Génova, fines de abril de 1957. No sería la primera vez que Eva Perón pisaría estas costas. Ya lo había hecho en su última gira por Europa, principalmente en Rapallo. Incluso después, con escala en Milán. Quién podría haber pensado en ese entonces que llegaría oculto su cuerpo a reposar temporalmente en el Cementerio Mayor de la capital comercial de Italia. El país que en 1947 la recibió con los honores de una jefa de Estado por la potencia de su nombre la escondería en esta ocasión por ese mismo motivo.

Al morir, Evita fue vestida con la túnica blanca en concordancia con el espíritu franciscano, puesto que, en su paso por el Vaticano como visita oficial de la gira diplomática del 1947, le había sido conferido el título de Hermana Franciscana de manos del entonces general de la Orden de San Francisco, padre Perantoni. Llevaba entre sus dedos además aquel rosario que entonces Pío XII le había regalado.

Toda esta santidad investida no tuvo congruencia con la complicidad de la Iglesia Católica en el período llamado Revolución Libertadora, cuando, luego de secuestrado su cuerpo en la CGT, congeniaron junto a la Orden de San Pablo (Milán) extraditarlo bajo el nombre de una italiana fallecida: Maria Maggi de Magistris. Un pseudo anagrama, con la misma cantidad de caracteres que María Eva Duarte de Perón.

Al cuerpo de Evita le ocurrieron los hechos más extraños, y también se artificiaron los más macabros. Como la práctica de necrofilia llevada a cabo por Moori Koenig, y hasta el extraño suceso demencial del Mayor Arandía. A este último se le encargó tener el cuerpo de Eva en su casa. Una noche sintió ruidos y, creyendo que serían militantes en busca de recuperarlo, comenzó un tiroteo a ciegas, borracho y envuelto en un delirio persecutorio que lo llevó, en la vorágine, a matar a su propia esposa embarazada. Con todo un enigma mediante, previo a la partida del buque Bianca Mano rumbo a Italia, generó inquietudes misteriosas declaradas por los entonces oficiales de las fuerzas, como la presencia de velas encendidas, flores y ornamentos en veredas y calles donde el cuerpo posaba transitoriamente.

El padre Francisco Rotger fue el encargado de elaborar el plan que tendría inicio en Buenos Aires y culminaría con el entierro en el campo 86, jardín H1 del Cementerio Mayor de Milán.

Recibió el cuerpo otro sacerdote: el padre Penco, quien además, por instrucciones, se aseguró de que todos los días la tumba tuviera arreglos florales frescos. De ello se encargaría una religiosa en Milán; la misma que preparó el espacio donde fue sepultado y escondido el cuerpo de Eva Perón durante 14 años.

Uno de los secretos mejores guardados de la historia de nuestro país logró que paradójicamente el mismo pontífice que había recibido a Eva agradeciéndole su obra para con Italia fuera quien girara la vista a un costado para que la Orden de San Pablo procediera en su empresa con el gobierno de facto.

Esa tumba nunca fue visitada por nadie. Italia la vio llegar en una noche fría de invierno norteño, sin que nadie se preguntara quién era, sin que nadie supiera que la mujer que le había dado a Italia el préstamo de quinientos millones de dólares para la compra de alimentos y toneladas de ropa para las víctimas de la posguerra, seguía alerta, sin descansar, a pocos pasos de sus vidas.

Los diarios más importantes de Italia como Il Corriere della Sera o La Stampa se pronunciarían con gran asombro al enterarse de que el cuerpo de la Signora se encontraba en una de las ciudades del triángulo productivo italiano y, peor aún, sorprendidos con el silencio hermético del Vaticano.

En el mes de febrero del año 1971, Juana Ibarguren, la madre de Evita, muere luego de 17 años de búsqueda y reclamo del cuerpo de su hija. Ese mismo año es restituido el cuerpo de Eva. Fue también, nuevamente, la Santa Sede, con el papa Pablo VI, quien haría lo necesario ante la burocrática comuna de Milán para exhumar el cuerpo y trasladarlo a la residencia de exilio de su marido, Juan Domingo Perón.

El oficial Cabanillas, ex teniente coronel, a cargo de la Operación Evasión que tuvo como eje el exilio del cuerpo de Evita, fue también el responsable de su búsqueda en Milán y de su entrega a Perón en Puerta de Hierro.

Las hermanas de Evita viajaron a España, donde se encontraron una vez más con ella.

Ya sin su madre, entre todas revisaron el cuerpo, que a ojos del doctor Ara, quien la había embalsamado, estaba en perfectas condiciones. Todo lo contrario fue para Herminda Duarte, quien grabó una descripción de su estado; material que incluso puede encontrarse en una de las salas del Museo Evita, que preside su sobrina nieta y actual diputada nacional, Cristina Álvarez Rodríguez.

En Italia, mientras tanto, increpan en Roma al Vaticano, exclaman hacia España la continuación de este peregrinaje. En Florencia se sorprenden las casas de artistas de moda, que otrora como Salvatore Ferragamo habían diseñado las piezas que llevó Eva Duarte como Primera Dama.

Cada calle donde la vieron pasar sabiendo quién era o no tiene un recuerdo de la magnificencia de su talla. Nombre e imagen que aun hoy todavía inquieta a quien la ve.

Eva es de las mujeres de la historia de las que su obra y sus días no necesitaron del marketing para eternizarse. Aun hoy en Italia pueblos del sur le rezan a su imagen, otros la estudian, algunos la critican. El historiador argentino Darío Pulfer lleva adelante un archivo de toda la literatura existente sobre el peronismo, una exhaustiva hemeroteca de artículos y una biblioteca documental. Pero al momento ninguno, ni la sumatoria de libros puede expresar o mejor dicho traducir los sentimientos que nacieron, con luces y sombras, ante su figura, su frente y su perfil.

El autor es periodista acreditado. Forma parte de la Maestría en Contextos Interculturales y Comunicación de la Università per Stranieri di Perugia, Italia.