Durante el debate del proyecto de ley por la interrupción voluntaria del embarazo en el Senado, una expresión de Rodolfo Urtubey dejó denso el aire del recinto y de inmediato se dispersó en las redes sociales que seguían el minuto a minuto de la sesión: "En el abuso intrafamiliar, donde no se puede hablar de violación pero tampoco se puede hablar de consentimiento", se le escuchó decir.

El senador dejaba claro así que considera que hay violaciones que no implican violencia. Algunos se movieron incómodos sobre sus bancas. La senadora Sigrid Kunath debió aclarar: "La violación es violación, senador". Minutos después, Federico Pinedo intentó defender el discurso de su colega salteño tildándolo de "ejemplar" y en ese instante no pude más que recordar un párrafo de El Payador, el ensayo de Leopoldo Lugones publicado en 1913. Allí, el escritor intentaba analizar la identidad nacional a poco de cumplirse el primer centenario de la patria y escribía: "Un gallo aplaudía desde la ramada la cercana aurora. Dos o tres peones ensillaban caballos. Cerca del suyo, enjaezado ya, el patrón tomaba un mate que acababa de traerle, sumisa, la hija del capataz con la cual había dormido".

En esa pincelada de un amanecer en el campo que describe Lugones está la polaridad de la tragedia en la que esos senadores han conformado su sistema de creencias. El patrón misericordioso, con corazón para la miseria, alardeando sexo y control ante la peonada. La china que no se queja y hasta le ceba el mate. Esa relación de doble poder, por macho y por patrón, es el esquema mental de toda una clase que, como el viento que azotaba en la calle, expresaba con brutal honestidad Urtubey e intentaba defender Pinedo con velado fastidio disfrazado de templanza y erudición.

Sumisa y mísera, digna de atención en tanto y en cuanto deseable. Objeto de placer del poder. Esa es la mujer que vive y se recrea en el imaginario de varias generaciones y que esa noche en el Congreso de la Nación quedaba expuesta.

Con esa frase de Urtubey se corporizaban la mucama que todas las noches tiene que trabar la puerta de su cuarto para que no se le meta el niño bien, la china en el rancho a disposición de los señores de la casa grande, el "si te gusta, putita". En ese imaginario del poder machista están el tío toquetón pero también María Soledad Morales, Paulina Lebbos, Natalia Melmann, Melina Romero, víctimas de otros patrones de estancia con las mismas mañas.

Si hay algo que dejó en limpio del debate sobre la legalización del aborto es el derrotero de creencias y rigores que pesan sobre las mujeres más que sobre cualquier otro sujeto político. Porque un varón debe pensar cómo va a salir vestido por la mañana si sabe que va a regresar tarde a su casa, pero una mujer sí. Porque un varón argentino ganará 27% más que su par femenina, a pesar de que realicen la misma tarea y tengan la misma formación. Porque por cada 7 varones argentinos que accedan a un puesto gerencial solo lo harán 3 mujeres.

Ese corsé se hace carne en cada una de estas naturalizadas violencias cotidianas sufridas acá y allá por religiosas y ateas, madres e hijas, gritonas o silenciosas. Y el cordón que lo sujeta está allí, en la mano del patrón de Lugones, montado en su caballo o en su banca, más de un siglo después.

No olvidarlo es la consigna mientras seguimos avanzando, porque, a pesar de las humillaciones a las que nos quieran someter, se va a caer. Lo vamos a tirar.

La autora es periodista.