El tratamiento del proyecto de legalización del aborto en el Senado tiene lugar, como todo suceso humano, en el marco de una matriz cultural determinada. Hoy, este paradigma está regido por el relativismo moral.

¿En qué consiste? El relativismo es la enfermedad intelectual que se ha cobrado la vida de la Verdad. Atomizando el sentido común, la razón y toda lógica, conformando una estructura cultural donde el deber ha sido desterrado y todo aquello que era (y es) parte de su naturaleza ha sido trasladado al campo del placer. Así, en ausencia del deber, lo correcto fue reemplazado por la "corrección", administrada principalmente por el sistema de medios masivos de comunicación. En consecuencia, la corrección mediática administra (incluso establece) la corrección cultural y política. Es por ello que la Argentina se encuentra inerme para asumir su más implacable responsabilidad: la realidad. Puesto que esta no pide permiso, acontece.

Se estructura entonces una suerte de "Reino Infantil" como parámetro de conducta social, reticente a toda responsabilidad moral, noción de orden y expresión de trascendencia. En este reino de la simulación, la hipocresía y la mentira, el precio de la Verdad es la "locura" y el precio de la "cordura" es la insustancialidad. Todo aquel que encarne valores trascendentes atemporales y se ponga la realidad al hombro atenta contra ese sistema y, por tanto, será sujeto de escarnio, difamación, desautorización, aislamiento, etcétera. En su lugar, se erigen los ídolos que, haciendo uso de su fama —simulacro de autoridad—, destruyen las verdaderas autoridades morales y referentes necesarios para construir una sociedad madura. Esta metodología suele ser muy efectiva, dado que los ídolos reconfortan, los conductores interpelan.

El "caso Albino" es el síntoma clínico por excelencia de esta psicopatología social en la que vivimos. El doctor Albino, una eminencia —décadas de experiencia— en el cuidado y acompañamiento de niños, mujeres y familias en situación de vulnerabilidad; presidente y creador de la red (Fundación CONIN) de centros de atención y prevención de la desnutrición infantil, ejemplo de entrega abnegada e incondicional, que ha llegado incluso a hipotecar su propia casa para sostener su Fundación, expuso en el Senado Nacional respecto del "debate" sobre aborto. Su ponencia, de una contundencia extraordinaria, tiró por la borda toda la retórica que plantea al aborto como realidad inevitable. Por ello, el "sistema", que se defiende para destruir todo indicio de sustancialidad, reaccionó soslayando todo su discurso e increpándolo respecto de una afirmación totalmente descontextualizada. Había que borrar aquello que ponía en evidencia el gran andamiaje que busca instalar el aborto.

Por otra parte, quedó muy claro cómo en el "debate" sobre el aborto se cristalizan estas dos cosmovisiones diametralmente opuestas. Una se desprende de ese "reino de infantes", la otra, del análisis objetivo de la realidad. En una se niega la naturaleza del aborto, al negar la humanidad de la persona por nacer, y su derecho absoluto a la vida. Niega la tutela que la estructura jurídica argentina hace de este. La otra asume la realidad del aborto cabalmente en su justa dimensión: trágica. En la que la negación a ser madre choca con la realidad del ser humano en desarrollo, sujeto del derecho a nacer, que su intrínseca dignidad le determina. En uno, la vida del ser humano tiene tantos inicios como el deseo lo permita, en el otro, solo uno. En uno prima la contradicción, en el otro, la coherencia.

Una visión concibe que el Estado de derecho, con la objetividad de contemplar el todo social, debe dotar de armonía las relaciones personales y los intereses que los individuos subjetivamente puedan experimentar como contrapuestos. En este proceso de discernimiento se cristalizan las necesidades y los derechos genuinos para ponderarlos por sobre los deseos o intereses.

La perspectiva relativista que promueve el aborto no solo equipara deseos con derechos, sino que pondera los primeros por sobre los segundos. Esta insólita idea "progresista" del Estado nos suscita la necesidad de ajustar el principio de Ulpiano: "El deseo de uno empieza donde terminan los derechos de los demás".

Uno plantea un modelo social en donde el abandono es llamado "libertad" y a la indiferencia le llaman "tolerancia". Allí el aborto es un "derecho" que provee "libertad sexual".

La realidad es que el aborto es un problema socio-sanitario que se combate con políticas de Estado serias. Lejos de implicar libertad, es una tragedia comunitaria, puesto que el embarazo no deseado no es un fracaso individual de la mujer sino de los vínculos afectivos que la llevan a percibir de esa manera su situación. Por tanto, siendo un fracaso social, exige una responsabilidad colectiva.

Es notable cómo en ese divorcio del deber hemos perdido la capacidad de sufrir y, con ello, de amar. Porque quien le escapa al propio dolor no es capaz de encarnar el sufrimiento ajeno, contenerlo, acompañarlo y ayudar a sanarlo. Es necesario estar dispuesto a sufrir con el que sufre y a encauzar la creatividad y el esfuerzo para resolver los problemas, asumiendo la realidad en toda su complejidad. Es decir que una sociedad madura solo es posible cuando se cimenta, fundamentalmente, sobre un férreo amor comunitario.

De esta concepción madura de comunidad expresada en el entramado nacional de think tanks, fundaciones, asociaciones civiles y ONG que trabajan hace tiempo sobre esta compleja temática, se advierte la necesidad de ejecutar un plan nacional para el abordaje integral del embarazo no deseado, la maternidad vulnerable y la mortalidad materna. Como muestran los casos de Chila e Irlanda, donde la mortalidad materna disminuyó antes de que se liberalizara la práctica del aborto, los principales factores para lograr esta baja son la educación general de la mujer (y el hombre), el seguimiento y el control del embarazo, la correcta atención médica del parto, el acceso al agua potable y las condiciones de saneamiento básico necesarias.

Este plan entonces se sustenta principalmente en tres ejes: la atención de la emergencia de la mujer en conflicto con su embarazo y riesgo de abortar (ya existe una red de instituciones en todo el país que trabaja en esto y con la intervención del Estado es posible llegar hasta el último rincón del país); un régimen de seguridad social especial para la madre y el niño en situación de vulnerabilidad en el que se aseguren las condiciones obstétricas y neonatales esenciales; y un plan de adopción prenatal para el caso de las mujeres que por distintas razones no puedan o decidan no llevar adelante la crianza.

Esperemos que nuestros senadores nacionales elijan el modelo social que rechaza el individualismo abyecto, la mentalidad eugenésica de eliminación del no deseado; el modelo que busca asumir la realidad de los problemas que aquejan al país, en lugar de ocultarla detrás de eufemismos y eslóganes. Que quiere erradicar de su seno el relativismo, que es el verdadero "opio de los pueblos"; y que quiere constituirse como una comunidad nacional integrada que asume la responsabilidad colectiva frente al sufrimiento individual.

Una sociedad que quiere, finalmente, restituir el deber en la conciencia colectiva, como faro moral de su Estado nación.

El autor es miembro del Centro de Bioética Persona y Familia.