La ley de nocturnidad actualmente vigente en todo el territorio de la provincia de Buenos Aires establece un marco normativo sumamente interesante en materia de regulación de todos los establecimientos donde se desarrollan actividades bailables y de los comercios que expenden bebidas alcohólicas para consumo en el lugar. Entre algunas de sus consideraciones, establece franjas horarios de admisión y finalización de las actividades, admite la venta de bebidas en la barra hasta una hora antes del cierre y, por supuesto, prohíbe de forma absoluta el suministro o la venta de alcohol a menores de edad.

La provincia de Córdoba avanzaría en idéntico sentido si se aprueba la iniciativa del legislador Javier Bee Sellares: horario máximo de ingreso a boliches a la 1:30, cierre de actividades a las 5:00 de la mañana, desgravación impositiva para los locales que adopten la medida, y el objetivo de promover un cambio positivo en la conducta de los jóvenes. Otro aspecto del proyecto apunta a regular las denominadas "matinée" para adolescentes de 14 a 17 años: prohibición absoluta de expendio de tabaco y alcohol, controles para evitar excesos y un horario de finalización a la medianoche. Un punto a destacar es la necesaria modificación del Código de Convivencia, que permitiría sancionar las fiestas ilegales y multar a quienes las promuevan.

En su conjunto, el espíritu del proyecto de Bee Sellares promueve un marco normativo similar al que rige en la provincia de Buenos Aires. A mi juicio, la ley 14050 es una excelente herramienta a disposición de todos los municipios bonaerenses para abordar, de forma integral, el fenómeno del uso y abuso de alcohol entre adolescentes. Por un lado, el ánimo de fijar un horario máximo de ingreso a los boliches a las 2:00 tuvo como objeto establecer un ordenamiento de la nocturnidad a nivel provincial. Es decir, intentar acotar a una franja horaria determinada el período de mayor circulación de personas para facilitar las tareas de control y de seguridad ciudadana.

En relación con la prohibición del ingreso de menores de edad a estos lugares, y desde una perspectiva de promoción y protección integral de los derechos de los niños, no hay mucho para discutir. Si bien actualmente la norma encuentra sus propios grises según cada localidad, el sentido común debería ser el norte hacia el cual apuntar las intervenciones. Tutelar y proteger a la niñez significa pensar cómo los jóvenes pueden divertirse en ámbitos seguros, acordes a su nivel madurativo y estrictamente diseñados para su pleno desarrollo.

Si bien persisten opiniones divergentes en relación con este tema, entiendo que no existe progresismo alguno en ampliar los horarios de nocturnidad y admitir la concurrencia, en instalaciones bailables en donde se expende alcohol, de menores de 14 a 17 años en forma simultánea con mayores de 18. Pero mientras algunos aún persisten en su intención de promover la modificación de la ley provincial para que esto sí suceda, bajo el torcido supuesto de que con esto se evitarían las denominadas "previas", la última Encuesta sobre Uso de Drogas en Estudiantes de Enseñanzas Secundarias (Estudes) de España nos brinda valiosos datos para fundamentar por qué no es nada recomendable hacerlo.

Al estudiar las conductas de ocio de los jóvenes y cruzarlas estadísticamente con las prevalencias de consumos de drogas, la evidencia estadística indica que el uso de sustancias, sobre todo las legales, se incrementa al aumentar la frecuencia de salidas nocturnas y al demorar el horario de regreso al hogar. Así, tanto el horario como la frecuencia configuran factores de riesgo o de protección, según los extremos.

Según el Estudes, aquellos jóvenes de 14 a 18 años que no salen nunca manifiestan una prevalencia anual de consumo de drogas ilegales del 4,9 por ciento. En aquellos que sí lo hacen dos noches a la semana (podría inferirse que los fines de semana), la prevalencia trepa al 39,8 por  ciento. Y si la frecuencia de nocturnidad es de más de cuatro noches a la semana, la prevalencia de uso de sustancias ilícitas aumenta a 48,3 por ciento. Es decir, el consumo se incrementa al aumentar la frecuencia de salidas.

Para los casos de los jóvenes que dicen salir de noche, más interesante aún es analizar cómo influye el horario de regreso a casa. Si el retorno es antes de la medianoche, la prevalencia anual de consumo de drogas legales (alcohol, tabaco) es del 59,7% y la de drogas ilegales es del 10,3 por ciento. Si el retorno se da entre la 1 y las 2 de la madrugada, la prevalencia de uso de drogas legales sube a 85% y las ilegales, al 24,9 por ciento. Para los casos de los jóvenes de entre 14 y 18 años que regresan después de las 4, el consumo de drogas se incrementa a 96,7% y 49,9% respectivamente. Es decir, el consumo se incrementa a medida que se retrasa el horario de regreso a casa.

Las políticas públicas no pueden ni deben basarse en enfoques ideológicos subjetivos. Porque si bien es indiscutible, aunque no debería serlo, que los menores no necesitan ir a un boliche para conseguir cerveza, fernet o la bebida que fuera (caemos una vez más en el desdibujamiento de los factores parentales), no es adecuado plantear este debate en torno a equipar los nuevos derechos de la adolescencia, como el de votar o el de conducir, con la ampliación del horario de nocturnidad y la potencialidad de la ingesta de alcohol. Mucho menos agrandar los márgenes de tolerancia social a conductas que no deberían ser toleradas, porque implica naturalizarlas.

La evidencia estadística reflejada en el informe realizado por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad de España nos indica que ejercer correctamente la regulación en los horarios de nocturnidad repercutiría positivamente en las prevalencias de uso de sustancias entre adolescentes.

Y existe evidencia empírica que, salvando las distancias culturales entre Argentina e Islandia, también brindan valiosas lecciones en este sentido. Desde que se puso en marcha el programa "Youth in Iceland" (1998), el consumo de sustancias entre jóvenes del país nórdico descendió de forma significativa. Por ejemplo, el porcentaje de niños de entre 15 y 16 años que manifestaron haberse emborrachado el mes anterior se desplomó del 42% en 1998 al 5% en 2016. El consumo de alcohol entre 1998 y 2016 bajó un 37 por ciento. La prevalencia de uso de cannabis alguna vez en la vida pasó del 17% al 7%, y el consumo diario de cigarrillos cayó del 23% a solo el 3 por ciento. Al mix de políticas públicas que apuntan desde el fomento de actividades extraescolares a un mayor involucramiento de los padres, se le suma una medida legislativa (no exenta de polémicas): la prohibición de que los adolescentes de entre 13 y 16 años deambulen en la vía pública después de las 22 horas.