Desde que nacimos como república independiente, Argentina y Brasil han estado presentes en nuestra vida. En aquel lejano 1828 en que ambos firmaron la paz, resignadamente, y reconocieron que esta entonces provincia díscola sería independiente, no han dejado de influir. En el siglo XIX y hasta 1904, por lo menos, lo hicieron directamente. Desde entonces, más bien indirectamente, las más de las veces sin proponérselo, pero de un modo determinante.

Una recesión argentina es una mala temporada turística en Uruguay. A la inversa, una euforia puede generar alguna tan notable como la de este pasado verano. Con Brasil importa el turismo, pero no tanto como con Argentina. En cambio, la diferencia de precios en la frontera ha sido la gran variable, a favor o en contra.

La consecuencia obvia es que tenemos que vivir con un ojo en Buenos Aires y otro en San Pablo. Una suerte de estrabismo condiciona a gobernantes y empresarios, especialmente los medianos y pequeños. Y todo da tantas vueltas que también ha ocurrido que un desastre en Argentina sea una bendición para nosotros, como fue el caso de la agricultura durante los gobiernos kirchneristas, que arrojaron sobre nuestros campos una fuerte inmigración de productores de gran calidad.

En ambos casos, si importante es la política económica, tanto o más lo es la política propiamente dicha, si entendemos por ella el funcionamiento armónico de los tres poderes, la vida de los partidos, el modo de relacionamiento de gobierno y oposición, las modalidades del debate público y la presencia de liderazgos eficientes, capaces de conducir los asuntos con un rumbo cierto.

El hecho es que Brasil vive una catástrofe política y esta se proyecta a todos los ámbitos del quehacer. La corrupción ha demolido los partidos, la necesaria acción de la Justicia los ha descabezado y hoy se camina a una elección en medio de una incertidumbre enorme. En esas condiciones, ¿qué Mercosur podemos tener?, ¿con qué gobierno negociamos los "free shops" de frontera?, ¿qué les espera a nuestras exportaciones de productos lácteos?, ¿qué ocurrirá con los precios en la frontera?, ¿cómo nos ubicamos frente a los movimientos de los países del Pacífico?

Con Argentina ya sabemos que la relación de precios de una canasta básica se ha distanciado entre un 20% y un 30% entre las dos orillas de los dos grandes ríos que nos separan. Además, tenemos por delante las incógnitas que nacen de que Argentina ya no vivirá la euforia de este verano y que, aunque no entre en recesión como se habla con insistencia, ya nada será igual.

En ambas situaciones, la política ha sido protagonista esencial. La corrupción del PT arrastró a todo el sistema, denunció conmixtiones entre comercio y política y el barco está a la deriva. Mientras no haya una conducción mínimamente solvente, nosotros, como vecinos directos y América del Sur toda, estaremos con el Jesús en la boca. Ni hablemos de lo de Argentina, en donde, más allá de aciertos o desaciertos del gobierno de Mauricio Macri, un sindicalismo que es un viejo tigre cebado y un kirchnerismo echando nafta a la hoguera hacen muy difícil gobernar. Especialmente si el gobierno, como en el caso de Macri, carece de mayoría parlamentaria. Con irresponsabilidad escuchamos a algunos políticos y periodistas discurrir sobre si el gobierno termina su mandato o no, tal cual ya lo proponen algunos sindicalistas del viejo estilo.

En todos los países la política es importante, pero en los nuestros es absolutamente decisiva. Los Estados Unidos funcionan más allá de un Obama o un Trump, acaso más importantes para el mundo que para adentro. Aun un presidente voluntarista e imprevisible como Trump, salvo que se meta en una guerra, no cambiará de modo dramático el ritmo de un país liderado por la innovación tecnológica, el pulso de su empresariado y el balance entre los poderes del Estado.

En nuestro barrio es muy distinto. La política no es todo, pero influye sobre todo. Y hoy las preocupaciones son realmente importantes. Razón de más para que, como el seleccionado uruguayo, pensemos prioritariamente en cómo defendernos de la oleada cercana. Imaginar "espacios fiscales" y "reivindicaciones históricas" y porcentajes del PBI para esto o para lo otro es simple fantasía. Que a la industria láctea se la lleve puesta un sindicato con mentalidad de empleado público no es una anécdota. Si prosperan, caerá una hipoteca gravísima sobre el próximo gobierno.