La "gaffe" de Tabaré Vázquez respecto de las escuelas de tiempo completo es reveladora de una modalidad negadora de la realidad. Nuestro señor Presidente, a quien respetamos personalmente y por su investidura, en el discutido reportaje inaugural que le realizara la revista Noticias Uruguay, afirmó que le habíamos entregado "dos o tres" escuelas de tiempo completo cuando él llegó al gobierno.

UyChek, esa sección técnica que publica el diario El País, ha sido rotunda. Se trata de una información "ridícula" porque en ese año 2005 existían ya 104. Es evidente que el presidente uruguayo fue mal informado. No se expondría a esta situación si no hubiera algún tonto o adulón que le incorporó a su memoria esta afirmación absurda, que ignora la evidencia.

En cualquier caso, bueno es recordar que nuestra reforma de 1995 fue parte de un proceso de cambios muy sustantivos en el país, que fueron posibles por una coalición que pudimos sostener en aquellos años con el Partido Nacional, cuyo directorio presidía el doctor Alberto Volonté. Fue la época en que se derrotó la inflación, llevándola de un 44% a un 4%, un solo dígito luego de 50 años; en que se instituyó el nuevo régimen de previsión social, que salvó el sistema de una quiebra segura y les garantizó a los trabajadores la seguridad de su ahorro; en que se satisfizo el 100% de la demanda telefónica y se digitalizó la red por completo; en que se cambió el sistema electoral, estableciendo las elecciones internas de candidatos y la doble vuelta electoral; y muchísimas otra cosas en el terreno de la producción.

En el tema educativo, justamente, la reforma fue sustantiva. En la educación pública se alcanzó el máximo de educación de la cobertura pública y, en la privada superior, se habilitaron las universidades privadas mediante un decreto que consolidó el sistema y abrió así una sana emulación con la clásica Universidad de la República de la que somos hijos todos los profesionales de nuestra generación.

En aquellos cinco años, hasta el 2000, la educación inicial saltó de 45 a 74 mil alumnos, completando la cobertura de niños de 5 años de edad. Aumentó también la cobertura en primaria, en el ciclo básico de la educación secundaria y en forma espectacular creció la matrícula en los centros de formación docente, que pasaron de 7 a 19 mil alumnos, estimulada por la perspectiva de un nuevo tiempo en la educación. Se reorganizó el sistema a de escuelas de tiempo completo, con un marco pedagógico nuevo y hubo que construir 600 aulas para atender tanto su demanda como la expansión del sistema.

Por vez primera en la historia se descentralizó la formación docente con la creación de seis Centros Regionales de Profesores (CERP). Estos formaban docentes para una reforma de la enseñanza media, en que se salía de la multiplicación de asignaturas a una moderna enseñanza por áreas. Hoy los CERP siguen allí, pero la reforma retrocedió al impulso conservador de algunos planteos gremiales.

A su vez, desde el primer momento los bachilleratos tecnológicos fueron un éxito y con ellos no pudieron. Hoy siguen siendo la base del único sector del sistema que acusa resultados favorables.

Todo esto se supone que es sabido, pero no ha llegado a la Presidencia de la República, donde se cultiva la desinformación y se lleva al Presidente a un traspié como el señalado.

Si hay un sector donde con orgullo nos plantamos para reclamar cambios es en este. Lo hicimos en su momento y si hoy las cosas no están mejor, es porque se fueron destruyendo —paso a paso— los caminos de ascenso que se habían abierto. Dado el notorio retroceso de los resultados, el Gobierno debiera presentarse con humildad y nunca presumir, porque volverá a incurrir en "ridículo", como lo califica UyChek en su esquema de valoración de las afirmaciones de actores públicos.

Es lo mismo que ha pasado con el desastre de seguridad pública uruguaya, en el que el ministro Eduardo Bonomi nos quería convencer, a fin del año pasado, que el delito bajaba, cuando ocurría lo contrario. Luego la realidad se lo llevó por delante, pero el intento de tergiversación estuvo  y sigue estando, cuando, por ejemplo, las rapiñas constantemente se califican como hurtos, pese a que hay una violencia insoslayable.

En ambos escenarios, tan sensibles a la vida de nuestra sociedad, negar la evidencia nos conduce a empeorar. Es imposible curar una enfermedad ignorando su diagnóstico