Cuando finalice el ajuste del gasto público y miremos las cuentas públicas, lejos de advertir una situación de equilibrio fiscal, vamos a encontrarnos con un nuevo agujero negro. Entonces, todo esfuerzo habrá sido en vano: el déficit seguirá siendo pavorosamente inmanejable y la situación social se habrá deteriorado hasta lo inimaginable.

Basta mirar nuestra propia historia para comprender que no hay economía estructurada sobre la sola idea del ajuste sin fin. Cuando los ingresos no alcanzan a cubrir todos los gastos, hay que pensar una estrategia de crecimiento que permita expandir la recaudación. De tal modo se procura achicar el déficit, es cierto, a la par que se potencia la capacidad económica, se genera riqueza y se multiplica el trabajo.

Por el contrario, los tijeretazos ciegos al presupuesto, la parálisis de la obra pública y la contracción de la capacidad de compra de los salarios y las jubilaciones generan un encogimiento brutal de la actividad económica y una caída vertical de la recaudación. Lo que se "ahorra" en virtud de los tijeretazos, se pierde por caída de la recaudación. Es lógico: si el comercio vende menos, el Estado recauda menos IVA. Si el sector productivo cierra sus persianas o se achica sensiblemente, pagará menos impuestos a las ganancias.

Así las cosas, el camino del ajuste es el resultado de una mirada ramplona de la trama económica de un país. ¿Qué sucederá entonces cuando el déficit no ceda y no se encuentren nuevos "nichos" donde seguir ajustando? Ese es el dilema insoluble de un gobierno que eligió quemar las naves y abrazarse al recetario del FMI como quien se aferra a un dogma. Asomará tal vez la tentación de quemar los fondos del Administración Nacional de la Seguridad Social (Anses) o de malvender los activos físicos del Estado nacional. Además de disparatado, quizás el gobierno carezca entonces de legitimidad para acometer semejante desatino.

Pero la política no es mero pronóstico. La política es propuesta y superación. Ante la insustancialidad del ajuste eterno como único destino, se trata de vertebrar un nuevo consenso estructurado sobre la idea de potenciar las capacidades productivas de la nación. La potenciación del mercado interno, con medidas reactivadoras, deberá entrelazarse con una mirada capaz de ir resolviendo progresivamente el dilema del estrangulamiento del sector externo. La capacidad de generar divisas junto con una política capaz de encauzar el ahorro nacional y evitar el drenaje absurdo de una fuga sin fin forman parte de los desafíos de quienes pensamos otra política y otro destino para nuestro país.

Yo creo que los conceptos deben encarnar en construcciones concretas. Y esa construcción debe ser un peronismo con vocación de abordar los verdaderos dilemas que signan nuestras vidas.

La pospolítica que ofrecía Cambiemos como horizonte de una Argentina sin conflictos resultó un verdadero bluff. Hay que arremangarse nuevamente y repensar todo. Afortunadamente está el peronismo, con su experticia, con sus cuadros de Estado, con su capacidad de contención social, con su capacidad de proyectar una mirada estratégica de un país posible.

Hay un país agotado por dilemas que ya no expresan nada. Es necesario iniciar otra etapa y tener la audacia de dar el puntapié inicial. En eso andamos.

La autora es dirigente peronista de Cumplir.