El 29 de agosto se cumple un nuevo aniversario del nacimiento en Tucumán de Juan Bautista Alberdi. Estudiar, repensar su obra y conceptos debería ser un deber para todos los argentinos que seguimos imaginando que podemos ser un gran país, que el desarrollo integral no es una utopía, y que consolidar instituciones democráticas fuertes y respetables es la condición indispensable para alcanzar el progreso sustentable de una sociedad.

En estos tiempos difíciles que atravesamos donde prima el debate coyuntural, la incertidumbre es un estadío cotidiano y descubrimos en toda su dimensión hasta qué lugar había llegado la degradación institucional, revalorizar la figura de Alberdi es absolutamente imprescindible. Su palabra adquiere mayor vigencia cuando nos decía: "La representación y la democracia no son ya formas de gobierno. En nuestros días, la democracia es el fondo, la naturaleza misma del gobierno; y la representación es unmedio indispensable de la democracia. De modo que donde la democracia no existe, no hay sociedad política. Pero es menester no confundir el fondo con la forma de la democracia: confusión absurda y débil que ha sido y pudiera ser fecunda en males". En tal sentido, la democracia reside en la soberanía del pueblo, y este es el legítimo gobernante, porque los representantes siempre deben y tienen la obligación de reconocer que su poder emana del pueblo.

El gran jurista tucumano fue un hombre fundacional y extraordinario, porque fue capaz de delinear una nación en donde solo había sacrificios y deseos, dándole basamentos concretos, solidez intelectual, orden y visión a un potencial en aquellos momentos que parecía una quimera "hacer" un país. Sus conclusiones partían desde el análisis de nuestros orígenes y así era capaz de construir enseñanzas hacia el futuro como cuando decía sobre las ideas de mayo: "La gran palabra 'revolución', ennoblecida por el grito de 1810, tiene un sentido opuesto y abominable cuando por ella se designan esas revueltas insensatas, que más bien merecen el nombre de realistas reacciones, desde que solo tienen por resultado pervertir y degradar el nuevo régimen exagerándolo hasta la insensatez y la burla".

Alberdi fue original en sus pensamientos y auténticamente nacional en sus propuestas. Vivía, pensaba, meditaba e imaginaba soluciones basado en la realidad de su tiempo y un futuro posible. No era un oportunista ni un delirante, por eso al definir el federalismo consideraba que esa fórmula está "llamada hoy a presidir la política moderna, que consiste en la combinación armónica de la individualidad con la generalidad, del localismo con la nación, o bien de la libertad con la asociación; ley natural de todo cuerpo orgánico, sea colectivo o sea individual, llámese Estado o llámese hombre; según la cual tiene el organismo dos vidas, por decirlo así, una de localidad y otra general o común". En definitiva, Alberdi no pensó en un cuerpo desmembrado y sin vínculo alguno, pensó en un cuerpo armónico, respetando las autonomías de los cuerpos, pero teniendo un objetivo común.

Supo ver sobre la posible desnaturalización de las instituciones y dejó advertencias sobre que la omnipotencia del Estado afecta la libertad de las personas y atenta contra el progreso de la nación en su conjunto: "La omnipotencia del Gobierno en que ella se personaliza es no solamente la negación de la libertad, sino también la negación del progreso social, porque ella suprime la iniciativa privada en la obra de ese progreso". También avanzó sobre otras amenazas que impedían la concreción de nuestros objetivos y una de ellas era la corrupción. Allí Alberdi era terminante y afirmaba: "La mejor política, la más fácil, la más eficaz para conservar la Constitución, es la política de la honradez y de la buena fe; la política clara y simple de los hombres de bien, y no la política doble y hábil de los truhanes de categoría".

Juan Bautista Alberdi fue sin lugar a dudas uno de los exponentes más notables de la generación del 37, la misma que permitió hacer de la Argentina un país próspero y rico, que atraía inmigrantes europeos, con una infraestructura envidiable, y que hasta hace menos de un siglo encabezaba los indicadores de desarrollo a nivel latinoamericano y mundial. Su legado lo engrandece con el correr del tiempo porque fue capaz de soñar, y escribir, una nación moderna hace más de 160 años. La vastedad de su obra abarcó desde el ordenamiento institucionalidad hasta la economía de ese país que estaba naciendo como tal. Sin lugar a dudas es el pensador más importante de nuestra historia, uno de nuestros padres fundadores, y su aporte colosal e innovador deber ser una guía para recuperar esos valores, esa capacidad de pensar, imaginar y construir la Argentina que nos merecemos.

El autor es docente de Derecho Constitucional (UBA) y de Derechos Humanos (UP).