Parte de lo que habitualmente definimos como machismo, es la tendencia humana a considerar a las mujeres como objetos y propiedad de los varones. Esta tendencia ha sido muy marcada y evidente en la historia. Y en el presente, aún existen países y culturas donde estas ideas se encuentran plasmadas en las leyes locales (entre las más escandalosas y evidentes están la poligamia, la prohibición para las mujeres de ejercer ciertas profesiones, de tener propiedades, y las obligaciones y los permisos que pasan por esposos o padres, etcétera). Por otra parte, la religión mayoritaria de la humanidad, el cristianismo, junto al islam, la segunda, derivan del antiguo judaísmo, en cuyo décimo mandamiento la mujer ocupaba un lugar de objeto y propiedad: "No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo" (Éxodo 10,14).

Los conceptos que se desprenden del antiguo texto, que pervive en la memoria de sus miles de millones de herederos contemporáneos, ubican a las mujeres como propiedades de los varones, al nivel de un esclavo, un animal de trabajo o una cosa. En los países teocráticos, en los que la religión es el eje central de la vida, estos conceptos forman parte de la cosmovisión local. En los países laicos parecen haber tomado otras vestiduras, pero lejos están de desvanecerse. Una muestra de la persistencia de esta mirada es la idea misma de "abuso sexual". Esta debería ser revisada, en tanto "abuso" significa 'uso o aprovechamiento excesivo o indebido de algo o de alguien, en perjuicio propio o ajeno', con lo cual decir "abuso" puede significar que se da por supuesto que existiría un "uso" posible, que termina así legitimado, lamentable e imperceptiblemente. Es decir, queda legitimado el "uso" de la persona, que solo deviene víctima si del "uso" se pasa al "abuso". La utilización de comillas tiene como objetivo justamente no banalizar estas expresiones.

Otro elemento fundamental del machismo es que las mujeres, en tanto objeto, cumplan fines establecidos por los varones y no por ellas mismas (a menos que se los atribuyan los mismos varones, como por ejemplo con la "realización femenina a partir de la maternidad", independientemente del sentir genuino de muchas mujeres, tema de por sí sujeto a controversias múltiples). Uno de estos fines establecidos para las mujeres está dado por proporcionar placer sexual a los varones. Por otro lado, la representación de la mujer que da placer sexual a los varones es intolerable si está asociada a la propia madre. Por eso la representación de la virgen en general, y de la virgen madre en particular, resultan tan pregnantes, valga el adjetivo. Sigmund Freud señaló hace más de cien años que los varones disociaban en su adolescencia su impulso amoroso hacia las mujeres en dos grupos: por un lado, la corriente tierna, ligada a sentimientos nobles y cariñosos, pero despojados de erotismo, y por otro, la corriente sensual, que señalaba la nueva irrupción del deseo sexual en su versión más directa. El éxito entonces del amor genital, como culminación del proceso adolescente, estaba ligado a poder amar conjugando ambas corrientes.

La defensa tan ferviente de la penalización del aborto pareciera estar alimentada por motivos inconscientes, asociados a la intolerancia que genera la idea de mujer como sujeto de deseo. Y nada les resulta tan insoportable a sus defensores como la asociación entre la maternidad y la sexualidad placentera. Según esta perspectiva, las mujeres "usan el aborto como anticonceptivo" y repudian el embarazo y su producto, ambos parte de la obligación que ellas tienen en tanto son objetos y propiedad de los varones. Al mismo tiempo, fue también el creador del psicoanálisis quien desarrolló el concepto de "complejo de castración", nudo crucial en la constitución del psiquismo, que representa la sobrevaloración que el varón otorga a su pene no como órgano en sí, sino como una premisa del poder que cree le fue conferido y puede perder trágicamente. Desde que el niño descubre eso, vive bajo amenaza y es desde esa lógica que se justifica el horror que sufren los varones ante la imagen de un cuerpo quitándose un pedazo de sí mismo. Pero el propio Freud, confrontado al plan de abortar de su hija Sophie, no retrocedió ante esa imagen terrorífica para ver que allí había un embrión, y aun aconsejándole no interrumpir su embarazo cuando ella le comunicó sus intenciones, criticó severamente al médico que le negó esa posibilidad y a las leyes que lo impedían. Esa circunstancia finalmente la llevó a la muerte siendo muy joven, por las complicaciones de un aborto clandestino. Tanto la intensidad afectuosa con la que Freud animó a su hija a proseguir con su embarazo como la severidad con la que se dirigió al médico que, amparado en las leyes vigentes, le impidió interrumpirlo, pueden encontrarse en su extenso epistolario.

La defensa de la penalización del aborto puede leerse entonces como una expresión más, no menor, de un modelo patriarcal y machista, no exclusivo de los varones. Los partidarios de la penalización se autoperciben como "salvadores": primero, han condenado a las mujeres por gozar de la vida amorosa en general, y sexual y erótica en particular, y luego "salvan" al "niño" que la misma mujer es capaz de matar con tal de obtener ese goce. Es una forma más, aunque solapada, de represión sexual, especialmente dirigida a las mujeres. Quizás en el fondo no quieren que disminuyan los abortos (lo que en efecto no ocurre cuando se lo penaliza), sino que sigan existiendo como hoy, en forma clandestina y lesiva para las mujeres, como castigo por haber disfrutado. O su prohibición, como expresión de lo mismo: "Tendrás un hijo no deseado como pago del impuesto al placer que (seguramente) has tenido".

El autor es psicoanalista.