Pasaron solo diez días desde la revelación de los cuadernos de un ignoto chofer de quien fuera mano derecha del ex (super) ministro de Planificación Federal durante los tres gobiernos kirchneristas.

Durante estas vertiginosas jornadas, no solamente fuimos testigos de una oleada de detenciones e indagatorias, sino también de una verdadera legión de arrepentidos, lo que parece desnudar una gigantesca matriz de corrupción político-empresarial que tiene en el reciente Lava Jato brasileño un espejo en el que mirarse. Una trama de corrupción que, con la delación del otrora poderoso titular de la Cámara Argentina de la Construcción, Carlos Wagner, desactiva la coartada de los supuestos aportes de campaña y comienza a develar los secretos del "club de la obra pública" que ya fuera denunciado por Roberto Lavagna en 2005.

Aun con consecuencias y alcances impredecibles, el escándalo desatado impactará drásticamente en el escenario político, más todavía cuando nos encontramos prácticamente en el umbral de una campaña electoral presidencial. Y lo hace, además, en un contexto económico muy díficil, como lo evidencia el comportamiento de los mercados en el cierre de la semana pasada.

Otra vez, la economía

Algunos analistas no dudan, oficio y experiencia periodística mediante, en deslizar la posibilidad de que la repentina aparición de un escándalo de esta magnitud no sea más que panem et circenses —pan y circo—, es decir, una cortina de humo que permita desviar la atención de una coyuntura económica compleja para un gobierno que tiene intenciones de ser reelecto en apenas 11 meses.

Los hechos de los últimos días parecieran reforzar las convicciones de los que sostienen esa hipótesis, más aún después de que la incertidumbre financiera del pasado viernes amenazara con devolverle a la economía su lugar protagónico en la agenda pública.

El aumento del riesgo país, concepto extraño para las generaciones que no vivieron la crisis de 2001, superó los 700 puntos básicos, un guarismo similar al registrado en 2005. Sin ahondar en cuestiones técnicas, un riesgo país alto no solo representa una alerta para los potenciales inversores extranjeros, sino que también impacta de forma negativa en la relación del país con los organismos financieros como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Más allá de la reaparición del viejo fantasma del riesgo país, dos variables adicionales acompañan la evolución de la agenda económica. Por un lado, la repentina suba del dólar entre el miércoles y el viernes, que parece poner fin a la pax cambiaria. La divisa estadounidense rozó nuevamente los 30 pesos, reinstalando el riesgo de una corrida cambiaria con repercusiones en los precios de bienes y servicios. Por el otro, se avizora un nuevo "súper martes" en el cual vencen cerca de quinientos mil millones de pesos en Lebacs, una potencial "bomba de tiempo" que el Gobierno se apura en desactivar.

Además, si bien en términos políticos las repercusiones del gloriagate parecen beneficiar al Gobierno, preocupan las posibles consencuencias económicas que puedan derivarse del proceso judicial en curso, más aún después de lo sucedido en los mercados la semana pasada, que refleja tanto la incidencia de factores externos como lo ocurrido tras la revelación de los cuadernos.

En este sentido, una vez más sirve como espejo lo ocurrido en Brasil tras el denominado Lava Jato, que no sólo alteró drásticamente el escenario político, sino que también produjo una significativa caída de 2,5% en el PBI y una pérdida de miles de empleos. Un costo que, en un contexto económico de por sí muy adverso, sería muy difícil de asumir.

La economía y la política siguen, entonces, disputándose el protagonismo de una campaña que ya está desatada.

Cambiemos busca recuperar la fuerza del "cambio"

Al construir su imagen y posicionamiento como candidato y dirigente político (qué atributos y cualidades de su personalidad y trayectoria presenta ante el electorado, y cómo quiere que la sociedad lo perciba), Mauricio Macri apostó decididamente al siempre poderoso concepto de "cambio".

Cambiemos no es el resultado de una alquimia electoral producto de una necesidad coyuntural, sino la consecuencia de una construcción en la que Macri y su equipo trabajaron por más de diez años con el objeto de proyectar, ante la sociedad, una imagen ético-política vinculada con la transparencia y la honestidad frente a los supuestos males de la "vieja política".

En este marco, se puede comprender lo que significa que el propio Presidente declare: "Le tengo un gran afecto a mi primo [Ángelo Calcaterra], pero esto es el cambio". En términos comunicacionales, se trata, por un lado, de asumir una situación incómoda: la propia familia presidencial está involucrada en un entramado espurio. Por otro lado, se trata de un acto dirigido a reforzar la convicción de un electorado que apostó por la faceta ética de Cambiemos. Resta esperar para evaluar si este movimiento táctico tendrá un impacto positivo en su electorado.

