La fenomenología de la in-aparición consiste en opacar lo dado, lo manifiesto y patente. Es donde la realidad ya no es constituida por lo que es, por la verdad develada en ella, sino una moldura verbal como imagen maleable conforme al interés o el deseo. Una moldura que, lejos de tener un anclaje en la sustancia, aunque lábil y evanescente, pertenece únicamente a un producto gramatical, pero sin semántica y en función de la subjetividad desiderativa. No posee un esqueleto, sino que es una forma sin reglas ni principios, solo con el objeto de no ser molestado por la estructura lógica y real en pos de cumplir con lo pulsional. Su instrumento es la retórica, por la cual se pretende persuadir de una aparición de lo que no aparece, mostrando solo una des-aparición, una nada, que augura, en el mejor de los casos, un humano enajenado, con género sin correlato biológico y, en el peor, la irrestricción conductiva para vulnerar y matar a un ser humano por otro que lo ignora. Matar, tanto al género como al humano, pero sin decirlo. Porque es una muerte que no puede ser asumida para cometerla, sino disimulada, evadida, promoviendo una elocuencia como la del suicida para huir de su responsabilidad.

En esta tendencia alienante, ni siquiera se logra esbozar un discurso reflexivo y coherente, porque se denostó la posibilidad de sacar a la superficie las piedras fundacionales de la civilización, axiología y religión, traduciéndolas a la actualidad, así como tampoco se guarda un orden de simultaneidad entre lo condicionante y lo condicionado. Simplemente la estrategia es el des-orden, carente incluso de la sincronía entre lo verbal y lo sensitivo, sinonimizando todas las palabras y sin correlato real. Tampoco se podría decir que es incompatibilidad, ni un orden de otra índole, dado que exigiría una correspondencia, una relación que supone términos sustantivos en un contrato entre el existir y la existencia. Solo hay una fijación en un relato, errático, aprisionado en sí y por sí, envuelto en su propia totalidad. Una ilusión fraudulenta, como la provocada por las drogas, ausente de posición, de tesis. Solo un arrastre pulsional, libidinal, que manifiesta una pereza axiológica. Esta es la razón por la cual cuanto más cerca se les muestra aquello haciéndolo patente, tanto más lejos lo miran ocultándolo.

En estas lides, el logos como lenguaje de razón y el conocimiento iniciado en el dato, es un decir in-oído, retraído y ocupado por la eclosión del tan sofocante como laxo y vacuo parecer de la opinión del famoso, del mediático, del panelista, del influencer y de la obsesiva reverberación irrespirable de la fraseología, de lemas y slogans. Todo ello orientado a persuadir enarbolando un opresivo vocabulario del carácter, del modo in-esencial y sin sustancia, como si de allí brotara la fuente de toda autenticidad. Es desde este idiotismo alienante que la humanidad pierde todo lo apreciable de sus significados, funda una sociedad ya no en la seguridad, sino en la ambigüedad, la imitación y la impostura que devienen en aniquilación, porque es la esencia de un mal seductor y fácil, al ser contemporáneo, joven, brioso y descomprometidamente transformador, pero donde la primera víctima es la verdad y luego los más débiles, llegando a los más inocentes.

Así, asistimos hoy a un ateísmo que ni siquiera es humanista, donde el hombre en su afán de contener el universo finaliza en su propia incontinencia, aun a costa de sí mismo. Paradójicamente sigue exaltando la obediencia y la fidelidad, pero ahora ni siquiera a su propia condición humana, a su diferencia específica como ser racional, simbólico o axiológico, sino a una de sus cualidades que lo reduce a lo animal y lo hace insignificante como humano, el afán por la irrestricción conductiva desvinculada de cualquiera de aquellas singularidades. La ausencia de Dios fue proseguida por la del hombre y ulteriormente realizada en una presencia del animal humano. Una humanidad no adámica, en la cual ya no solo el hombre silenció a Dios, sino al propio hombre. Es la nueva opresión, la trascendencia no solo de lo subjetivo, sino de un yo que no posee un sí mismo donde se refleja, y que no existe en su intimidad. Un silencio dotado de palabra que signa ciegamente una pasión por la arbitrariedad. Pasión que pretende hacer presente lo que no está dado, un género sin correlato biológico, y un hacer in-aparecer aquello que efectivamente está dado, un ser humano dentro de otro. Pretende, en definitiva, una autenticidad como forma esencial que no es la verdad.

Es el tiempo de la soberbia y la desesperada transmutación por la cual se ensaya encubrir lo que de todas formas permanece otro, negando lo real y procurando realizar lo irreal. Una crisis tanto de la transparencia del saber como de la firmeza y el heroísmo del valor. Una crisis de sentido. Así es como se hace presente lo ausente, no como vacío, sino como sombra que no revela sino más que un contorno, algo parecido, difuso e indiferenciado, infinitamente maleable acorde a lo que se antoje. Una reducción al olvido de todo lo que el hombre ha adquirido, de lo que es, de su ciencia, su técnica, su arte, su moral, su religión, todo abandonado a la errancia de lo no serio, de lo no verdadero, de la simulación, del rol y la sinuosidad.

Es de esta forma como se cumple hoy el "todo está permitido" de Dostoyevski y de Wittgenstein, habiendo perdido toda internalización de la ley y naufragando en una indiferenciación totalizante donde se clausura el ser y se lo reemplaza por la apariencia, donde lo que efectivamente acontece parece no suceder, donde todo es una puesta en escena, al punto de desencadenar una impune hostilidad criminal.

Y la política, pendiente y dirigida más por el interés, los medios y los índices de popularidad que por su implicancia en una concepción del destino humano y sus valores, termina siendo, usando una expresión de Levinas, una náusea, como presencia de un malestar revulsivo de nosotros mismos ante nosotros mismos. Una náusea, donde no hay ningún obstáculo externo a vencer ni a superar, sino que es una adherencia a nosotros mismos que despierta un esfuerzo desesperado por romper con ese estado insoportable. Esta actividad orientada al ejercicio del poder dentro de una sociedad, si deviene en que desde el Estado se promueva el concepto de "eliminar un problema" en lugar de "encontrar una solución", torna la amenaza en una efectiva existencia brutalizada. Una concreta y nueva demencia alienante en la cual, como señala Baruj Brody, en esta misma época en la que dudamos de la justicia de la pena capital incluso para criminales recurrentes de extrema peligrosidad y delitos aberrantes, creemos obrar con justicia matando a un ser humano en su etapa embrionaria, fetal, que no ha hecho ningún daño, para evitar un eventual problema futuro que pueda plantear. Cuántos problemas sociales, económicos, culturales, educativos y sanitarios podrían ciertamente eliminarse simplemente matando a quienes efectivamente los constituyen, transmiten o motivan. Pero esa es una solución que contradictoriamente causa repulsión a los mismos que promueven aquella práctica feticida. Luego, la apelación a que el ser humano concebido en una relación consensuada simplemente no sea deseado no justifica ningún aborto. Se podría comenzar desde allí para emprender un proceso de enmienda.

El autor es rabino y doctor en Filosofía. Miembro ordinario de la Pontificia Academia para la Vida, Vaticano.