"¿Qué le pasa al Papa?", se pregunta el periodista Alfredo Leuco, para disociarlo luego en dos estereotipos. Uno es Bergoglio, "que en su juventud soñaba con ser Perón, formateado en la forja ortodoxa y rígidamente justicialista de Guardia de Hierro". El otro es Francisco, el Sumo Pontífice, "educado en la excelencia y el sacrificio de los jesuitas que soñaba con llegar a Papa para honrar mejor al Dios de los pobres".

Alfredo Leuco, la separación que usted hace de Francisco en dos personas creo que es una descripción pintoresca, que puede ser válida para un análisis periodístico o una opinión personal, pero nada tiene que ver con la realidad. Se lo digo con el respeto que le tengo, más allá de las diferencias políticas o ideológicas, pero siempre en el marco de la discusión seria y adulta que nos caracteriza, como ya hemos expresado cuando charlamos fraternalmente en alguno de sus programas.

Jorge Bergoglio, el papa Francisco, es único e irrepetible, y esa disociación que describe en su nota creo que genera prejuicios que en nada ayudan a quien pretenda comprender el sentido de su tarea pastoral.

Francisco es su viaje a Lampedusa, Italia, después de la muerte de cientos de inmigrantes. El mensaje en favor de los que huyen de sus países en busca de un futuro mejor se convirtió en un paradigma en su pontificado, al declararse en contra de los muros y a favor de los puentes. Denunciando "la globalización de la indiferencia".

Francisco también es el Bergoglio presente en cada conflicto en los barrios más desprotegidos de la Argentina. Siempre al lado de los humildes y buscando soluciones. Bergoglio y Francisco son lo mismo: luchan incansablemente a favor de los desprotegidos de la patria y del mundo.

Bergoglio es aquel que trabajaba en las barriadas populares junto a organizaciones sociales, sin importar su procedencia política, sino su compromiso con los más humildes.

Francisco es Bergoglio. Siempre tendiendo puentes, sin importar ideologías, sino pensando en el bien de los pueblos. Como es el caso de su intervención personal en el histórico acercamiento entre las autoridades cubanas y de Estados Unidos.

Alfredo, la crítica negativa que usted hace al Papa respecto de su acercamiento ideológico al peronismo es, como mínimo, sesgada. Usted bien sabe los lazos profundos que existen entre la doctrina social de la Iglesia y los movimientos políticos en el mundo. Con las democracias europeas, con los movimientos populares en Latinoamérica, en definitiva, con las expresiones de liberación en todo el mundo.

También usted enumera en una parte de su nota a varias personas que tilda de "delincuentes". Es como mínimo imprudente afirmar que alguien es un delincuente cuando la Justicia no se ha expedido al respecto. Las diferencias políticas que pueda tener deben argumentarse con seriedad y respeto, pero básicamente con la verdad. Que un periodista de su trayectoria trate a alguien de delincuente cuando la Justicia no lo hizo es, como mínimo, parcial y subjetivo.

Pero lo más importante es que esto no debe hacernos perder la perspectiva de la obra que está realizando. No hay que calificar al Papa basándose en a quiénes recibe. Recibe a muchísimas personas. La tarea del Papa es abrazar a todos. A los que nos parecen santos y a los que nos parecen pecadores. La tarea de un líder espiritual es ponerse por encima de las resoluciones del mundo terrenal. En todo caso, califiquemos al Papa por la obra que lleva adelante en todo el mundo.

Que el árbol no nos tape el bosque y veamos que Francisco alza su voz denunciando la explotación, la pobreza, la corrupción, la injusticia de este sistema.

Debe enorgullecernos aquel Bergoglio que daba misas en Constitución con los travestis, con los chicos víctimas del paco y la violencia institucional, con los más postergados de nuestra sociedad. Recordemos que eso lo hacía en absoluta soledad, porque los medios de comunicación no cubrían estas cosas, pero sí daban cobertura y maximizaban cuando parecía que había alguna diferencia o no con los Kirchner. En ese entonces, Bergoglio, al igual que hoy Francisco, recibía a todos.

Deben pasar a un segundo plano las diferencias y las enemistades personales, y así se adquiere plena conciencia de que Francisco es uno, indisociable e irrepetible y que desde hace cinco años nos llena de orgullo desde su clara predilección por la fuerza salvadora de la debilidad de los pobres.

Podemos tener diferencias de apreciación o de lectura de la realidad respecto a Francisco, pero hoy sin dudas es una bandera que nos obliga, que nos recuerda, que nos convoca a no bajar los brazos en construir una sociedad sin excluidos.

Su figura en el Vaticano hablando con grandes filósofos, dirigentes político-sociales, activistas de todo el mundo nos obliga a ser mejores personas y no olvidarnos de que nuestra tarea en el mundo es construir el bien común.

Por supuesto que Francisco no es infalible, tiene errores, se equivoca como cualquier persona de bien y claro que se lo puede criticar. Pero esa crítica debe hacerse desde lo que realmente es y no desde una interpretación tan subjetiva que se hace de él.

Las acciones del papa Francisco nos hacen trabajar todos los días más convencidos para lograr una sociedad más justa, en donde la familia, el trabajo, la honestidad y la igualdad de oportunidades logren un mundo más justo.

El autor es dirigente del Movimiento Evita.