"La política es el arte de lo posible". Una frase que Occidente repitió por cientos de años, y que se adjudica no sólo a pensadores clásicos como Aristóteles o Maquiavelo, sino también a connotados líderes históricos, como el Canciller alemán Otto von Bismarck o el primer ministro inglés Winston Churchill.

Sin embargo, hay interpretaciones contemporáneas que esgrimen que la frase original mutó producto de su traducción hispana a "la política es el arte de lo imposible", alterándose de esta forma su sentido primigenio.

Lo cierto es que en la Argentina contemporánea la dinámica política parece abonar la resignificación de dicho axioma. Y ello queda particularmente al desnudo al analizar las alianzas y estrategias de cara a un proceso electoral que ya parece estar a la vuelta de la esquina, y que evidencian no pocas contradicciones e inconsistencias.

La Cámpora ha reconocido, a través de los recientes dichos de uno de sus principales referentes (Andres 'Cuervo' Larroque), el sectarismo de su organización, un "doctrinismo sordo" que imposibilita debates, y que rehuye de la siempre necesaria autocrítica. Es decir, la confirmación de lo que en otras colummnas hemos definido como una estrategia de "conducir minorías en vez de construir mayorías". En definitiva, movimientos centrípetos que aislaron, sobre todo durante el último tramo de la presidencia de Cristina Kirchner, a su fuerza política no sólo de la posibilidad de articular con otros espacios políticos sino también de interpelar a sectores más amplios de la ciudadanía.

Por estas semanas las contradicciones afloraron en la escena política.

Por un lado, sectores de La Cámpora, representados en Mendoza por la senadora nacional Anabel Fernández Sagasti, materializaron un sorprendente acuerdo legislativo con el Gobernador de dicha Provincia y titular de la UCR a nivel nacional, Alfredo Cornejo, a fin de ampliar el máximo tribunal de justicia provincial. Naturalmente un acercamiento entre el radicalismo –integrante de Cambiemos- y el kirchnerismo, no sólo disgustó al oficialismo nacional sino a los sectores justicialistas no alineados con CFK.

Dejando de lado la situación que tuvo lugar en Mendoza y volviendo al Senado de la Nación, el kirchnerismo puso en jaque a la bancada peronista y su mayoría parlamentaria en dicha cámara. Sin dudas se trata de un hecho histórico, ya que por primera vez desde 1983 el peronismo no tiene la bancada con mayor cantidad de senadores del recinto. Hecho de trascendencia histórica, cabe aclararlo, que fue posibilitado por el acuerdo de CFK con la senadora por Río Negro, Silvina García Larraburu. Interpretación mediante, Cristina facilitó con dicho pase que Cambiemos consiga ser el bloque mayoritario (también) en el Senado.

En definitiva, estrategias que a priori tienen tan poco sentido como visión a largo plazo, pero que comparten un denominador común: conspirar contra cualquier posibilidad de una unidad justicialista que implique dejar atrás el liderazgo de CFK. Por un lado, el kirchnerismo si alinea con el radicalismo en una provincia erosionando todo acercamiento posible al peronismo; por el otro lado, retiene un senador de dicha bancada en el Senado, imposibilitándole al PJ ser mayoría en la cámara alta.

Debe decirse, asimismo, que otras facciones del justicialismo tampoco están exentas de estas contradicciones, que hasta el momento son manifiestamente funcionales al oficialismo. Valen como ejemplos los acercamientos de dirgentes del Frente Renovador al kirchnerismo (mientras otros sectores comulgan con otras expresiones del peronismo), o la complicidad de ciertos sectores del justicialismo con la intervención del PJ dictaminada por la jueza Servini de Cubría.

La estrategia de los tres tercios para ganar

En este escenario, parece reeditarse el escenario electoral de 2015. Cambiemos refuerza su preferencia de que sea la ex mandataria –o algún representante se su sector- quien se pare de frente a ellos, se suba al ring electoral, y siga siendo el adversario a vencer. Sin embargo, CFK tiene una posible excusa: luego de seis meses de ausencia en el debate público, ha quedado en evidencia la incapacidad de otros sectores de construir una propuesta electoral sólida.

El escenario ideal para Cambiemos es, sin dudas, el de los tres tercios. Descontando que Macri buscará la reelección (y teniendo en cuenta que Vidal y Rodríguez Larreta harían lo propio), el segundo candidato podría ser un peronista con evidentes vínculos con Cambiemos como Urtubey (situación que genera contradicciones en el Partido Justicialista), y CFK en tercer lugar.

Una vez más, al menos en materia electoral, el kirchnerismo parece ser el principal aliado del oficialismo. En este sentido, la posible candidatura de la actual senadora nacional, además de dividir al peronismo, incentivaría a quienes nunca votarían a Macri a inclinarse por un candidato peronista que sería una suerte de "llamador" para quienes si bien no votarían al actual presidente sienten un fuerte rechazo por la figura de CFK.

Entre ambos peronistas generarían un contrapeso estratégico para que el 50% de los votantes que se inclinaron por Daniel Scioli en la primera vuelta de 2015 (el 37% del padrón) se reparta y Macri, llegando al 40% con una diferencia de 10 puntos respecto al segundo, o alcanzando el 45%, tenga chances de consagrarse nuevamente presidente de la República.

La campaña ya está a la vuelta de la esquina, y pese a que 2018 es supuestamente un año no electoral, la realidad da muestras de que en Argentina la política es cada vez más "el arte de lo imposible". Y ello vale tanto para los que custodian el sillón de Rivadavia como para quienes intentan construir liderazgos con perspectivas de futuro.

 

*Sociólogo y consultor político. Autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017)