Juan Manuel de Rosas y el bautismo del Estado argentino

Lo que no puede discutírsele a Juan Manuel de Rosas es que fue el formador del Estado argentino. Tanto que es durante su gobierno que comienza a hablarse de Confederación Argentina y luego República Argentina, tomando un renglón del antiguo y mediocre poema de Del Barco Centenera.

Estos procesos históricos, a nivel mundial, han sido inevitablemente violentos y crueles. Para crear Estado ("state-making") siempre y en todas partes fue necesario arrasar con la autonomía de entidades feudales, de ciudades, de órdenes religiosas o simplemente de otras organizaciones políticas de base territorial que perdieron guerras con los centros que acabaron por imponer su dominio integrador en unidades mayores. Los Estados Unidos de Norteamérica solo lograrán su constitución como Estado luego de la sangrienta guerra civil.

Por su parte, Otto von Bismarck, "el canciller de hierro", logró la unidad de Alemania y su parto como nación librando, en 1866, una sangrienta guerra contra Austria, haciendo que Viena cediera a Berlín el papel rector del mundo germano. En lo interior, condujo una política de mano dura sin espacio para la oposición, aunque, igual que Rosas, dictó medidas populares que le granjearon el apoyo de las clases bajas. Las similitudes entre Rosas y Bismarck son grandes, sin embargo este es un héroe nacional, mientras que aquel es execrado por nuestra historia oficial. Jamás se le perdonaría al denostado argentino una frase como la del ensalzado teutón: "No se deciden las grandes cuestiones por leyes ni discursos, sino por hierro y sangre".

Las élites europeizadas del puerto, en parte emigradas a la Banda Oriental, no toleraban que, a raíz del bloqueo de la armada francesa, Buenos Aires estuviera en guerra nada menos que contra "su" Francia, y que las calles porteñas ya no fueran testigo de sus paseos y de sus apasionadas discusiones, sino que ahora las transitaban los plebeyos, los bárbaros mal entrazados, de apellidos sin relieve ni historia, de barbas desprolijas y vestimentas no à la page. Ellos jamás los habían tenido en cuenta, ni siquiera cuando hablaban de ese "pueblo" retórico por cuyo progreso, estaban convencidos, daban sus mejores esfuerzos. Era la hora de la "chusma", de gauchos de la campaña y de orilleros de los suburbios que se habían adueñado de un Buenos Aires con esas insignias coloradas que iban expandiéndose en sus vestimentas y en sus sombreros, mientras vociferaban "mueras" en su contra y los calificaban de "salvajes".

Unitarios y cismáticos llevaron su oposición a Rosas hasta extremos inconcebibles: "Los que cometieron aquel delito de leso americanismo", confesará años después uno de ellos, con su habitual franqueza, Domingo Sarmiento: "Los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata fueron los jóvenes; en una palabra, ¡fuimos nosotros!". Está claro: de lo que se trataba era de salvar, en Argentina, "la civilización europea" y no la soberanía nacional.

Facundo Quiroga
Facundo Quiroga

Un tema tratado por nuestra historia oficial con ostensible parcialidad es el del asesinato de Facundo Quiroga en la emboscada de Barranco Yaco. Abierta o encubiertamente se lo atribuye al Restaurador. Los argumentos más fuertes son:

1) Rosas es el gran beneficiado por la muerte del "Tigre de los Llanos" no solo porque queda afuera un serio competidor por la jefatura del campo federal, sino también porque Facundo comenzaba a ser visto como el probable eje de una concertación nacional entre unitarios y cismáticos que desembocaría en la sanción de una Constitución, algo a lo que Rosas se oponía encarnizadamente.

2) Pocos instantes antes de morir, ya en el cadalso, el confeso asesino Santos Pérez gritará: "¡Rosas es el asesino de Quiroga!".

Los argumentos en contra se basan en que:

1) La familia del riojano nunca acusó a don Juan Manuel de su muerte, como puede leerse en una carta que le dirigiera la viuda: "La apreciable comunicación de vuestra excelencia que con fecha 13 de marzo último se ha dignado dirigirme, ha calmado en cuanto es compatible el profundo dolor que ha traspasado mi corazón por el suceso inesperado de haber sido asesinado mi esposo de un modo inaudito en una provincia amiga, y cabalmente en el momento mismo de prestar un servicio a la patria. Yo reconozco en vuestra excelencia el sincero afecto que manifiesta para lo que mi gratitud a vuestra excelencia será eterna". Por otra parte, el hijo del muerto, Juan Facundo, comandó las milicias gauchas que, en 1845, lucharon con heroísmo en la Vuelta de Obligado a las órdenes de Rosas.

