Mauricio Macri (EFE)
Mauricio Macri (EFE)

Muchos votamos a Mauricio Macri convencidos de que el proyecto del kirchnerismo estaba agotado o, peor aún, para ayudarlo a finalizar. Ahora, una buena cantidad de los que votamos a Macri estamos desilusionados o enojados por la discrecionalidad de sus actos. No digo arrepentido porque no lo estoy, creo que las etapas deben agotarse, y nunca logré entender qué pensaba Daniel Scioli ni mucho menos José Luis Gioja. Para mi humilde opinión, cuando no se entiende qué piensan, es porque hay otro que imagina pensar por ellos y, cuando eso sucede, quien necesita ocultarse nada bueno puede aportar. Venezuela es la más triste experiencia, siendo Bolivia el gobierno que más merece ser admirado, mientras que los frentes partidarios de Chile y Uruguay son dos ejemplos de aciertos políticos cuando los proyectos son más importantes que los personajes que los proponen.

Están los fanáticos de Cristina y los simétricos de Macri; luego, nosotros, los que pensamos que ambos nos conducen a callejones sin salida, ambos piensan que el mal está en el otro, como si con esa condena les alcanzara para ser poseedores de una propuesta. Ni Macri es liberal ni Cristina es socialista, la verdad es que carecemos de una dirigencia capaz de ubicarse por encima de esta decadencia donde lo mejor de los Kirchner fue sacarnos de la deuda externa y lo más importante hasta ahora de Macri es volvernos a meter en ella. Ese es el drama de los ricos, imaginan que el país que ellos expolian permite la bonanza del pueblo que saquean y empobrecen. Eso de pobreza cero es complejo de entender, hasta ahora es cero lo que hicieron para paliar la pobreza.

No tenemos jefes, mientras sobran personas expertas en los temas; convocarlas y coordinarlas es el desafío esencial de una dirigencia madura, sin pretensiones de liderazgo, donde la humildad nos saque de esta enfermedad endémica que es la soberbia de la mediocridad.

El problema insoluble no es la grieta sino el empate, ese fracaso alternativo que convierte a la decadencia en el único dato real del rumbo de nuestra sociedad. El peronismo terminó siendo el partido de los que se hacen ricos hablando de los pobres, los subsidian, pero ni siquiera intentan sacarlos de esa situación. Los otros, los del PRO, ellos sueñan con un Estado diseñado por los ricos, o sea, que no tenga regulaciones para destruir todo obstáculo que limite su enriquecimiento. El ejemplo de Quintana es patético, los negocios exigen una pretendida desregulación donde desaparezca la clase media, es el delito con justificación ideológica y disfraz de modernidad. Ya son demasiados los ejemplos de destrucción; los supermercados lo hicieron con los almacenes, ahora se digieren a las farmacias y los bares.

La política ya no expresa ideas sino tan solo distintos grupos de intereses. Cristina no lograba, ni siquiera intentaba, contener los votos del peronismo; Macri dilapida a sus propios seguidores. Sucede que la política necesita ampliar su espacio de consenso, los negocios solo expulsan a los perdedores, y ambos proyectos están más cercanos de la ambición y la explotación del poder del Estado que de la búsqueda del bienestar colectivo.

La única salida es intentar una síntesis entre lo bueno de cada grupo superando sus peores defectos. El liberalismo, o la codicia que a través de él se expresa, sirve para la competencia y la producción, genera riquezas, siempre y cuando, al carecer de límites, no destruya al resto de la sociedad. Los otros, los que viven de llamarse peronistas, si hacen una profunda autocrítica, pueden volver a ser parte del movimiento nacional. Asumamos que de Carlos Menem no hay absolutamente nada para rescatar, y Néstor Kirchner nos sacó de la deuda, desde ya después de heredar una concepción económica exitosa que se ocupó de desarticular. Ahora debemos pensar en serio qué Estado necesitamos y cómo desarrollamos un sistema productivo capaz de generar trabajo, y no tan solo ganancias para los bancos y los intermediarios. El capitalismo sirve cuando está al servicio de lo productivo; cuando lo maneja el poder financiero, es más dañino que el peor estatismo.

Nada funciona mientras lo nacional, la patria, lo colectivo, no se imponga al juego de las ideologías. Los chinos pueden ser comunistas o capitalistas, pero antes que nada, como los yanquis o los rusos, son nación. Cuando se intenta ser liberal o socialista antes o por sobre la identidad nacional, se es colonia más allá de la ideología que lo exprese. Pensar que los chinos son mejores como imperio por ser marxistas es tan solo una expresión de imbecilidad. Los imperios no se definen por la ideología que dicen expresar, sino tan solo por la voluntad de desarrollar su concepción del mundo. Muchos que defendimos el derecho del pueblo judío hoy nos asustamos por la desmesura de su Estado, como ya lo expresa hasta el mismo Mario Vargas Llosa. Donald Trump y Benjamin Netanyahu juntos poco o nada tienen que ver con la libertad de los pueblos.

Cristina y Macri ya no expresan caminos hacia la superación de nuestra caída, sino simplemente son distintas formas de parasitarla. Las ideas no soportan los esquemas, necesitamos pensar en libertad el proyecto de sociedad que nos devuelva la esperanza. Y esto necesita de un proyecto racional, no de la pertenencia a un bando o un sector. El fracaso del Gobierno no nos puede llevar a retroceder al fracaso anterior, nos debe obligar a un acto creativo superador. Ese es el verdadero desafío.