Nota escrita en colaboración con Antonio Kyore Beun

El mundo está cambiando a una velocidad exponencial. Esto es evidente en el campo de la tecnología, donde los desarrollos de los últimos años parecen muchas veces propios de la ciencia ficción, pero, con menos estridencia, el cambio se da en muchas más facetas de nuestras vidas. Cambia nuestra forma de generar conocimiento y de educarnos, cambian nuestros modos de producir y de consumir, cambian nuestras formas de relacionarnos, tanto en lo privado como en lo público y político. En medio de esta aceleración, las preguntas aparecen más rápido que las respuestas: ¿Qué rol juega la ética en la programación de inteligencia artificial? ¿Debemos regular internet? ¿Qué rol cumplirá el trabajo en un marco de producción cada vez más automatizado y complejo? ¿Cómo educamos y aprendemos en la era de la información? ¿Cómo cambia la representación política cuando los nuevos medios de comunicación vuelven todo más horizontal?

La aparición de estas preguntas pone en evidencia, con mucha frecuencia, la incapacidad de la discusión pública para hacerse cargo de ellas. Esto tuvo un ejemplo evidente el pasado 10 de abril, cuando Mark Zuckerberg declaró ante el Senado de Estados Unidos. En las preguntas e intervenciones podía constatarse que muchos de los políticos de la democracia más importante del mundo tenían enormes problemas para comprender aquello sobre lo que tendrían que legislar. A los enormes interrogantes y dificultades que supone el presente, como la vulnerabilidad de nuestra información personal y su posible uso para incidir en el resultado de una elección, se opone con frecuencia la ignorancia y el desconocimiento.

En Argentina la situación no es mejor. A la discusión pública aún le cuesta comprender el impacto que las redes sociales y las nuevas formas de comunicarse tuvieron en la política electoral. Los paradigmas de discusión sobre el trabajo se basan en un formato de producción industrial que ya no existe. Las ideas sobre educación muchas veces hablan de una escuela y de relaciones entre alumnos y maestros que ya no están ahí. Nuestra conversación cotidiana, en suma, tiene un problema de conceptos y categorías que quedan cortas para discutir de manera profunda la realidad. El reverso de esta carencia es que nuestra capacidad para imaginar una Argentina del futuro queda seriamente comprometida.

¿Por qué nos cuesta tanto pensar nuevos marcos de pensamiento? En todo esto hay una referencia inevitable: ¿Quiénes son los actores principales de la conversación pública? ¿Qué sucesos los marcaron como generación? ¿Qué discusiones les sacaban el sueño? En su enorme mayoría, en Argentina la discusión pública la llevan adelante personas que no vivieron toda su vida en democracia. Muchos de ellos formaron sus categorías discursivas y políticas durante la dictadura y la Guerra Fría. Nadie duda que su aporte fue invaluable para configurar una primera etapa de la democracia argentina, pero por momentos parece que sus categorías no alcanzan para comprender muchos fenómenos del presente, que evolucionan constantemente. En el peor de los casos aparece el enojo y el intento de imponer al mundo descripciones que ya no le cuajan.

Sin embargo, bajo el ruido de la superficie, empieza a aparecer una nueva conversación. Hay discusiones en las que, con menos certezas, nuevos interlocutores reinventan categorías para interpretar una realidad compleja y demandante. Se trata de una generación que no está nada conforme con el statu quo y que hace un esfuerzo importante por rebautizar una realidad difícil de comprender. Una generación que cree que es imposible explicar el siglo XXI con las categorías del siglo XX, y que la motiva no solo encontrar nuevas respuestas, sino, por sobre todo, el desafío de hacer nuevas preguntas.

Los temas de tecnología, economía, producción y desarrollo, educación, política y género cobran una nueva vibración y potencia en muchos de los que nacieron y se criaron en el marco de la democracia argentina. Esas nuevas perspectivas y discusiones no tuvieron demasiado lugar para florecer en los últimos años, que se caracterizaron por un discurso vertical que impuso a la discusión pública un maniqueísmo insoportable. Hoy podemos empezar a escuchar interpretaciones que complementan la solidez democrática de toda una generación pasada.

De cara a la Argentina del 2030 podemos fomentar una conversación renovada, más fresca, más arriesgada y menos prejuiciosa. Nuestra democracia es joven y goza de buena salud. Llevarla a la próxima etapa, ponerla a la altura de lo que queremos para nuestro país es una responsabilidad que no podemos exigir solamente a nuestros mayores. Para estar a la altura de los desafíos del siglo XXI, es hora de repensar qué discutimos y cómo lo discutimos.

Los autores trabajan en el Programa Argentina 2030.