El poder de los cuadernos a través de los siglos

Gustavo Jalife

El poder molesta y el poder absoluto molesta absolutamente.

En 1789, para derribar la monarquía de Luis XVI, los conspiradores utilizaron como instrumento de corrosión el poema y la epístola, subproductos de la imprenta y el correo, engranajes primarios de difusión mecanizada y circulación masiva de ideas.

Aquella fue revolución y fue romántica; de papel porque era el soporte de la prensa recién nacida (The Times, 1785), de las cartas y de los versos inflamados. La insatisfacción y la protesta encontraron vehículo en el libro, objeto vivo que inicia su metamorfosis de elemento decorativo para vitrinas de aristócratas sapientes a mercancía masiva para burgueses incipientes.

El códice o cuaderno tiene origen incierto en el siglo I. Es como un libro casero, compilación de cuadernillos cosidos en los cuales se escribe a mano. Su emergencia sustituyó la dictadura de la lectura secuencial que impone el volumen o rollo por la comodidad de acceder fácilmente a cualquier tramo de una obra.

El cuaderno, cahier en francés, fue la plataforma física estratégica que el Tercer Estado, estamento social integrado por la población que carecía de privilegios, utilizó para el asalto final sobre el clero (Segundo Estado) y la aristocracia (Primer Estado) en los albores de la Revolución francesa.

En una de sus obras más leídas, La Europa Revolucionaria (1964), el historiador George Rudé dice sobre la convocatoria de los Estados Generales en 1789: "El 24 de enero se publicaron reglamentos sobre la elección de los representantes, y como muestra de la preocupación del gobierno por las reformas, se invitó al pueblo a que preparara sus propios cahiers de doléances, o listas de agravios, para orientar a los estados en sus deliberaciones. […] los cahiers generales del Tercer Estado, redactados en casi todos los casos por la burguesía, van mucho más lejos. No sólo exigen libertad de palabra, redacción y reunión, libertad de comercio y garantías contra los arrestos arbitrarios, sino que, por lo general, insisten en la igualdad civil completa de los tres estados, esto es, que el clero y la nobleza han de renunciar a reliquias manifiestamente desacreditadas, como la servidumbre y a privilegios tan antiguos como el diezmo, las banalités (monopolios locales), el champart (renta feudal en especie), los derechos de caza y la jurisdicción señorial".

Del papel a la pantalla, de lo material a lo inmaterial, de la literatura culta al epigrama ágrafo, despojado de aspiraciones, como un piedrazo artero o un insulto estampado en la pared. La verdad, se dice, no penetra en un entendimiento rebelde pero puede vibrar en un bloc de hojas o en un celular.

En el juego de las semejanzas una sutil sutura une más de dos siglos de corrupción y rebeldía. Dosis masivas de insatisfacción, obsesión promotora y frenesí comunicativo.

De vuelta a los orígenes. Un vulgar cuaderno, mero bloque de papel ensamblado, sacude los cimientos de otro antiguo régimen. Las sorpresivas crónicas del chofer son una moderna lista de agravios. Su autor expone, con dedicación de copista monástico, privilegios naturalizados, escandaloso clientelismo, latrocinio, impunidad abusiva y otras reliquias manifiestamente desacreditadas.

El autor es escritor.