El ex presidente Lula da Silva ha sido condenado a 12 años de prisión acusado de haber cometido actos de corrupción. Ante el peligro de ir a la cárcel el ex mandatario presentó un recurso de habeas corpus que fue denegado por la Corte Superior de Justicia por 6 votos contra 5. El juez Sérgio Moro, quien fuera el que lo condenara en primer Instancia, inmediatamente solicitó su detención.

En ese marco, las posibilidades de presentar su candidatura presidencial se achican y en el Partido de los Trabajadores ya suenan los nombres de posibles candidatos (Haddad, Wagner).

Resulta evidente que en Brasil, como en varios países latinoamericanos, la corrupción viene ocupando un papel central en la escena, tiñendo todo el entramado político latinoamericano y volcando voluntades que condenan a aquellos dirigentes que se enriquecen desde los respectivos gobiernos. A su vez, existe también un movimiento en sentido contrario que presume que esas acusaciones son meras excusas para desalojar del poder a presidentes que gobernaron a favor de las clases populares.

En nuestro poderoso vecino la Justicia viene jugando un papel protagónico y el llamado Lava Jato ha cobrado varias e importantes figuras del ámbito político y empresarial. A ese marco de inestabilidad provocado por las significativas acusaciones y detenciones se ha sumado la condena del político más importante del Brasil, Inácio Lula da Silva.

Indudablemente el fallo judicial de la Corte y la decisión del juez Moro han precipitado los acontecimientos. Desde un punto de vista judicial se han respetado los mandatos de la Constitución y de la ley. No puede haber objeciones, salvo la rapidez en pedir su detención y el papel mediático protagónico que el juez de Curitiba viene desempeñando en todo el proceso.

Brasil ha ingresado en una crisis política importante y no creemos que se solucione con la detención de Lula, independientemente de su eventual culpabilidad. Por otra parte, el sistema institucional de Brasil puede perder legitimidad si al pueblo brasileño no le queda claro que su detención se produce por los delitos cometidos en su función y que no se trata de una excusa para impedir que se presente en las próximas elecciones.

Más allá de los hechos judiciales, ante la opinión pública brasileña Lula ha quedado en el centro de la agenda política del Brasil. Todo el mundo habla y hablará de Lula hasta que se sepa si será candidato y aun después.

Un hecho a tener en cuenta en la Argentina es que en los países desarrollados que se interesan por la política brasileña su figura siempre fue vista con simpatía (muy diferente a lo que irradiaban hacia los Kirchner); su popularidad y carisma trascendían a los dirigentes de los partidos social-demócratas y se proyectaba a todo el mundo político occidental.

El ex presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, lo consideró en su momento como "el mejor Jefe de Estado del mundo". En su ejercicio del poder visitó más de cien países y su figura trascendió Latinoamérica. La inserción de Brasil en el grupo de los BRICS y en el G20 le otorgó una legitimidad internacional a su palabra y a su política, ortodoxa en lo económico interno y heterodoxa y desafiante en la esfera internacional.

En su región Lula no tuvo adversarios, Chávez y Kirchner sabían que no debían ni podían competir con él, gobernaba el país más poderoso, que había llegado a ocupar el sexto lugar en la economía mundial por su PBI. Lula los dejaba vociferar contra el imperialismo y destrozar el ALCA, Brasil lo reemplazaría en las obras de infraestructura y en el comercio y las inversiones.

Los Estados de la Alianza del Pacífico, por su parte, no dudaron en buscar esas inversiones y no lo desafiaron ni enfrentaron en su crecimiento e importancia regional. La creación de Unasur, pensada y ejecutada por Itamaraty para regocijo de las empresas brasileñas, conformaba un plan de expansión a toda  Sudamérica.

Todo era viento a favor, quizás demasiado, impulsando a que empresas brasileñas con el guiño gubernamental se involucraran en regiones desplazando a empresas multinacionales, desafiando el estatus mundial en temas que, para la capacidad y el peso político de ese Brasil dentro del escenario global, le quedaban  grandes. Era un gigante sudamericano pero con un tamaño pequeño para jugar de visitante en las grandes ligas tan rápidamente.

Brasil era y es una potencia regional, no una potencia global. Lula pretendió dar ese salto, no lo logró y ahí residen algunas de las causas de su situación actual.

Lula se fue del poder con un 84% de opinión favorable (récord difícil de igualar). Tuvo suerte, los precios de los commodities que exportaba Brasil, mineral de hierro, soja, acero, etcétera, tuvieron su pico de crecimiento en su gobierno y, cuando se fue, cayeron dramáticamente por la crisis de Lehman Brothers (2008) y la explosión de la crisis inmobiliaria de los Estados Unidos, primero y del mundo global, posteriormente.

Más allá de ello es innegable que 38 millones de personas fueron incorporándose a la clase media. Todo un éxito.

El esplendor económico y social que Lula había conseguido se fue evaporando en el gobierno de Dilma Rousseff. Con ello comenzaron a llegar los procesos judiciales alimentados por los actos de corrupción ya no solo de políticos, sino de empresarios poderosos, como Odebrecht, dueño de la empresa constructora más poderosa de Brasil que fue acusada de ganar licitaciones con sobreprecios y arreglos con el gobierno. Aparecieron los "arrepentidos" y el departamento en Guarujá; le siguieron el juicio, su condena y la decisión de que vaya preso.

Desde la Argentina querer trasladar mecánicamente procesos diferentes, de personajes diferentes y de historias diferentes, es ignorar las relaciones exteriores; el hecho de que la Argentina se divida también por lo que pasa en Brasil, que es nuestro principal socio comercial, sería un gran error.

Hasta que la situación política brasileña no se resuelva, el Gobierno argentino y los diferentes referentes políticos y económicos argentinos se deberían manejar con mucha prudencia y no apresurarse en buscar alianzas prematuras o querer sacar ventajas partidarias aprovechando la crisis brasileña.

Es un tiempo difícil el que se avecina para la relación bilateral con nuestro principal aliado y, dada esa importancia, todo el arco político argentino debería ayudar más que nunca.