Una selección de lo peor

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En la semana en la que todos y cada uno de los analistas políticos argentinos se han dedicado a establecer analogías entre el papelón del seleccionado y la realidad nacional, no veo por qué debería abstenerme yo, que —disculpen la pedantería— durante la primera mitad de mi vida he sido profesor en los tres principales institutos de formación docente del área: el INEF Romero Brest, Instituto Nacional de Deportes y la Licenciatura en Altos Rendimientos Deportivos del Comité Olímpico Argentino y la Secretaría de Deportes de la Nación.

Empecemos por lo general. Después de décadas de esperarlo, el mundial donde "no hay equipos grandes" y "cualquiera le gana a cualquiera" está aquí. De los ocho equipos que han sido campeones mundiales solo Uruguay y Francia han ganado sus dos partidos, ambos por la mínima diferencia y frente a rivales considerados de segundo y tercer nivel. Brasil empató con Suiza y le ganó a Costa Rica con goles en el suplementario. Italia ni clasificó. Alemania perdió con México y se salvó raspando de quedar afuera con Suecia. Inglaterra, hasta ahora, es un estrecho 2-1 con Túnez. España apenas empató contra Cristiano Ronaldo y le ganó 1-0 a Irán. Argentina, mejor no hablar. Digo más. Hubo solo cuatro goleadas (tres o más goles de diferencia), ninguna fue infligida por los grandes (dos de Bélgica y una de Rusia) mientras que una fue sufrida por un grande (Argentina 0, Croacia 3). Será difícil que la lista de campeones incorpore un nuevo nombre (ni Bélgica, ni México, ni Portugal, ni Nigeria, ni Suecia, ni Rusia parecen tener lo necesario para campeonar), pero la sensación predominante es que los partidos son —todos— cada vez más interesantes porque cualquier sorpresa es posible, mucho más que en cualquier otro Mundial.

Es la globalización, muchachos. Son las redes de comunicación globales poniendo las técnicas y la estrategias de los mejores equipos al alcance permanente de los jugadores y técnicos de todo el mundo; son los chicos latinoamericanos y africanos que se hicieron hinchas del Barcelona y crecen copiando las acciones de Iniesta y Messi; son los jugadores africanos y asiáticos y latinoamericanos jugando en los mejores equipos del planeta y recibiendo el mejor entrenamiento, la mejor competencia y la mejor alimentación. Así como la caída de fronteras está unificando el mercado económico y haciendo que los salarios de chinos e hindúes se aproximen a los del Primer Mundo; así se globaliza también ese capital simbólico hecho de técnicas y tradiciones que es el fútbol. Difícil, en ambos casos, será que los últimos superen a los primeros, pero la distancia se achica cada vez más.

Pero hablábamos de Argentina. Es difícil elegir cuál fue nuestro papelón peor. ¿Los jugadores que conformaron un equipo sin alma que se quebró ante la primera dificultad y transformó un mal resultado en una goleada en contra? ¿Los dirigentes carentes de todo liderazgo y autoridad que primero les permitieron a cinco jugadores no asistir al saludo de despedida del Presidente de la República y luego los dejaron que suspendieran un partido amistoso programado; esos mismos dirigentes que brillan hoy por su ausencia cuando más se los necesita, en el momento de enderezar la situación? ¿Los hinchas especialistas en generar abusos sexistas contra menores y en patear hinchas croatas caídos al suelo; y en neta superioridad numérica, faltaba más? ¿Nuestra principal vaca sagrada suprema esnifando en la platea, fumando habanos bajo un cartel de "Prohibido fumar", y —en otro de sus arranques de fascismo militante— decidiendo quién puede volver al país y quién no? ¿O Sampaoli, y su desorientación sistémica? ¿O Sampaoli, y su insulto al rival? ¿O Sampaoli, y su falta de seriedad y liderazgo? ¿O Sampaoli, yéndose sin acompañar a los propios ni saludar a los ajenos? ¿O Sampaoli, y su soberbia, su mal gusto y su permanente improvisación?

