Federico Finchelstein dice, a propósito de los argentinos, que "la historia argentina solo se explicaría a través de la historia argentina". Con esta expresión, lo que señala Finchelstein es la tendencia argentina a ignorar y hacer caso omiso a las grandes tendencias mundiales, que ayudarían a poner nuestros problemas en otro contexto y entenderlos mejor.

El argentino tiende a creer que nuestra historia es única y que los procesos que atravesamos son específicamente propios. Una actitud que no contribuye, por cierto, a acertar con las formas de tratar esos procesos.

Pierre Kalfon publicó, en 1967, un libro que llamó Argentine y que describía, desde su punto de vista, ciertas actitudes nuestras que le llamaban la atención. Una de sus anécdotas más divertidas la contaba Kalfon como una conversación con un chofer de taxi que exageraba sobre los males y las malas costumbres de los argentinos, que creía únicas. "Pero no se le ocurra darle la razón, porque en ese momento el chofer, molesto, se transformaba en un chauvinista, al lado del cual Charles De Gaulle parecería un apátrida", agregaba.

El libro ilustraba esta observación de Kalfon con una viñeta de Mafalda. En esa viñeta, Mafalda, al escribir, rompía la punta del lápiz que estaba usando. En el remate, Mafalda arrojaba furiosa el lápiz, gritando: "Estas cosas pasan solamente en este país".

Mafalda resumía así un sentimiento generalizado que justifica la observación de Finchelstein y que habría que modificar, ya que vincular nuestros problemas con procesos más genéricos que se dan en el mundo, leer los trabajos publicados y las discusiones sobre esos temas que contribuyen a un análisis más certero y profundo, ayudarían en la interpretación y la búsqueda de soluciones adecuadas.

En especial, quisiera referirme a tres problemas puntuales:

Primero, existe una corriente generalizada de estar cercano a un nuevo rechazo colectivo a la clase política, al grito de "que se vayan todos". Es relevante saber que ese sentimiento está difundido en forma universal y que el nuestro se corresponde con una crisis de representatividad generalizada. Según un trabajo de Yascha Mounk, que he reproducido en Hacia una desconsolidación de la democracia, un 63% de los ciudadanos de 29 países escogidos cree que su gobierno "va en la dirección incorrecta". Por encima de ese porcentaje, se pronuncian ciudadanos del Reino Unido, Israel, Estados Unidos, Alemania, Bélgica, Polonia, España, Suecia, Hungría, Brasil, Francia y México, entre otros. Argentina muestra un 44% de disconformidad (la encuesta es de hace unos años) y en los lugares con más conformidad aparecen países como China (10% de disconformes), India (24%) y Rusia (42%), de características muy especiales.

Este análisis implica decir que la inconformidad con el establishment es un sentimiento generalizado en el mundo y no propio de los errores de nuestros dirigentes. Situación que abre la puerta a los outsiders, una alternativa también viable en la Argentina y por las mismas razones.

Segundo, la falta de adhesiones a los partidos políticos y su dispersión es también un elemento que afecta a casi todos los países, lo mismo que la falta de confianza en las campañas electorales y sus promesas incumplidas. El dato interesante es que más del 60% de los votantes vota más en contra de un candidato que a favor de otro. Condiciones perfectamente compatibles con la situación local.

Tercero, en estos días los fenómenos de corrupción han quedado al descubierto en nuestro país. No solo por las condenas y los últimos hechos atribuidos al Gobierno anterior, sino porque el partido gobernante ha sufrido graves acusaciones con la transparencia de los aportes a las campañas electorales en la provincia de Buenos Aires y probablemente también en otras jurisdicciones (Por supuesto, es imprescindible diferenciar las maniobras de financiamiento de la política de aquellas propias de enriquecimientos personales, lo que incluye la diferente magnitud de los montos involucrados).

Aunque estos hechos sean repudiables, tampoco son exclusivos de nuestro país. Una de las mayores críticas a la democracia es la espuria relación entre el dinero y la política, fenómeno que no tiene identificación ideológica. Odebrecht ha financiado por igual a partidos con diferentes orientaciones.

Pero así como parece conveniente acoplar nuestros problemas a las corrientes generales, también sería apropiado considerar aquellos hechos que no son corrientes y que la actualidad argentina muestra como características propias.

Así como la corrupción es un fenómeno corriente, el nivel de impunidad en la Argentina es parte constitutiva del fenómeno mismo. Personas acusadas de corrupción (que incluye presidentes, expresidentes o candidatos) en otros países, especialmente en América Latina, están bajo proceso o con pedido de captura, mientras que en nuestro país esos casos son casi irrelevantes.

Otra característica muy propia de nuestra sociedad es la predilección excluyente por el corto plazo, que condiciona nuestro futuro y compromete malamente las decisiones de mediano y largo plazo. De esa manera, los temas acuciantes, como la educación, los cambios culturales y la seguridad no tienen cabida en la preocupación de los políticos, pendientes casi siempre de las próximas elecciones y no de los problemas que hacen al futuro del país.

Por último, las bases mismas de convivencia están en entredicho. A la sensación generalizada de inseguridad, muestras recientes señalan que los argentinos no confían entre sí y creen que el 79,8% de los políticos son corruptos, cifras que llegan al 79,3% sobre el Poder Judicial y 79,2% sobre los sindicalistas.

Un trabajo reciente de Eduardo Fidanza afirma que el 80% de los argentinos cree que el país funciona al margen de la ley, un 34% está dispuesto a violar la ley si les conviene y un 63% cree que no existe igualdad ante la ley.

La Argentina muestra así luces y sombras. Mientras que algunos problemas se compatibilizan con la situación mundial y requieren tener un panorama global, algunas características están acentuadas en los ciudadanos medios y debieran ser prioritarias para recrear las condiciones de convivencia de la sociedad.

El autor es director del Interamerican Institute for Democracy.