El pasado 9 de julio, Día de la Independencia, la Asociación de Actores convocó a una concentración en el Obelisco para declamar: "La Patria está en peligro y no se rinde". La idea era dejar sentado que, según ellos, la Argentina le "hace frente al Fondo Monetario Internacional y seguirá luchando contra sus imposiciones".

Se trata de una paradoja pocas veces vista. Más allá de las circunstancias puntuales de que la Asociación de Actores no debería ser una agrupación partidaria sino que bajo su institucionalidad deberían poder expresarse todas las ideas de todos los actores (cosa que no es efectivamente posible, según el testimonio de decenas de afiliados que han explicado con lujo de detalles los ataques a los que son sometidos por expresar una idea contraria); y de que una agrupación que defiende (al menos desde la concepción de los convocantes al acto) una cosmovisión Estadocéntrica de la vida —en donde el individuo, junto con sus derechos y sus responsabilidades, es echado a un lado para que el rol protagónico sea ocupado por un Estado que, en el extremo, termine dándonos de comer en la boca— no debería quejarse por el hecho de que ese mismo Estado recurra a cuanta fuente consiga para seguir haciéndose de recursos para afrontar los gastos que gente como la Asociación de Actores reclama que afronte, lo que realmente debe subrayarse aquí es que la situación de atraso, frustración y, en muchos casos, de miseria que vive la Argentina ocurre precisamente porque el país no se rinde.

No se rinde ante la evidencia de su fracaso, ante las pruebas contantes y sonantes de que el esfuerzo ciclópeo que viene realizando desde hace 70 años para demostrarle al mundo que está equivocado ha sido inútil.

En efecto, no nos rendimos y seguimos insistiendo en pretender demostrarle al mundo que un nivel de vida como el que él ha alcanzado es posible superarlo por un "modelo argentino" de hacer las cosas que será lo suficientemente exitoso como para enrostrarle al universo su innata inoperancia.

La Argentina no se rinde. Si se rindiera, como en su momento se rindió la Unión Soviética, es posible que hoy no fuera una maravilla, pero al menos sería lo que Rusia es a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Si se rindiera, como se rindió Deng Xiaoping, es posible que no fuera un diamante, pero quizás sería lo que la China de hoy es a la China de Mao. Si se rindiera, como el Vietnam de Ho Chi Minh, es posible que no nadara en la abundancia, pero al menos habría dejado atrás la miseria como la dejó el Vietnam de hoy. Si se rindiera, como se rindió Mandela, tal vez no alcanzara el PBI de Japón, pero muy posiblemente sería lo que la Sudáfrica de hoy es a la Sudáfrica del Apartheid. Si se rindiera, como Chile se rindió ante el fracaso estrepitoso de Salvador Allende (porque vayan a buscar un chileno que vote hoy semejante delirio), tal vez no hubiera alcanzado los años de estabilidad trasandina, pero seguramente no sería el tembladeral que es hoy. Si se rindiera, como se rindió toda la Europa oriental, quizás fuera lo que la República Checa es hoy a Checoslovaquia.

Pero la Argentina no se rinde. Sigue tercamente intentando aplicar lo que ha fracasado, no solo aquí, sino en todo el mundo. Siente una aversión visceral por dar el brazo a torcer y en su fútil intento por mantenerlo en alto ve cómo, día a día, su nivel de vida se deteriora, su gente vive peor y su posición relativa en el mundo se achica a dimensiones insignificantes.

La Asociación de Actores tenía la partida ganada antes de convocar a la concentración del 9 de julio. Porque, efectivamente, la Patria no se rinde, aun cuando esa sea justamente su mayor capitulación: la capitulación ante el fracaso, ante la decadencia, ante la pobreza y la miseria.

Muchos creímos que el Gobierno de Cambiemos llegaba para rendirse. Para rendirse ante la evidencia de cuál es el camino del éxito y cuál el del estropicio y la frustración. Pero hasta ahora ha decidido no rendirse. Parece seguir apostando a encontrar una fórmula mágica, una fórmula nacional que pruebe la cuadratura del círculo y descubra la tan ansiada pólvora.

Pues desde aquí le pedimos un acto de humildad. Al Gobierno y a todos los que creen que los únicos vivos somos nosotros. El mundo hace mucho que demostró cuál es el camino de la abundancia y de la multiplicación de la riqueza. Gracias a ese descubrimiento la Tierra es un planeta con un horizonte mucho más extenso hoy del que tenía hace cien años. La población sigue aumentando incesantemente y sin embargo hay hoy menos pobres que hace un siglo. Hay hoy menos hambre que hace un siglo. Hay hoy menos enfermedades que hace un siglo.

Sin embargo, en los países que no se rinden, toda esa evolución, involuciona: en lugares que son la quintaesencia de la "resistencia", como Venezuela, por ejemplo, ha regresado la difteria y la poliomielitis. Allí, en ese océano de petróleo, la gente se muere de hambre y solo tiene un objetivo en mente: escapar.

¿Hasta cuándo resistirá la Argentina? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que se rinda, antes de que presente una carta de capitulación completa ante la pétrea evidencia de su decadencia? No lo sabemos.

Lo único que sé es que la gente que se muere de hambre hoy, la que vive en el barro, sin educación para sus hijos, sin salud para sus mayores, sin los enseres mínimos de confort que brinda el mundo del siglo XXI, son el producto de un acto de resistencia: de una resistencia que muchos consideran heroica y que no es otra cosa que la demostración más cabal de la ignorancia que nos hunde.