Este 15 de junio se cumple el centenario de la fecha simbólica de la reforma universitaria, esa lucha y gesta estudiantil que significó un primer paso en la democratización de la universidad pública.

Uno de los principios básicos y fundamentales de esta reforma fue promover el acceso de todos a la educación superior, porque, según aseguraba, la enseñanza no puede ni debe quedar restringida a determinados grupos. Cuatro décadas después, el gobierno de Juan D. Perón consagró la gratuidad del sistema universitario y promovió la creación de la Universidad Obrera Nacional, dos pasos fundantes de un modelo universitario que permitió acercar los estudios superiores a los trabajadores y sus hijos.

La última década se caracterizó por una fuerte expansión del sistema universitario; la creación de las universidades del Conurbano de Buenos Aires ha tenido un impacto extraordinario. Este punto, recogiendo el legado de la reforma, ha permitido que miles de jóvenes y trabajadores de sectores populares accedan a la universidad.

Hoy, todo eso se ve amenazado cuando altos funcionarios del actual Gobierno lo niegan desde un lugar y una concepción de privilegio. Al mismo tiempo, la situación económica se torna más difícil y el acceso a la educación se hace más cuesta arriba en aquellas familias de trabajadores de clase media o entre los más humildes.

Desde la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo (UMET), a través del Instituto Estadístico de los Trabajadores (IET), medimos mensualmente el impacto de la inflación. Más específicamente, la inflación de los trabajadores. La idea es medir cómo impacta la suba de precios en sus bolsillos, en el día a día.

Lo que se observa desde hace ya unos años es que la inflación golpea más fuerte a aquellos trabajadores de menores ingresos. Y desde ya que corren la misma suerte la inmensa mayoría de los jubilados, los pensionados o los desempleados. La razón es muy simple: los aumentos de precios se dan, con mayor fuerza, en los alimentos, el transporte y los servicios básicos. La inflación pega más fuerte allí donde una familia menos puede prescindir o reemplazar: el gas, la luz, el agua, el colectivo y el transporte en general.

La familia promedio no llega a fin de mes. Y la necesidad en lo inmediato de conseguir los ingresos básicos genera y obliga a decisiones que ponen en riesgo el desarrollo y el crecimiento en el mediano y largo plazo. Es un momento delicado donde muchos jóvenes abandonan sus estudios para buscar empleo y ayudar a la economía familiar.

Que los jóvenes dejen de prepararse para trabajar tempranamente es un verdadero problema. Por ello no podemos perder de vista como país que la clave es la educación. La educación para el trabajo es el corazón de nuestra organización. Hoy más de cuatrocientos trabajadores e hijos de trabajadores asisten a la UMET, no solo porque el SUTERH creó una universidad, sino porque los convoca, los incentiva a apropiarse del derecho a la educación universitaria, los acompaña y los beca.

Más de cincuenta organizaciones nos acompañan en este proceso de inclusión y democratización del acceso a la educación superior. Educación para el trabajo, que se ve potenciada también por los jóvenes que asisten a los centros de formación del sindicato.

La educación es el camino más genuino de la movilidad social y el progreso, y no es solo una expresión de deseo o definición efectivista. Existen números concretos de universidades con quienes trabajamos a través del Centro de Estudios Metropolitano dependiente de UMET. La Universidad Nacional de Hurlingham presenta un 90% de estudiantes que son el primer integrante de su familia que entra en una universidad. Incluso hay muchos que son el primero que finaliza la secundaria. En el caso de la Universidad Nacional Arturo Jauretche, el 83% del alumnado presenta esta característica.

Quienes ven a sus chicos romper con mandatos conservadores como los vertidos por una alta funcionaria del Gobierno hace unos días e ir a la universidad con mucho sacrificio saben de lo que estamos hablando. Tal vez no tuvieron esa oportunidad, pero, no obstante, hicieron, hacen y harán todo para que sus hijos tengan otras posibilidades. Hoy algunos dirigentes les dicen que no se la merecen o que da lo mismo, porque no van a poder por su condición. Les pido que no se desanimen, no se dejen vencer. Sigan adelante. Apoyen a sus hijos.

Tener una buena formación es una garantía para mejorar la posición social, sobre todo y más decididamente para aquellos que vienen de clases más bajas. El camino de salida de la pobreza y el desarrollo, tanto personal como social, es la educación de calidad y el empleo digno.

El autor es secretario general del SUTERH.