Malvinas, un aniversario diferente

A 36 años de aquel 2 de abril de 1982, autoimponerse la obligación de escribir una columna para que usted, querido amigo lector, comparta conmigo algún recuerdo relacionado con la gesta malvinera y aportarle algo novedoso, se torna extremadamente difícil, pues todo parecía estar ya contado.

Más de una vez intercalé relatos generales con vivencias personales. Más de una vez jugué con el particular hecho de que nací un 2 de abril. Otras veces le conté sobre el destacado papel de la Marina Mercante y la Prefectura Naval Argentina, instituciones que aportaron hombres, mujeres y medios que a todas luces no eran aptos para el combate, supliendo carencia técnica y de formación con valor, entrega y patriotismo.

Otras veces le conté sobre ese puñado de mujeres nunca del todo reconocidas que fueron verdaderas leonas salvando vidas, estableciendo comunicaciones o aportando su arte y su profesión al servicio de la causa. Mucho costó que un día por fin el Estado argentino les rinda un homenaje que seguramente tuvo gusto a poco.

Del valor de los pilotos de nuestras Fuerza Aérea y Aviación Naval, del sacrificio de oficiales, suboficiales y soldados en la trinchera, de la entrega del capitán Pedro Giachino al cumplir a rajatabla la orden de tomar el control de la gobernación de las islas sin causar bajas, ofrendando la suya en el cumplimiento del deber, de todo ello ya hablamos.

Pero sin lugar a dudas, el 36° aniversario de la efímera recuperación territorial de nuestras islas tiene un sabor distinto. Perdone si no encuentro la palabra justa para definirlo, seguramente no es alegría, tal vez tenga que ver con cierto grado de paz espiritual que a las 90 familias de veteranos de guerra sepultados en el cementerio de Darwin les pueda otorgar el saber por fin exactamente dónde están sepultados cada uno de esos 90 héroes de la patria.

Debo confesar, reconocer y arrepentirme por el hecho de haber sido uno de los veteranos de guerra que más fuertemente alzó su voz contra la iniciativa abrazada por tres hombres y una mujer, hoy directora editorial de Infobae, que proponía la apertura de los sepulcros de nuestros soldados, la extracción de muestras para cotejarlas con el ADN de sus familiares y así establecer su identidad.

¿Los motivos? No eran desaparecidos, sabíamos perfectamente dónde habían muerto, en qué circunstancias y en qué fechas habían fallecido. Sabíamos que estaban en Darwin y, si bien no se conocía con exactitud la tumba en que cada uno descansaba, el campo santo los albergaba a todos.

¿Los miedos? Los ingleses utilizarían esta operación para instar a las familias a llevarse los restos al continente y terminar de esta manera con el último rastro argentino en el archipiélago. Y lo que tal vez era peor, ¿quién podría creer que un coronel inglés se fuera a tomar el trabajo de inhumar con dignidad los cuerpos del enemigo vencido en el campo de combate? "Seguramente solo encontrarán un montón de restos mezclados imposibles de identificar".

No solo veteranos regresados sanos y salvos al continente lo pensamos, entre muchas familias el mismo temor y los mismos prejuicios quitaron el sueño a padres, hermanos e hijos. "Déjenlos descansar en paz" era el pensamiento que muchos esgrimimos a ultranza.

Pero ellos siguieron adelante, golpearon puertas que a veces se abrieron y otras veces no tanto. Y llegó el día en que se iniciaron las tareas en Darwin, y nos estremecimos, rezamos y nos horrorizamos. Hubo ruido, mucho ruido. Y ellos siguieron adelante.

Llegó otro día en el que la tarea estuvo terminada. El coronel inglés había realizado un trabajo meticuloso, prolijo y les había dispensado a nuestros muertos el trato digno y respetuoso que me animo a decir que no tuvieron la mayoría de los ex combatientes muertos en el continente en estos años.

Finalmente, el lunes 26 de marzo 90 familias viajaron a Malvinas, a nuestras Islas Malvinas. Fueron a llorar a sus muertos, fueron al mismo tiempo a "celebrar" el reencuentro. Solo así se puede explicar que en pocos minutos el desgarrador llanto por la pérdida se alternara con la sonrisa franca por algo tan simple y tan elemental como gozar del derecho de saber dónde descansa el padre, el esposo, el hermano, el hijo.

Nos habíamos equivocado. Los motivos para oponernos eran infundados y los miedos, más infundados aún. ¿Cómo ver esas imágenes de decenas de personas abrazadas a una cruz y no reconocerlo?

Como siempre, trato en cada columna de dejar, si no una enseñanza —quién soy para enseñar algo—, una reflexión para que la comparta o rebata. En este caso en que la abrumadora realidad demuestra que, al igual que otros, prejuzgué, supuse y concluí que estaba irremediablemente mal algo que estuvo espectacularmente bien, me permito reflexionar sobre lo conveniente que sería como ejercicio social general replantearnos cada tanto algunas de nuestras "firmes convicciones" y darnos la oportunidad de concedernos, de vez en cuando, la sana práctica de admitir un error, reconocer una equivocación y, por qué no, llegado el caso, pedir perdón.

Con 36 años, 90 familias y 4 personas, es un aniversario diferente que nos encuentra un poco más viejos pero, al menos en mi caso, mucho más sabios.

Gloria y honor a nuestros caídos, y una gratitud infinita a quienes tanto hicieron por ellos.