirar los porcentajes dentro de cada país, en el caso de la Argentina, las posturas se orientan 36% por Estados Unidos y 33% por China; en Brasil, un más amplio 44% a 17%; India, 42% a 11% y México, 47% a 25%. En el otro grupo, Rusia registra 27% a 35%; Alemania, 24% a 41% y Francia, 37% a 47%. Con estos números y tendencias a la vista, cabe destacar que la estrategia del presidente Trump de poner en el centro de la escena la necesidad de replantear el vínculo económico y comercial con China tiene una fuerte base de sustentación en la opinión pública norteamericana y, en especial, dentro de los más propensos a votar por el Partido Republicano. Por su parte, la postura más dura de la Casa Blanca en materia de seguridad nacional parece altamente compatible con el ascenso año a año de la visión del gigante asiático como una amenaza vía, por ejemplo, ataques informáticos contra el sector público y privado de los Estados Unidos.

Asimismo, sobresale el casi total consenso existente en Europa occidental y oriental de visualizar a China como la principal potencia económica. No así en el caso de América Latina y en parte sustancial de Asia y países claves del Medio Oriente y África, que, en cambio, siguen viendo a las barras y estrellas en esa posición. Sin duda esta es una foto de una larga película que nos acompañará en la política internacional, y con repercusiones domésticas en todos estos países, a lo largo de las próximas décadas. En el caso argentino, nuestro país es el tercer proveedor productos agropecuarios de China, solo superado por el mismo Estados Unidos y Brasil. A ello se suma la decisión de construir, a partir del 2022, una central nuclear de origen chino de uranio levemente enriquecido por un valor estimado entre 8 a 9 mil millones de dólares.

Asimismo, el año pasado pasó a estar operativa la base de monitoreo espacial que, con un costo superior a los 30 millones de dólares, fue montada por China en la provincia de Neuquén. Esta se remonta al acuerdo firmado por ambos países en el 2012. Si bien los Estados Unidos nunca se expresaron públicamente en contra, recientemente el periódico The New York Times público un amplio y detallado informe sobre esta instalación. Algunos observadores nacionales e internacionales tendieron a verlo como una señal de alerta o de malestar en Washington.

Sin duda uno de los mayores desafíos del poder político y la diplomacia argentina en el corto, mediano y largo plazo será articular de la manera más prudente e inteligente posible la vinculación con ambas potencias. Si bien China es un socio comercial clave y con amplia disponibilidad de financiación para grandes obras de infraestructura, como represas hidroeléctricas, centrales nucleares, puertos, minería, hidrocarburos, etcétera, pocas dudas caben del peso específico que conservan los Estados Unidos. Sin un rol activo y propositivo de Washington, difícilmente la Argentina hubiese podido acceder a un crédito de 50 mil millones de dólares del FMI y mucho menos la reciente decisión del organismo internacional de concentrar esos desembolsos en el 2018 y 2019, y no en tres años.

Cabe tener en claro que Washington no centrará sus eventuales críticas o cuestionamientos a una potenciación de los lazos comerciales entre Argentina y China, dado que los Estados Unidos y el gigante asiático son fuertemente interdependientes en este sentido. Para tener una idea cabal de la magnitud de esa relación, iniciada en 1978, cuando China decidió optar por el capitalismo, el año pasado el superávit comercial con los Estados Unidos fue en torno a los 500 mil millones de dólares. En otras palabras, casi el 75% del PBI total de la Argentina.

Asimismo, se estima que más de 10 mil estudiantes de origen chino están estudiando carreras sensibles como ingeniería de diversos campos e informática en las principales y mejores universidades norteamericanas. El propio ministro de Economía de China realizó estudios en Harvard. Por lo tanto, nuestro país deberá poner el foco en detectar preventivamente y de manera clara los temas y las áreas en los campos de la diplomacia internacional, seguridad, defensa, acceso a recursos estratégicos, etcétera, que sean sensibles a los intereses de Washington.

La Argentina tiene experiencia en materia de buscar equilibrios entre grandes elefantes blancos, que combinan lógicas de acercamiento y de pelea entre sí. Sin ir más lejos, está el caso de la URSS durante el Gobierno militar de Lanusse, el tercer Gobierno de Perón y el Proceso de Reorganización Nacional. Durante ese período, se buscó espacios de diálogo y cooperación tanto con Washington como con Moscú.

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