Dirigentes, jugadores, hinchas, cuerpo técnico. Según la matemática podemos todavía salir campeones, pero un resultado es ya cierto: hemos enviado a Rusia una selección de lo peor. De lo nuestro, lo peor. Y, díganme lo que quieran, pero el hecho de que tanto los jugadores que marcaron ausente como los hinchas tinellescos que se burlaron de las adolescentes rusas, los barrabravas que golpearon a los croatas y el entrenador que se hizo célebre por su "Cobrás cien pesos, ¡gil!" acampen del mismo lado de la grieta es mucho más que una casualidad.

Ahora, permítanme recordar que todo esto empezó con una mágica elección de presidente de la AFA que terminó 38 a 38 aunque había solo 75 votantes. De los tejemanejes y enjuagues posteriores surgió la presidencia de un personaje patético llamado Chiqui Tapia, y de esa presidencia, la decisión de continuar el downgrade iniciado cuando se reemplazó al Tata Martino con Bauza, reemplazando ahora a Bauza con un fantasma siempre al borde de un ataque de nervios: Sampaoli. Sampaoli, que es —probablemente— lo peor que se haya visto como entrenador de la selección, pero que era un personaje perfectamente conocido que casi todos —jugadores incluidos— pedían a pesar de que tenía un contrato vigente, ni que algunos de los otros entrenadores consultados declinaron gentilmente la invitación. Falta de respeto de los acuerdos. Oportunismo. Improvisación. Pensamiento mágico. ¿Qué podía salir mal?

Pero volvamos al 38-38. Los argentinos, que con buenas razones nos quejamos de nuestra dirigencia política (me incluyo en ambos lados, el de los criticones y el de los criticados, desde luego), haríamos bien en darle un vistazo a las otras dirigencias que supimos conseguir; primeras de todas: la deportiva y la sindical. No es casualidad: ambas son fruto del método indirecto de elección. Los Moyano, los Grondona y los Chiqui Tapia de la Patria nunca fueron elegidos por votaciones democráticas de las que participaran todos los trabajadores, en un caso, y todos los jugadores, árbitros y técnicos de una federación, en el otro. Los eligieron y los eligen los secretarios generales de los sindicatos o los presidentes de los clubes, quienes previsiblemente supeditan el interés de la CGT y de la AFA al de sus sindicatos y clubes, en el mejor de los casos, y al propio bolsillo y los propios intereses, en el peor. La regla rige para todas las federaciones deportivas, y los escándalos frecuentes que las envuelven lo dicen todo sobre sus resultados.

El 38-38 y sus posteriores consecuencias son producto de un método de elección de autoridades opaco, dependiente de pocas personas y proclive a los acuerdos por debajo de la mesa, cuyo efecto previsible es que no lleguen a los cargos los honestos ni quienes están mejor preparados sino quienes saben rosquear apelando, casi siempre, a lo peor. Como diputado nacional, he presentado dos proyectos que intentan cambiar ese sistema y sus resultados. En los sindicatos y en las federaciones deportivas. Porque en esto, también, ya es hora de cambiar.

Para terminar: cada crisis, se sabe, crea una oportunidad. Siempre que se sepan identificar los errores y se esté dispuesto a corregirlos, desde luego. En este caso, no estaría mal comenzar por la humildad. Abandonar la presunción que nos ha llevado a pensar que lo que empezaba contratando a un técnico que ya tenía contrato podía terminar bien; la soberbia de no planificar confiando en la inspiración divina; la altanería de querer pasársela por arriba de la cabeza a un delantero croata en el área propia; la suficiencia de desconocer la autoridad de un entrenador que será pésimo pero es el que tenemos y es, también, el que el equipo pidió. Porque lo horrible no es perder. Perder se puede perder siempre. Les sucede, antes o después, a todos los equipos que fueron al Mundial menos a uno. Lo terrible es perder sin ideas, sin dignidad ni honor y en medio del caos; no mostrando lo bueno, que también tenemos, sino una selección de lo peor.

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