Hoy recorrimos el campo de exterminio de Majdanek. Seguramente, la experiencia más estremecedora que me haya tocado vivir en la vida.

Este es el campo de concentración que los nazis no llegaron a destruir porque fue el primero liberado por los rusos, en julio de 1944. Por eso conserva intacto el alambrado, las "duchas", la cámara de gas, el crematorio y una montaña de cenizas de los muertos tan inabarcable que ciega el alma.

De todos los sentidos que tenemos los humanos, posiblemente el más primitivo sea el olfato. En Majdanek, la Shoá se huele.

Es en la barrica 52 donde aún hay miles de pares de zapatos. No son réplicas. Son reales. Llevan ahí más de 75 años.

Huelen.

Duelen.

Hoy, aquí, a los 14 días del mes de marzo de 2018, prometo ante esta crueldad de la humanidad que compruebo con mis ojos y con mi alma usar mi pluma como espada. La palabra, el recuerdo y la memoria nos ayudarán a que esto no pase NUNCA MÁS.

NUNCA MÁS.

NUNCA MÁS.