Corre la mitad del año 1995. El progresismo globalizador que encarna Bill Clinton lidera el principal país del planeta después de una presidencia republicana desbaratada por un conjunto de errores no forzados en la gestión del ciclo económico. En las elecciones de medio término de esa recién estrenada era demócrata, sin embargo, los republicanos dan un batacazo y después de 40 años de mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, anuncian la llegada de una "revolución republicana". El control de ese cuerpo queda a cargo de un "halcón" del GOP, Newt Gingrich.

Como consecuencia de la dureza de la nueva mayoría con el Presidente demócrata, las actividades de la sede consular en Buenos Aires cierran "por falta de fondos dispuestos por el Congreso de los Estados Unidos de América". En esa misma ciudad, diserta un profesor con cuyos libros estudiamos los clásicos desde Platón a Lenin, pasando por Maquiavelo: Sheldon Wolin. Respetuoso, elude definiciones tajantes sobre el país y elige el más confortable terreno de las cuestiones académicas.

En Argentina, Carlos Menem ha ofrecido a la nación "cirugía mayor sin anestesia". Va logrando disciplinar al peronismo detrás de su epopeya de privatización y mercados libres; entre ellos a una joven pareja que gobierna Santa Cruz mientras prospera económicamente, como es norma en este país, con la obra pública. "Si Perón estuviera entre nosotros", torea un Menem camino a su segundo mandato, en un congreso partidario, "apoyaría mi política de privatizaciones; las privatizaciones son peronistas". Debe ser cierto. Al menos, sus compañeros del Partido Justicialista no lo desautorizan de manera flagrante.

Los que nos hicimos peronistas por nuestro entusiasmo con la justicia algo desprovisto de un apego equivalente a las instituciones empezamos a sentir que el movimiento nos suelta la mano: ahora que hemos aprendido la importancia de las reglas, descubrimos que se puede ser peronista sin que te interesen ni las reglas ni la reparación social. En varios sentidos, Menem nos devuelve al mundo real, no a la fantasía en la que vivíamos. Merci beaucoup.

Vuelvo a la conferencia del profesor Wolin, que va haciendo surf sobre olas tranquilas: la filosofía política, la tradición liberal, el progresismo, etcétera. De pronto, una voz conocida en un inglés perfecto lo interrumpe: "Profesor Wolin, si el cambio es hoy la bandera de la derecha, ¿qué queda para el progresismo como no sea una defensa conversacional de la comunidad y cierta idea de que podemos vivir todos juntos aunque tengamos diferentes ideas del interés público?". La pregunta es, sencillamente, genial. Sin nombrarla, pregunta sobre Argentina, naturalmente, pero está amablemente formulada: "Píntame el mundo y pintarás tu aldea", invirtiendo un poco la sentencia de Tolstoi.

El profesor Wolin dice que sí, que tal vez hoy ser progresista y liberal sea más complejo que en el pasado y que sea obligado conservar algunas tradiciones que los nuevos conservadores parecen querer llevarse por delante. Mientras tanto, Gingrich y los suyos parece alentar algo así como un "vamos por todo" conservador. Por suerte para los ciudadanos norteamericanos no funciona y Bill Clinton reelige como presidente, en 1996, con algo más del 49% de los votos populares.

Desde entonces han pasado 22 años. En el medio, nuestros conservadores de "ramal que para, ramal que cierra" se volvieron populistas una vez más, porque "ahora, el peronismo vuelve a enamorar". Durante largos 12 años, con ponchos reversibles con motivos populistas y latinoamericanos, le echan la culpa del drama argentino a lo que hicieron 20 años atrás aquellos otros peronistas, muchas veces ellos mismos, con ponchos con motivos privatizadores y partidarios de la globalización.

