Mauricio Macri ha elegido su equipo económico, y este está constituido por el staff técnico del FMI, quien lógicamente será el que establecerá los patrones fundamentales de la política económica de acá a las elecciones.

La fórmula será Macri-FMI, por un lado, y, por el otro, todos los grupos políticos que jamás hubieran imaginado semejante oportunidad histórica: enfrentar a un presidente que lleva adelante medidas del FMI, que en casi todos lados son consideradas tremendamente impopulares, no solo en países de menor desarrollo, sino también en vastos grupos políticos de Europa.

Hay que tener presente que, en ningún lugar del mundo, las políticas de este organismo internacional son aceptadas por la mayoría de la gente, que las ve como una máquina de destrucción de la producción, el empleo y los niveles de actividad.

¿Qué hará el FMI, cuyas recomendaciones deben seguirse si se quiere que se mantenga el préstamo a conceder? Recomendará medidas de ajuste fiscal, mucho más importantes que las que el Gobierno ha tomado, pues para este organismo, en todas partes del mundo, este es un punto central.

El Fondo ha sido siempre enemigo de retrasar el tipo de cambio y, por lo tanto, la política del Banco Central actual, de ir permitiendo su ajuste progresivo, cuenta sin duda con la aprobación del staff del organismo. La responsabilidad del Gobierno será, entonces, evitar que se traslade a la mayoría de los precios.

En materia salarial, ha sido tradicional la oposición entre sindicatos y FMI, porque este recomienda siempre medidas de ajuste o de restricción en los incrementos de los salarios monetarios, algo que por supuesto los sindicatos se rehusarán a aceptar.

Tampoco el FMI acepta que para contener la inflación haya que reducir las importaciones; siempre recomienda que se mantengan abiertas, contribuyendo a la lucha antiinflacionaria. El Fondo, obviamente, está convencido de que el exceso de gastos corrientes de una sociedad sobre sus ingresos corrientes va acumulando déficit fiscal, por un lado, y también déficit en los pagos e ingresos correspondientes con el resto del mundo, por el otro. En suma, se cree que el país consume demasiado, ahorra poco y que también se invierte poco.

Por todo esto, en una elección presidencial en la cual las ideas de racionalidad pueden ceder ante ideas demagógicas, tanto de oficialistas como opositores, con una sociedad fragilizada por no ver cumplidas sus expectativas, si no se produce algún giro espectacular en algún aspecto, cabe esperar que otra fuerza política triunfe en las próximas elecciones.

El justicialismo, si quiere tener aspiraciones, tiene la responsabilidad de formular una propuesta superlativa.