En mis encuentros con el Presidente le recalqué mi opinión de que debería llamar a la unidad con la oposición, por convicción o por necesidad, dado que, según mi humilde mirada, la situación no tenía otra salida. Conozco de memoria los argumentos que se oponen, los que imaginan ser propietarios de una verdad que puede gobernar en soledad, triste opinión dominante en el Gobierno derrotado tanto como mayoritaria en el actual. Y las excusas de los que describen al peronismo o a la oposición como agonizando, convencidos de tener la piedra filosofal que nos sacará de la crisis. Y la eterna, aburrida y reincidente dogmática de que la culpa es ajena, del peronismo, el populismo, el neoliberalismo o tantos otros chivos expiatorios.

Aplaudieron a Carlos Menem esos mismos que hoy se niegan a la prueba de ADN donde asuman la paternidad de las privatizaciones de los servicios públicos convertidos ahora en verdugos de la ciudadanía. La historia les obsequió ser hoy el primer gobierno democrático, a ellos, dueños e ideólogos de tantos golpes de Estado y socios de algunas traiciones democráticas. Apenas triunfaron volvieron a soñar la desaparición del peronismo, que en su inconsciente es el de la democracia. Les molesta y asusta un partido de los pobres, aun cuando los exprese un peronismo en manos de tantos empresarios con los que comparten la fortuna y el barrio privado, representado por tantos amigos y asociados. De un peronismo provinciano que lejos quedó de intentar ser el eje del movimiento nacional. Pero siguen soñando, como en el 55, con la ilusión de enterrar al otro para siempre.

La historia nos regaló un Papa y ellos de pronto se volvieron fanáticos del ateísmo. Derrotado el marxismo, no imaginaban a nadie con peso en el mundo que defendiera a los desposeídos. Hasta gastaron unos pesos contratando supuestos pensadores que pronosticaban el fin de lo popular en la democracia y de la religión en las sociedades. No se privaron de nada, convirtieron sus odios en pronósticos; su egoísmo, en consigna; su perversa codicia, en destino inexorable de la llamada "modernidad". Odian al peronismo y al Papa, les falta negar el fútbol y el tango para asumir su esencia de hombres sin patria. Pero el fútbol deja dinero y hasta a veces les permite participar de un fenómeno colectivo como si en algo pudieran dejar de despreciar lo popular. Solo apuestan su confianza en "el inversor extranjero", una manera de dejar en claro que nada podemos esperar de ellos ni de nuestra propia capacidad.

Me asombró la furia con la que, después del triunfo del PRO, se lanzaron a degradar al peronismo y al Papa. Como si intuyeran que, al carecer de logros propios, se les volviera imprescindible parasitar las debilidades ajenas. Y algo de razón tenían, son tan infantiles al gobernar que con solo existir una propuesta coherente y madura hubieran culminado en poco tiempo este nuevo intento de apropiarse del sudor ajeno a través de la codicia propia.

Ni el amañado resentimiento supuestamente progresista de los derrotados ni los dioses de la modernidad y el mercado de quienes gobiernan detendrán nuestro pronunciado deterioro social. A las naciones no las rigen los dogmas sino los proyectos colectivos, esos que nosotros fuimos hasta ahora impotentes de lograr.

No pasamos solo una crisis, la realidad desnudó la demencia de nuestros gobernantes, demencia acompañada de incapacidad, y todo sazonado por una cuota exasperante de soberbia. Un cóctel explosivo que no requiere de analistas para ser interpretado. Justo a ellos, que no solo despreciaban la política opositora, sino además la propia. Será tiempo de asumir que la política es un arte demasiado más complejo que la gerencia, que las necesidades colectivas poco y nada tienen que ver con la codicia individual. Y que la unidad de la nación es un desafío ya hoy impostergable, a pesar de que los actores no estén a la altura de las necesidades colectivas o, peor aún, impostergable, porque la medianía de los actores los obliga a intentar trabajar en conjunto.

Sobreviven todavía dos bandos tan sectarios como equivocados, ni el Gobierno ni la oposición podrán sacarnos de esta crisis. Si se unieran, quizás no arribarán al necesario talento, pero al menos se habrían bajado de la soberbia. Necesidad de un proyecto compartido, tan duro como real, tan urgente como necesario.