Días atrás, en esta misma columna hablábamos de las ciclotimias del círculo rojo y de la propia sociedad argentina con respecto a temas políticos y económicos. En esta oportunidad haremos referencia a algo más amplio y estratégico, tal como es la recurrente tendencia de pensadores y opinólogos, desde fines de la década de los 60, a anunciar cíclicamente el comienzo del fin de la primacía de los Estados Unidos en el sistema internacional. En ese primer momento, los ascendentes traumas de la guerra de Vietnam, el Mayo francés, la radicalización hacia la izquierda de sectores jóvenes de las capas medias en Europa, América Latina y aun en territorio estadounidense, la paridad en cantidad y calidad de armamento nuclear de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la crisis petrolera de 1973 que llevó a acentuar problemas económicos en los Estados Unidos y sus aliados occidentales, etcétera, daban el marco para esa profecía.

El mismo Che Guevara convocaba a llevar a cabo en el mundo una, diez, cien guerras como Vietnam. El guerrillero argentino radicado en Cuba sería abatido por fuerzas bolivianas siete años antes de que terminara ese conflicto en Asia. Hoy, a 50 años de su muerte, uno de los 11 portaaviones nucleares que posee el Pentágono está de visita en Vietnam. Uno de los nuevos mejores aliados de Washington en la contención al ascenso de China. Los intereses nacionales y el siempre inmanente nacionalismo suelen ganarle la pulseada de largo plazo a las ideologías que buscan por izquierda o por derecha homogeneizarnos a todos bajo un mismo esquema de ideas. Error recurrente de los materialistas, sean marxistas o neoliberales. Algo que sin duda han entendido más que bien Donald Trump y, antes que él, Vladimir Putin, Xi Jinping, Recep Erdogan, etcétera.

Volviendo a los agoreros de la decadencia de los Estados Unidos entre fines de los 60 y los años 70, de manera sorpresiva para muchos la llegada al poder de Reagan, en 1981, con su discurso duro hacia la URSS, el incremento masivo del gasto militar, el respaldo económico y militar a cuanta milicia o guerrilla, desde los maoístas en Angola hasta los musulmanes fundamentalistas en Afganistán, que luchase contra gobiernos aliados de Moscú y una retórica centrada en el orgullo patriótico y el nacionalismo, marcarían el principio del fin del mundo soviético. Entramado en una economía esclerosada y con fuertes niveles de corrupción, ya incapacitada de sostener el gasto bélico para mantener la competencia con Washington.

Mientras tanto, en esas mismas décadas, en varias casas particulares y en garages del territorio norteamericano iban naciendo las empresas tecnológicas que dieron origen a la era digital o tercera revolución industrial. El Pentágono haría su aporte abriendo a los consumidores del mundo parte de la intranet que desarrolló en los años 70 para sus comunicaciones. Así nacía internet. El último tramo de los dos mandatos de Reagan, básicamente a partir de la crisis de Wall Street, en septiembre de 1987, daría los últimos impulsos al regreso de visiones sobre la erosión del poder norteamericano. El famoso libro de Paul Kennedy, Auge y caída de las grandes potencias, de 1987, fue su reflejo más claro.

Dos años después vendría el colapso del muro de Berlín, en diciembre de 1991, la desintegración de la URSS y, para 1992 y 1993, internet comenzaba a difundirse por todo el planeta, así como las nuevas tecnologías con base en Estados Unidos que hoy billones de personas usan para comunicarse y hasta mostrarse qué comida disfrutan y dónde están veraneando. En términos del gran politólogo italiano G. Sartori, el Homo sapiens comenzaba a ser desplazado por el Homo videns. A partir de los años 80, las disquisiciones sobre la erosión de la hegemonía norteamericana serían desplazadas por El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, y el triunfo de la democracia y el mercado.

Habría que esperar a mediados o fines de la primera década del siglo XXI para volver a escuchar voces que alertan sobre el declive norteamericano. Básicamente, producto del ascenso económico y militar de China y, en menor medida, de Rusia. En este sentido, los recientes cambios ordenados por la Casa Blanca en el Departamento de Estado son un claro ejemplo de la decisión de Trump de poner las cuestiones económicas, comerciales, financieras y ambientales como factores de una decisión estratégica y de alta política. La cual no es otra que condicionar en todo lo posible y dificultar el usufructo sin costos que China hace del orden económico internacional montado por los Estados Unidos desde 1945, y luego ampliado y potenciado con la caída de la URSS y el momento unipolar del poder norteamericano pos 1989.

En las últimas dos semanas, los dos últimos funcionarios relevantes y calificados, pícara e irónicamente, por Trump como "globalistas", fueron removidos de sus cargos. Ello se da al mismo tiempo que se anunciaron duras medidas para contener el amplio peso del hierro y el aluminio chinos. La razón de fondo, más allá de buscar potenciar el voto en estados industriales el próximo noviembre, en las elecciones de medio término, está ligada a la seguridad nacional. Se asume que Estados Unidos y China son y serán más y más rivales, por ende, no se puede depender de la potencia asiática en estos productos estratégicos. No casualmente México y Canadá han quedado a salvo de estas medidas.

En tanto, en China se concretó lo que se viene hablando desde hace ya casi dos años. El fin de la prohibición de más de dos mandatos para el Presidente. Una prudente decisión tomada en 1982 por Deng, padre de la modernización económica china pos Mao. De esta forma, Xi Jinping gobernará hasta que su salud y su habilidad para controlar golpes palaciegos se lo permitan. Un regreso al liderazgo y el culto a la personalidad que tuvo China durante los casi treinta años de Mao. En estos tiempos que vivimos de fuertes críticas, cuestionamientos y dudas sobre las virtudes de la democracia y los órdenes republicanos, y donde abundan los elogios más o menos explícitos a los gobiernos fuertes, ejecutivos y con límites a las libertades como atajo para tener más desarrollo económico y estabilidad, cabría recordar una de las enseñanzas de la Guerra Fría y el ascenso y la caída de la URSS.

Diversos y agudos observadores de ese fenómeno que tomó por sorpresa a la gran mayoría del círculo rojo o hiperinformado de todo el mundo señalaban que un problema clave del régimen soviético era la ausencia de un mecanismo sucesorio claro y ordenado, tal como el que tuvo y tienen los Estados Unidos y la mayor parte de las potencias occidentales. Cada sucesión de un líder soviético, usualmente por muerte o enfermedad, generaba triunvirato, purgas, asesinatos, exilios, etcétera. Quizás los analistas y los planificadores de la inteligencia americana y de sus aliados, que miran más allá del corto y mediano plazo, no vean con malos ojos estos cambios en el orden político y sucesorio de China.

Finalmente, si no lo han leído aún, seguramente a Trump y Pompeo les gustará mucho el nuevo libro del prestigioso profesor de Harvard, Graham Allison, uno de los mayores expertos mundiales en política internacional. Se titula La trampa de Tucídides. Allí, el autor realista recorre la historia para detectar 16 momentos o casos en donde la principal potencia de cada etapa de la historia, tanto sea a escala regional como global, tuvo que enfrentar el desafío político, económico y militar de un competidor en pleno ascenso. En 12 oportunidades esto derivó en grandes guerras por la hegemonía. El autor afirma que su estudio busca mejorar el conocimiento del pasado y conocer y analizar la toma de decisiones de los líderes de cada uno de esos momentos, con el objetivo de que la disputa del poder actual y futuro entre Estados Unidos y China no sea el caso número 13, sino el 5.