En este contexto, el gobierno nacional parece recuperar la centralidad y la iniciativa que había perdido, tanto con la crisis económica desatada tras la corrida cambiaria del pasado abril como con el impacto político de las denuncias sobre las presuntas irregularidades en los aportes de la campaña de 2017 en la provincia de Buenos Aires. Macri puede aspirar, así, a recuperar conceptos como el de "la pasada herencia" y resinstalar su relato refundacional, mientras el kirchnerismo se envuelve a sí mismo en la sombra de su pasado, que parece aflorar con cada ex funcionario y empresario que desfila por estos días en Comodoro Py.

Los dilemas del peronismo

El peronismo tiene por delante un dilema: proteger a Cristina, y de cierta forma subsumirse a su juego electoral, o facilitar el accionar de la Justicia concediendo el desafuero.

A esta altura, la presencia de la ex mandataria en el escenario político parece ser el principal obstáculo para una unidad del peronismo que se supone imprescindible para enfrentar a Cambiemos en 2019.

En este marco, la encrucijada para el peronismo está planteada: se aferra a la tradicional posición que sostiene que el desafuero solamente se concede ante sentencia firme, que luce vetusta en el escenario actual, o permite que sea la Justicia que dirima el principal problema que atraviesa hoy el justicialismo, es decir, la falta de un candidato competitivo. La resolución de estos dilemas todavía no está clara, y los diferentes candidatos y referentes justicialistas se posicionan con estrategias distintas.

Miguel Pichetto se apuró, en estos días, a lanzar su candidatura presidencial y, si bien su bloque en el Senado habilitaría la semana próxima los allanamientos a domicilios de la ex mandataria, sigue resistiendo al desafuero. Lo que para algunos puede ser visto como indefinición frente a la situación de Cristina, para otros es interpretado como un guiño a los poderosos intendentes bonaerenses que aún comulgan con el kirchnerismo.

Por el contrario, Juan Manuel Urtubey sigue sosteniendo que Cristina es "el límite". A pesar de que está imposibilitado de una nueva reelección en Salta y no ha confirmado aún su candidatura a presidente, el actual gobernador salteño deja en claro su posición frente al kirchnerismo.

Sergio Massa sigue sin romper el silencio que adoptó tras su retiro momentáneo de la escena política luego de las elecciones del 2015, algo que quizás cambie después de la potencial "sangría" que podría materializarse en su bloque parlamentario en los próximos días.

Por último, aparece el nombre de Felipe Solá, que no solo buscaría quedarse con una porción de los dirigentes de su espacio político de referencia (el Frente Renovador), sino que también aspira a recibir una eventual "bendición" de la ex Presidenta. Algo que hasta hoy parecía reservado al rosarino Agustín Rossi.

¿Y los outsiders?

Desde hace algunos meses, los analistas políticos comenzaron a incorporar un concepto recurrente ante los escenarios de crisis de representación política. Se trata de un tipo especial de candidato que, si bien no constituyen en absoluto una novedad en las campañas electorales, adquirió notable popularidad en los últimos años de democracia occidental: los outsiders.

Deportistas, artistas, empresarios, todos con un denominador en común: figuras ajenas, y en algunos casos hasta contrarias, a la clase política, que se lanzan a la competencia electoral acusándola, explícita o implícitamente, de ser responsable de la debacle, de las promesas incumplidas y la constante frustración de las expectativas. Según ellos, la política es sinónimo de corrupción e inacción, por lo que es incapaz de solucionar los problemas de la gente.

¿A qué se debe este fenómeno? Sin dudas, a que estos personajes traen consigo altos índices de conocimiento y popularidad, y a que están por lo general alejados de las cuestiones negativas atribuidas a los políticos según la percepción popular.

No sería extraño que, en un clima de frustración de expectativas y de polarización extrema como el desatado por el gloriagate, se acreciente el rechazo generalizado por la política, y el electorado se incline por nuevas figuras. En especial si estas figuras están relacionadas con aspectos positivos de sus vidas: entretenimiento, bienestar, felicidad, etcétera.

Para evitar que esto ocurra, el peronismo no alineado con Cristina tendrá que decidir: defender o entregar a la ex Presidenta. Si se inclina por respaldarla en el Senado, la suerte se subsumirá a la voluntad y los designios de la ex mandataria. Si optan por desaforar a la actual senadora y que la Justicia decida su suerte, el candidato —o los candidatos del peronismo— podría, incluso, contar con un recurso para exponer a Cambiemos: los cuadernos no sólo hablan de kirchneristas, hay más tela para cortar. La lucha contra la corrupción es tanto un capital con el que Cambiemos llegó al poder en 2015 y se legitimó en 2017 como un punto débil que lo puede hacer tambalear.

El autor es sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017).