La elección presidencial colombiana marca varios hitos en la historia del país. Por primera vez un candidato supera la barrera de 10 millones de votos, por primera vez una mujer es elegida vicepresidente de la república y por primera vez un candidato de la izquierda supera los ocho millones de votos.

Otros hechos destacables de la jornada fueron, por ejemplo, la confirmación del declive profundo de los partidos Liberal y Conservador y el vacío de presidenciables en sus filas, la consolidación del Centro Democrático como una colectividad disciplinada y con gran acogida que da para pensar que no es coyuntural sino que llegó para quedarse, y, la refrendación de la vigencia política de Álvaro Uribe Vélez como gran elector y líder en lo corrido de este siglo no obstante la animadversión de poderosos rivales y enemigos.

Iván Duque con esa votación histórica despejó todas las dudas que circularon en el sentido de carecer de fuerza y carisma propios. Su inexperiencia en las lides electorales fue compensada por su talento intelectual, su amplio conocimiento de los problemas nacionales y su capacidad para controlarse ante los ataques de sus rivales.

Hizo escuela a través de la campaña en la que se enfrentó a otros cuatro candidatos del Centro Democrático a quienes superó luego de un gran número de talleres públicos en los que los aspirantes debatían sus programas en formación de cara a los ciudadanos y escuchando a dirigentes sociales de las distintas regiones.

Luego compitió con Martha Lucía Ramírez, líder de un sector del partido Conservador, y con el también dirigente conservador y ex procurador general de la nación, Alejandro Ordóñez, en una alianza en la que confluyeron los ex presidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana. Resultó vencedor en una consulta amplia regulada por las autoridades electorales del país.

Como candidato oficial venció con holgura a cuatro aspirantes en la primera vuelta y en la segunda y definitiva venció al candidato de la izquierda populista, Gustavo Petro, con una votación y ventaja a todas luces inobjetable.

De manera que Duque, una persona sin mácula, sin experiencia como gobernante, pero reconocido por sus colegas del Congreso como el mejor senador en 2016 y 2017, libre de corrupción, que expresó con franqueza y claridad admirable sus propuestas, que recibió adhesiones sin cambiar ni modificar su programa y sin hacer promesas de cupos ni mermelada oficial, fue el vencedor, sí, el vencedor, y es el presidente de Colombia.

Remarco su triunfo no con el fin de restregárselo en la cara a los derrotados, sí, a los derrotados, sino para ver si se entiende de una buena vez que la lucha política en democracia es una competencia en la que alguien resulta vencedor mientras el rival o los rivales pierden.

Y porque al principal derrotado, embriagado por su innegable alta votación, Gustavo Petro, le ha dado por imitar a Andrés Manuel López Obrador, su conmilitón mexicano del Foro de San Pablo, que se apropió varias veces y por mucho tiempo de la Plaza del Zócalo, espacio público simbólico de la política y del gobierno azteca, para ejercer desde la calle su oposición beligerante e incitando a la multitud para hacer lo mismo en varias plazas centrales de Colombia.

Petro, al peor estilo de los populistas del continente, pretende, y a la vez ofende a sus votantes al convertirlos en monigotes de su estrategia populachera, basado en la creencia de que los ocho millones son todos suyos y lo seguirán siendo para todo lo que él disponga.

Petro se quiso graduar de caudillo haciendo cursos intensivos para acomodarse a exigencias programáticas de sus aliados que le exigieron firmar en mármol las "nuevas tablas de la ley", las mismas que hizo trizas horas después de conocer su derrota.

Su discurso no fue, ni de lejos, el de un demócrata sino el de un resentido. Minimizó el triunfo de Duque, lo invitó a traicionar a Uribe, lo amenazó con movilizaciones y luchas callejeras. En suma, retomó su alma de populista aventurero que había escondido para la segunda vuelta.

Ahora, sin razón válida ni fuerza parlamentaria, se quiere autoproclamar cabeza de la oposición, atropellando a sus amigos y aliados que de hecho tienen más presencia en el Congreso que la suya.

Mientras Petro deforma la imagen de antiguos caudillos de nuestra historia y quiere parecerse a ellos, el nuevo presidente, en su característica ponderación, inició la labor de empalme sin soberbia y con serenidad, pero, eso sí, dando muestras de que va a cumplir con sus anuncios, pues fue con ellos y no con los de sus rivales con los que se ganó la presidencia, como acaba de verse con sus orientaciones para aplazar la definición de funciones de la Jurisdicción Especial de Paz, tema medular de su programa, y como leí en el trino de una amiga tuitera: "Poner orden en la casa, enderezar el rumbo, restablecer la institucionalidad y hacer cumplir las leyes".

Coda: Descresta en demasía el sentido de supremacía moral y sabiduría de intelectuales que, en presencia del reguero de sangre en Venezuela y Nicaragua a manos de un par de tiranos y asesinos, desean posicionar como mesías de Colombia a Gustavo Petro, fiel y leal amigo de esas granujas.