Lamentablemente, aunque suene fuerte, interrumpir un embarazo es quitarle la vida a un ser humano. Entiendo que puede herir alguna susceptibilidad, pero para trabajar sobre un problema el primer paso es reconocerlo. El embarazo no deseado es una problemática social que involucra a tres personas: al hijo, la madre y el padre. En ese marco del "no deseado", el progenitor se encuentra fuera de peligro, salvo en caso de violación, donde el Estado tiene la responsabilidad de castigar esas conductas aislándolas del tejido social. Pero nunca pone en riesgo su vida, siendo por siempre el padre biológico de ese ser humano en cuanto a la carga genética transmitida.

La madre, en cambio, ante la puesta en práctica del "no deseo", por el motivo que fuere, pone en riesgo su vida física, psicológica y espiritual. No existe el aborto seguro, aunque puede conllevar menos riesgos dependiendo dónde y cómo se haga. Pero quien indefectiblemente perderá su vida es el niño por nacer. La interrupción de un embarazo no deseado implica la muerte segura de un niño, y posible de la madre. Y aunque esa muerte no sea física, las consecuencias psicológicas y espirituales suelen ser nefastas y perturbadoras para aquellas que atraviesan ese tremendo trauma.

Una madre que piensa que la mejor decisión puede ser recurrir a un aborto es una madre que, ante una circunstancia particular, está eligiendo exponerse a un trauma que dejará secuelas imborrables, poniendo en riesgo su propia vida. Esto es un claro fracaso de las políticas públicas. Tanto desde la educación sexual como de la prevención de los embarazos no deseados, sobre todo los adolescentes. Y esa es la problemática real que se debe atacar para evitar la muerte segura del niño y las dramáticas consecuencias para la madre. Y cuando hablo de políticas públicas, hablo del direccionamiento de recursos para la educación del varón y la mujer, para la prevención de los embarazos no deseados y para la contención de personas gestantes en situación de vulnerabilidad.

Lo que quiero ejemplificar con esta descripción es que una sociedad, para ser moderna, no necesita aprobar una ley de aborto que permite a los violadores quedar en el anonimato o que permite abortar hasta el noveno mes alegando causales de salud, física o social.

Una sociedad moderna, madura e inteligente es aquella que destina sus máximos esfuerzos para que todos sus integrantes alcancen la libertad, el desarrollo y la inclusión, sin distinción de raza, color, capacidades, nacidos o por nacer.

La autora es directora nacional de Responsabilidad Social para el Desarrollo Sostenible, Ministerio de Desarrollo.