La distancia que hay entre La familia Falcón y 100 días para enamorarse, entre Pepe Biondi y Favio Posca, entre Telecataplúm y los Midachi, entre Nini Marshall y Diego Capusotto, entre Simona y El amor tiene cara de mujer o Teleteatro para la hora del té, entre Francisco Petrone y Gerardo Romano, entre Fanny Navarro y Moria Casán, y no hablo de Luis Sandrini, pues allí hay una vacancia, es la distancia que hay entre el buen gusto y la grosería. Es el abismo que explica, desde la cultura del espectáculo, la decadencia argentina. Advierte sobre la brutal declinación moral y de estilo de sectores de la clase media argentina. Entre el optimismo de una mirada límpida y el pesimismo de una intelectualidad que se ha perdido en la penumbra.

¿Son ellos los únicos responsables? Es una buena pregunta que amerita una investigación más profunda que un simple artículo periodístico no puede realizar. De todos modos, la responsabilidad de estos sectores por haber caído en esta ciénaga de estiércol y mugre es innegable, pues ocupan lugares de privilegio en la distribución de saberes y en el acceso a la educación.

Alcanzan la escolaridad primaria, secundaria, terciaria o universitaria, consumen revistas, cine, teatro, Netflix, pasean, viajan, conocen, recorren el mundo. Tienen voz, hablan y se los escucha, a su manera son expectables. Construyen estilos, marcan una agenda cultural y labran las huellas de una época. Indican sus gustos y sus modas. Organizan, diagraman y producen programas televisivos y de radio. Construyen guiones cinematográficos y novelas televisivas. Imaginan y realizan publicidades orientando gustos e inclinaciones. Están al frente de redacciones periodísticas y de editoriales. De este sector salen también los actores, los autores, los escritores, las vedettes, los panelistas, las modelos, las botineras, los músicos, los periodistas, los críticos de arte y espectáculos, los gerentes que deciden qué programa va y cuál no va, qué hay que escribir y qué no. Los docentes, los psicólogos, los políticos y legisladores, los generadores de imagen, los técnicos de marketing, la intelectualidad expuesta al público. En síntesis, la élite intelectual que supimos conseguir.

Si bien no se puede responsabilizar a todos por esta decadencia, es en este universo donde hay que buscar a los causantes de esta trama vergonzante de nuestra cultura ultrajada. Naturalmente, esta decadencia se ha desarrollado lentamente en un imperceptible declive hacia las miasmas, que viene de lejos, pero que se agravó en los últimos años.

No tiene banderías políticas, el mal gusto es afín a todos y abruma con su vulgaridad obscena. Bandas de rock, de cumbia villera y de música bailable aturden que con su procacidad y mal gusto, marcan el tono y el sabor ácido de la comunicación, o músicos que reivindican a bandidos rurales o a mujeres que apuñalan al hijo recién nacido.

Otro aspecto deplorable es la centralidad que autores y productores les dan a delincuentes, vividores, profesionales del bajo fondo, timadores, punteros, transas, barras bravas, asesinas, proxenetas, clanes dedicados al crimen, marginales y tumberos, por poner algunos ejemplos; y también a minorías sexuales, que si bien nada tienen que ver con el delito, no dejan de ser minorías. Cuando el día de mañana las generaciones futuras quieran saber cómo era el país de sus abuelos, sus bisabuelos o sus tatarabuelos, no van a contar solo con los diarios, sino también y fundamentalmente con el cine y la televisión. Estos últimos se transforman en una documentación ineludible. Habría que dejar en claro, como se hace respecto de las edades aptas para ver o no ver, que lo que hoy aparece en pantalla solo expresa a minorías extremas, sin embargo, en el cine o la novela ocupan el 100% de la ficción.

¿Qué lleva a gerentes, autores, productores, directores y no digo a actores, pues viven de su trabajo, a terminar en esta bajeza? Sepan que la inmensa mayoría de la población argentina es gente de trabajo, que está del lado de la ley, padres y madres que se ocupan de su familia y de sus hijos, que fatigan el camino del bien contra viento y marea, y que sortean la delincuencia y la droga ¿Qué ven en la pantalla de televisión, cuando salen de sus humildes hogares en busca de trabajo? ¿Desde cuándo un Esculapio es más importante que un obrero de la construcción o un changarín? Todo está dado vuelta. Mientras el Gordo Valor sale a dar charlas a los jóvenes que se encuentran en el límite para que no se confundan y emprendan el camino del bien, la televisión describe el hampa como un mundo que guarda códigos, respetos mutuos, amores que enternecen, fidelidades compartidas. Que, por otro lado, la sociedad agredida ha perdido. Una reivindicación de los desheredados sugerida desde el delito. ¡Un disparate! Habría que preguntarse si es esta la causa del enorme éxito que han tenido las novelas turcas por el solo hecho de que hablan de gente común.

Esta élite formadora de opinión, de gustos y valores está vencida y ha perdido el horizonte. En ese sentido la sociedad argentina se halla en riesgos de disolución.

En el año 2005 un gran autor de telenovelas argentinas, Alberto Migré, cuando se le preguntó si veía Los Roldán, un programa que hoy podría darse en salita de cuatro, manifestó que no, que no la veía porque, cuando uno va al baño, debe cerrar la puerta. Más allá de estas miserias, hubo por cierto producciones televisivas de alto valor ético y estético, como por ejemplo El Maestro, donde aparece el Conurbano del trabajo y el esfuerzo. Sin embargo, los Martín Fierro ahí no llegan. Los premiadores deberían jerarquizar los valores de la cultura del esfuerzo, el estudio y el trabajo tanto como la producción y el trabajo actoral. ¡Sería muy bueno! La gente de bien, agradecida.