Así, sin medias tintas, ida y vuelta del populismo a los mercados libres (1989-1999) y, luego, de regreso al populismo sin matices (2001-2015). Resultado: un país con una economía que no logra encontrar un sendero realista de crecimiento a largo plazo, un aumento del empleo que esporádicamente florece en el sector público (y no siempre sobre una base igualitaria en términos de acceso a las posiciones cada vez más marcadas por el patronazgo y la politización de los cargos) o en un sector informal que paga salarios "latinoamericanos". Baja formación de capital; luego, baja productividad del trabajo. Una presión fiscal desbordada descargada sobre las espaldas del cada vez menos competitivo sector formal de la economía. Chile nos pasa.

Paradojalmente, ser progresista en ese tiempo fue defender ese extraño emplasto de ideas que sostiene un estado de cosas injusto, arbitrario y desprovisto de horizontes: una economía que no arranca, un sistema educativo que no educa y no vela por la calidad de los aprendizajes, un sistema legal dominado por mafias enquistadas en el Poder Judicial, una falta de empatía en nuestras relaciones interpersonales que alarma por la baja calidad de nuestro capital social, un retroceso cultural que nos vuelve irreconocibles.

Al mismo tiempo, sin embargo, quienes descreen de ese recetario de fracasos presentado como éxito, quienes defienden un papel más vigoroso de los agentes privados, parecen ignorar que la economía de un país no es un papel en blanco donde uno puede escribir una fantasía sobre mercados libres que luego será aplicada unilateralmente a la realidad, casi en una admisión de que la variante doméstica del liberalismo jamás podría aspirar a ser popular.

A fin de cuentas, ser progresistas o ser liberales no quiere decir casi nada en la Argentina luego de muchos años de vaciamiento del sentido de las palabras y los conceptos: no ha habido casi ninguno que el populismo no haya usado, solo como coartada para conservar o incrementar su influencia, desentendiéndose de sus implicancias verdaderas. El resultado: un país incomprensible, sin un orden aceptado por todos, sin respeto por las leyes y las diversas fuentes de autoridad legítima propias de una república y sin un debido registro de las cosas que deben ser conservadas para que la nación vuelva a tener sentido para los argentinos, menos interesados en las disputas de la élite política que en el futuro del país.

Vuelvo al tema principal: la izquierda no entiende que para poder edificar la prosperidad y la justicia necesitamos orden y reglas. La derecha no entiende, a su vez, que para edificar el orden y las reglas, más que restaurarlas a cualquier precio como parecieran alentar, necesitamos grandes dosis de prosperidad y justicia para volverlas viables y deseables.

Después de tantos años, finalmente, Argentina sigue pareciéndose a aquel pariente progresista y pujante que fue ella misma hasta la década del sesenta; sujeta como entonces por enormes volúmenes de imprevisibilidad política y la conducta errática de su economía, ahora está además aquejada por una extendida pobreza. Muchos argentinos se sienten llenos de dudas y perplejidad sobre las chances que les depara el futuro: "Este país no tiene destino", se repite en las conversaciones. En este siglo XXI, a la vez distinto y parecido a nuestro siglo XX, el país hace justicia a un clásico de la ciencia política contemporánea. Cito, para concluir, ese texto. Dejo las interpretaciones a juicio del lector, por supuesto.

"En una sociedad así, la revolución y el orden bien pueden convertirse en aliados. Las camarillas, los bloques y los movimientos de masas luchan directamente entre sí, cada uno con sus propias armas. La violencia es democratizada, la política desmoralizada, la sociedad enfrentada consigo misma. El producto final es una reversión singular en los roles políticos. La sociedad indefensa no está amenazada por la revolución, sino que es incapaz de ella. En la política normal, el conservador está dedicado a la estabilidad y la conservación del orden, mientras que el radical lo amenaza con un cambio abrupto y violento. ¿Pero qué significado tienen los conceptos de conservadurismo y radicalismo en una sociedad completamente caótica donde el orden debe ser creado a través de un acto de voluntad política? En una sociedad así, ¿quién es entonces el radical? ¿Quién es el conservador? ¿No es el único conservador verdadero el revolucionario?" (Samuel Huntington, El orden político en las sociedades en cambio).

El autor es consultor político y docente de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.