Investigaciones desarrolladas por profesores de universidades de Estados Unidos y Asia, publicadas en las principales revistas académicas de la especialidad, muestran que la constitución de nuestro yo tiene dos dimensiones que no son extremos de una escala bipolar, sino que se manifiestan de forma paralela. Todos nosotros poseemos un yo independiente y un yo interdependiente. El primero es el que nos mueve a sobresalir a partir de nuestras habilidades, el self-made man, y el segundo enfatiza la relación con el grupo de pertenencia, y el cumplir con las expectativas del conjunto.

Sobre este marco teórico realicé mi investigación doctoral en la Universidad del CEMA, que me permitió demostrar que la sociedad argentina es marcadamente interdependiente, incluso más que las colectividades asiáticas, donde el pertenecer está en su esencia. Y tenemos un yo independiente bajo en comparación con otros países.

Los resultados sugieren que los argentinos se ven a sí mismos como parte de un conjunto y el esfuerzo se concentra en ser aceptados. En un enfrentamiento o búsqueda de cambio, no lo hacemos solos, se valora la conquista en nombre de un grupo mayor.

La necesidad de formar parte no parece similar a la de los asiáticos. Ellos pertenecen a un clan desde que nacen, con roles asignados antes de llegar a este mundo. Aunque el valor de la medición sea mayor que la de ellos, el origen de la interdependencia del yo argentino está ligado al compartir la vida: las formas de diversión, el armado de proyectos, una manera de pensar. Los personajes argentinos relevantes son amigueros, familieros y solidarios en causas resonantes. La baja en el yo independiente también se percibe en el aire social: tener éxito económico no es valorado socialmente como en culturas como la estadounidense (por desconfianza o por recelo), y la mayoría afirma pertenecer a la clase media, más allá de diferencias evidentes.

La investigación profundizó en el análisis del yo en distintos grupos sociales. En general, nos comportamos como el resto del mundo. Por ejemplo, a mayor edad aumenta la interdependencia. Lo inesperado y contrario a lo que marcan los estudios internacionales fue que los individuos de clase media alta con título universitario se destacan por su bajo yo independiente con respecto al resto de la sociedad. O sea que los más educados no son los que tienden a desafiarse a sí mismos; y no buscan su propio destino a partir del desarrollo de sus habilidades. Por el contrario, los grupos sin educación superior y de nivel socioeconómico más bajo poseen una mayor puntuación en esta dimensión. Saben que, si no es por sus propios logros, no llegan a sobrevivir.

Con estos datos, podemos conjeturar sobre el enigma de la argentinidad y su dificultad para progresar como sociedad. En el mundo, los más educados están conformados para romper paradigmas, ser disruptivos y progresar en sus carreras a partir de la mejora continua de sus facultades personales. Se piensan a sí mismos como el motor de sus cambios. Este fenómeno inspira a los que están en los estratos más bajos. En Argentina esto no sucede. El argentino educado no sale de su zona de confort. Ocupa un lugar en su red de pertenencia (pertenezco, luego existo). Los que la reman sí buscan un cambio a partir del esfuerzo personal. Sin embargo, no son los que tienen las herramientas para modificar los paradigmas y la recompensa que reciben es formar parte de la extensa e indefinida clase media argentina.

La autora es directora del Departamento de Marketing, UCEMA.