Un Gobierno frío como este invierno

El invierno se vino con todo. No se trata de una simple apreciación del estado del clima. Lo que intento es tratar de pensar en el frío que nos corre en estos días cuando leemos algunas cifras que hasta podrían configurar una radiografía (dolorosa) de la Argentina. Porque en realidad los datos sirven -y se necesitan- para definir políticas, pero también nos ayudan a mirarnos, porque en definitiva reflejan lo que somos, lo que generamos y lo que toleramos.

Sobre todo esto último, porque las noticias aparecen y desaparecen o se diluyen casi sin comentarios y sin que se logre movilizar la conciencia social sobre lo que nos pasa, ni mover las decisiones de quienes manejan esos hilos de poder que ponen en sus manos la real posibilidad de instrumentar un cambio.

Y tal vez ahí radica la razón por la cual todo parece circular sobre una calesita que da vuelta para mostrarnos los mismos caballitos en la rueda sin que nada haya cambiado. Difícil obtener resultados diferentes si seguimos haciendo las mismas cosas.

La cantidad de dólares de los argentinos en el exterior subió 33.404 millones en el último año. Eso hace un total de 276.449 millones de dólares como activos de los argentinos en el exterior. ¿Puede ser que esa cifra realmente escalofriante no nos diga nada? ¿Que no mueva ni una decisión política que apunte a revertir? Claro, lo que pido parece imposible en un gabinete cuyos miembros seguramente se encuentran en el listado de aquellos que tienen su platita fuera del país. Los mismos funcionarios que nos piden soportar el ajuste y bajar la temperatura del aire acondicionado o de la calefacción.

Argentina, como tantos otros países, tiene elaborado un listado oficial de lo que se denomina "los paraísos fiscales". Sin embargo, no se ha aceptado en varios años discutir un proyecto presentado en el Congreso para que se prohíban las transferencias financieras desde y hacia esos países, una restricción que sí recomienda la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), organismo al que el país aspira a ingresar pero aceptando solo parcialmente los estándares que se exigen para calificar.

Atravesamos el récord histórico de déficit en nuestra balanza comercial, dándose la paradoja de que no podemos o no sabemos mejorar nuestras tasas de producción y exportación, pero somos los campeones mundiales para sacar la plata afuera.

Pero esa es solamente una cara de la moneda. Hay que poder mirar la otra, desde otro informe reciente que también pasó demasiado desapercibido. Y aquí entra a jugar no simplemente una cuestión política o ideológica, sino profundamente ética.

El Informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) da cuenta que la mitad de los chicos en nuestro país es pobre y que no tiene computación en la escuela; cifra que se eleva al 75,6% cuando se refiere a los hijos de los trabajadores marginales. Estos no tienen internet en sus hogares, mientras que eso le pasa solo al 2% de los hijos de profesionales de sectores medios.

Un tercio de los niños solo puede comer en comedores asistenciales, muchos no vieron un médico en los últimos años y varios otros jamás fueron a un dentista. Más de la mitad vive en barrios nocivos en términos de contaminación ambiental. La pobreza por ingresos en el Conurbano es del 54,2%, donde el 13% son indigentes.

Mientras tanto, las designaciones del Defensor del Pueblo y del Defensor de Niñas, Niños y Adolescentes sigue dependiendo de acuerdos políticos que llevan adelante los que solo conciben estas designaciones con criterios de compensación y distribución de espacios de poder, sin importar cuántos esperan una acción concreta, aunque sea para sostener la ilusión de que algún día algo podrá cambiar en su vida.

Los números deberían producirnos una conmoción interna mucho más fuerte que el impacto de la helada en toda esa marginalidad callejera que ni siquiera nos atrevemos a mirar. Y como si fuera poco y tan absurdo como inmoral, se pretende sugerir como parte de un plan económico innovador que la clase media les dé propina a los pobres para que ellos, allí, solos, con la moneda en la mano, puedan enfrentar su situación. Claro, es la visión profética de los ricos. La mejor forma para hacer de cuenta que se hace algo, pero sin modificar la condición de aquellos que reciben, a los que solo se les reconoce la limosna (o el beneficio social destinado a los pobres), pero a los que sistemáticamente se les niega el acceso a sus derechos fundamentales como persona o como ciudadano y que les permita superar la situación que padecen.

Se sigue discutiendo el cortoplacismo sin atender las urgencias. Lo electoral por sobre lo social. Lo económico por sobre lo humano. El futuro sin hablar de educación seguirá limitado a unos pocos. El resto, a la intemperie, es el que sigue sufriendo los avatares del frío invierno.

La autora es ex diputada de la Nación.