Llegué a la discusión del aborto convencido de que su despenalización era necesaria, porque se trata de un tema de salud pública. Después, mi recorrido por el Ministerio de Salud me dejó en claro que la mortalidad materna y los abortos clandestinos son dos caras de una misma moneda. Y hoy puedo contar que, con el temblor de los pañuelos verdes en la plaza y los testimonios en el Congreso Nacional, aprendí varias otras cosas.

Conocí las historias de clandestinidad que hay detrás de los números que manejamos los legisladores. Conocí mujeres que nunca realizarían un aborto pero que reclaman libertad sobre sus propios cuerpos. Niñas que tuvieron que ser madres cuando apenas tenían 11 o 12 años. Mujeres que pudieron pagar sus abortos, están vivas y recién ahora salen del silencio social y la humillación. Y también historias de abuelas que usaron cucharas o perejil y se salvaron de milagro.

Entendí que, como en la política, las consignas falaces y mentirosas buscan sumar más por la trampa que por los argumentos. Todos estamos a favor de la vida. Y todo es vida si así lo plantean. El ADN es vida, la célula tiene vida, los espermatozoides y los óvulos por separado son vida. Menstruar no es matar bebés. Lo dijo claro Ginés González García: "Una cosa es la vida y otra es la persona".

Defiendo este proyecto que se va a debatir el miércoles en Diputados y lo defiendo completo. El artículo 8 me parece importantísimo. Dice: "Si la interrupción voluntaria del embarazo debe practicarse a una persona adolescente, entre los 13 y los 16 años de edad, se presume que cuenta con aptitud y madurez suficiente para decidir la práctica y prestar el debido consentimiento".

Ayer escuché a una estudiante secundaria, creo que tenía 16 años, y me dejó girando la cabeza. Defendía su derecho a decidir y yo pensaba que la mayoría de los abusos sexuales a niños se producen en entornos intrafamiliares. ¿Cuántos casos conocemos que por ser familia se evita la denuncia, se niega o se actúa bajo el dominio del terror que provoca el abusador? Perdón el golpe bajo, pero sin ese artículo quedan desprotegidas miles de niñas que no eligieron ser madres, ni están preparadas para serlo. Aquella que lo esté, podrá serlo sin que nadie se lo impida.

Siento que empecé un recorrido que me genera todo el tiempo una infinidad de pensamientos encontrados. Para aliviar la carga, en el camino me encontré con agresiones, con mujeres preocupadas por la cantidad de abortos que podían hacerse otras mujeres, incluso con personas que me llamaron "asesino" y otras que pedían leyes de adopción de fetos. Creo que el debate y la participación de absolutamente todos son necesarios. Tomar posición nos transparenta con la vida y ante los ojos de los otros. A las agresiones nunca respondí, no creo que valga la pena, pero sí intenté responder cada uno de los mensajes que me llegaron con respeto.

En cada discusión por mensaje y con personas de mi entorno terminé y empecé con el mismo argumento. Nos guste o no, 450 mil mujeres abortan en Argentina cada año y 50 mil de esos abortos terminan en internación. Desde el 83 hasta la fecha, hubo más de 2,5 millones de internaciones pos-aborto en el sector público y 3030 mujeres murieron. Y así sea una, para mí es lo mismo. Las que no pueden contarlo siempre son las más jóvenes y las más pobres. ¿Qué hacemos con esta realidad? ¿La ignoramos o la transformamos?

Quienes fuimos elegidos para ocupar una banca en los Concejos Deliberantes, las Legislaturas provinciales o en el Congreso de la Nación tenemos una sola responsabilidad: representar y legislar para y por el pueblo que nos votó.

En el aborto, como en muchos otros temas, nuestros votos no buscan reflejar las decisiones que tomamos en nuestra vida privada. Buscan elaborar normas que permitan resolver o al menos regular la realidad social, política, económica y cultural del conjunto de los argentinos. Yo no estoy a favor del aborto. Estoy a favor de la despenalización de la práctica y acompaño la decisión de las mujeres de poder decidir sobre su propio cuerpo.

Por eso, es necesario dejar en claro, una vez más, qué votarán este miércoles los diputados. Cada uno elegirá entre mantener en la clandestinidad o legalizar el aborto para que sea seguro y gratuito. Los abortos existen desde hace siglos, incluso se están practicando en este mismo momento y seguirán haciéndose después del 13 de junio. Quedará en cada uno la responsabilidad de legislar sobre la realidad para decir sí a la vida o votar por sus posiciones y creencias personales.

El autor es diputado provincial del Frente Renovador.