2) La relación del gobernador de Santa Fe, Estanislao López, con el difunto era muy mala, entre otros motivos porque Rosas, sibilinamente, se había ocupado de sembrar sistemática cizaña entre ellos para impedir una eventual alianza que pudiese dejarlo en situación de debilidad. Las relaciones de López con los Reinafé, gobernadores de Córdoba e instigadores del crimen, eran íntimas. Francisco Reinafé lo había visitado un mes antes, habitado en su misma casa y empleado "muchos días en conferencias misteriosas", según José M. Paz. Lo cierto fue que en Santa Fe fue notorio el regocijo por lo de Barranca Yaco y poco faltó para que se celebrase públicamente.

Nuestra historia oficial, la que siempre se nos contó y enseñó, nunca logró digerir la cláusula tercera del testamento del general don José de San Martín: "El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de la América del Sur le será entregado al general de la República Argentina, don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla".

San Martín, como militar de alma que era, aborrecía el desorden y la indisciplina. Estaba seguro de que la anarquía en que se había sumido su patria terminaría por derrumbarla y hacer fracasar la lucha por su independencia, en la que él había invertido tantos esfuerzos y sacrificios. De los dos partidos, el unitario o el federal, las simpatías del Libertador se inclinaban hacia el último, lo que es claro en una carta a su amigo Tomás Guido: "El foco de las revoluciones, no solo en Buenos Aires sino en las provincias, ha salido de esa capital, en ella se encuentra la crema de la anarquía, de los hombres inquietos y viciosos, porque el lujo excesivo multiplicando las necesidades se procura satisfacer sin reparar en medios: ahí es donde un gran número no quieren vivir sino a costa del Estado y no trabajar". Su simpatía por el federalismo fue uno de los motivos principales de la enemistad de los doctores porteños, quienes lo condenaron al destierro y a la injuria.

Quienes se niegan a caracterizar al Restaurador como sanguinario aducen que las 20 muertes de 1840, más los poco menos de 40 de 1842, a los que no deberían sumarse las víctimas de las guerras civiles en las que el Restaurador no participó personalmente, las dos épocas del "terror rosista" suman considerablemente menos que los más de doscientos que Urquiza hizo ahorcar y fusilar en los primeros días después de Caseros. En esta batalla, cuyo triunfo contó con la colaboración del Ejército Imperial del Brasil, nuestra patria cayó en la segunda dependencia, esta vez de Inglaterra. Como consecuencia de ello, en ese campo de batalla también murió el proyecto industrialista de Argentina que alentaban los federales y nuestra república fue condenada a ser el granero del mundo, es decir, de Gran Bretaña.

Uno de los acontecimientos más resonantes de este período, cuyo elevado tono épico y romántico daría pie a folletines, libros, obras teatrales y películas de la más dispar calidad, fue sin duda el fusilamiento de Camila O'Gorman, joven perteneciente a la alta sociedad porteña, y de su enamorado seductor, el sacerdote Uladislao Gutiérrez. Años más tarde, ya exiliado en Southampton, Rosas explicará su conducta en carta a Federico Terrero: "Todas las primeras personas del clero me hablaron o escribieron sobre ese atrevido crimen y la urgente necesidad de un ejemplar castigo para prevenir otros escándalos semejantes o parecidos. Yo creía lo mismo. Y siendo mía la responsabilidad ordené la ejecución" (6 de marzo de 1877). Esta carta, quizás la última, fue escrita 11 días antes de su muerte, lo que muestra que la muerte de Camila O'Gorman lo perturbó hasta el fin de sus días.

Al terminar su gobierno, don Juan Manuel dejaba:

Un país con sentido de nación y de soberanía que hasta ha recibido su bautismo: República Argentina.

-Un territorio sin exacciones y que de allí en adelante solo sufrirá pérdidas menores, como la cesión de las Misiones Orientales por parte de Urquiza, luego de Caseros, como pago de la alianza con el Imperio del Brasil.

-Un proyecto económico que nos proyectará en el capitalismo y nos dará un lugar y una función en la organización del mercado mundial: la estancia y su producción agropecuaria. Y la semilla de industrialización que significaron los saladeros promocionados por el gobierno de la Confederación.

Una clase baja, la plebe, que ya ha experimentado su protagonismo social y que nunca se resignará a perderlo, lo que dará origen en el futuro a movimientos políticos y sindicales de envergadura. Eso llevará un siglo más tarde a la identificación de un sector del movimiento peronista con la figura y la herencia de Rosas.

MÁS SOBRE ESTE TEMA: Juan Manuel de Rosas, prócer nacional

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