Las estadísticas de uso de sustancias psicoactivas en población adolescente escolarizada nos indican que las mujeres beben más que los hombres. Comunicar, informar y alertar acerca de este fenómeno no resulta sencillo en tiempos en los que cualquier diferenciación en términos de sexo es a veces mal interpretada o censurada, a menudo por considerarla un enfoque discriminatorio de género. Es verdaderamente llamativo que así sea. Porque si hay algo que los nuevos patrones estadísticos de ingesta de alcohol y otras drogas nos están indicando, es que, a medida que ciertas desigualdades de género se fueron reduciendo y que ciertas conductas se fueron naturalizando, los hábitos de consumo también siguieron esta misma tendencia.

Pero lejos de cualquier androcentrismo ideológico o mirada patriarcal, el objetivo de profundizar en los comportamientos de los adolescentes en relación con el uso y el abuso de alcohol, e indagar en las prevalencias según edades y sexos, tiene que ver con un enfoque estrictamente sanitario basado en la evidencia y en el diseño de políticas públicas que tomen en consideración este fenómeno. Porque desde un punto de vista biológico, hombres y mujeres son diferentes. Y los efectos que el alcohol y otras drogas producen en el organismo masculino y femenino también lo son.

La ciencia nos dice que, debido a su constitución, existe en las mujeres una mayor vulnerabilidad física a los efectos de las drogas que en los hombres. El cuerpo de la mujer tiene tendencia a acumular más grasas y menos agua, lo cual repercute en los niveles de absorción de ciertas drogas como el alcohol o la marihuana. Otro aspecto diferenciador en términos biológicos tiene que ver con la capacidad hepática para metabolizar el alcohol.

Por motivos hormonales, la enzima denominada alcohol deshidrogenasa (ADH), que transforma las moléculas de etanol en un compuesto llamado acetaldehído, se expresa en menor cantidad en las mujeres que en los hombres. Esto determina que a una misma cantidad de alcohol consumido, la capacidad de metabolización es diferente. En consecuencia, el volumen de alcohol que pasaría directamente al torrente sanguíneo de las mujeres sería mayor que los hombres, del mismo modo que el impacto sobre el sistema nervioso y el locomotor. Los riesgos de intoxicación también serían más intensos.

A título ilustrativo, no en vano los límites diarios recomendados por la Organización Mundial de la Salud en relación con el consumo de bebidas alcohólicas es de 30 gramos de alcohol en el caso de los hombres y de 20 gramos para las mujeres.

Si a esto le sumamos que el hígado de los menores de edad se encuentra en plena etapa madurativa, y que ya de por sí carece de la capacidad enzimática para metabolizar altas dosis de etanol, en el caso de niñas adolescentes de hasta 18 años estaríamos hablando de una situación de doble vulnerabilidad. Este término está asociado tanto a los riesgos y a ciertas condiciones externas de inseguridad como también a una dimensión interna relacionada con desórdenes en el desarrollo y maduración neuronal.

Como bien explica la médica psiquiatra Geraldine Peronace, existen dos importantes procesos de desarrollo durante la adolescencia relacionados con esta última cuestión. El primero lo denomina perfeccionamiento sináptico, que se refiere a una optimización de las conexiones entre células cerebrales, una mejora en las habilidades cognitivas y una reducción en la corteza cerebral y la materia gris al final de una adolescencia sana. Si esta "poda neuronal" no se da de la manera correcta entre los 10 y los 14 años (franja en la cual se ubica la edad de inicio en el consumo de alcohol), podrían generarse trastornos en el funcionamiento del cerebro.

El segundo proceso, según Peronace, refiere a la mielinización de los denominados axones, responsables de la circulación de información entre neurona y neurona. Si este proceso también se da de forma correcta, especialmente en el lóbulo frontal, el cerebro gana eficacia en cuanto al procesamiento de información. Por el contrario, la ingesta abusiva de alcohol incide negativamente en ambos procesos descritos.

Otra diferencia sustancial al momento de explicar los mayores riesgos en los que incurre una mujer al consumir alcohol y otras sustancias psicoactivas tiene que ver con el sistema dopaminérgico (también conocido como circuito de recompensa), relacionado estrechamente con los procesos adictivos. En los últimos años se ha acumulado mucha evidencia sobre la influencia de las hormonas femeninas en el refuerzo de las conductas adictivas.

Un estudio publicado en enero del año pasado en la revista Nature Communications sostiene que si bien tanto hombres como mujeres pueden desarrollar una dependencia a drogas estimulantes (en este caso, cocaína), la transición entre uso y adicción es más veloz en las mujeres, al mismo tiempo que experimentan mayores dificultades para sostener una abstinencia y tienen mayor probabilidad de tener una recaída en comparación con los varones. Este fenómeno guarda relación con las hormonas femeninas, concretamente los estrógenos, responsables de regular la descarga de dopamina en el cerebro. Así, las fluctuaciones hormonales generarían una modificación en la forma en que la cocaína actúa en el cerebro femenino, y que el consumo resulte aún más placentero. Con el tabaco sucedería lo mismo. Como conclusión, los autores del estudio sugieren que existirían mecanismos de la adicción específicos para cada sexo.

El tema hormonal también está presente en ciertas recomendaciones médicas relacionadas con la necesidad de reducir el consumo de alcohol para prevenir enfermedades oncológicas. Según un documento de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (Estados Unidos), las mujeres que consumen pequeñas cantidades de alcohol (ya sea cerveza, vino o champagne) corren un riesgo un 4% mayor de padecer cáncer de mama, y un 23% mayor aquellas que manifiestan un consumo moderado. Las mujeres que consumen más de ocho tragos por día tienen un riesgo aumentado en un 63 por ciento. En todos los casos, el alcohol eleva los niveles de estrógeno.

Generar conciencia acerca de esta transición epidemiológica que algunos denominan "feminización del consumo de drogas" no resulta sencillo en tiempos en los que cualquier diferenciación en términos de sexo es tildada de discriminatoria. Hablar de la mayor vulnerabilidad de la mujer al beber alcohol o consumir cualquier otra droga, más aún si es una mujer adolescente, nada tiene que ver con una cuestión de género. No se trata de una expectativa social predominante, ni de un cepo conductual machista, ni de una construcción cultural cambiante. Es algo fáctico. Y no debería sernos indiferente.