¿El Papa de todos? Los únicos que no lo sienten así son los argentinos, que tienen la expectativa permanente de que monte un relato afinado del acontecer nacional en claves afirmativas o negativas en torno al momento político de turno. Es curioso cómo no terminan de entender que su papel no le permite estar en esa dimensión; sin embargo, una y otra vez le tironean de la sotana para que pendule hacia un lado u otro del binario escenario político argentino.

Digamos la verdad: es un Papa revolucionario en serio. Pelea contra las corporaciones internas del Vaticano, no enloquece a los que tienen identidades de género diversas, ambienta investigaciones sobre curas que violentaron los mandatos morales básicos y habla claro en materia de defensa de los más marginados por la sociedad. ¿Se calla algo Francisco?

El papa Francisco es de esos individuos que están convencidos de su misión. Eso implica que no está ganando tiempo, sino que toma riesgos permanentemente. Para una religión como la católica, y para el cristianismo en general, es algo valioso en momentos en que otras religiones con un sincretismo distinto avanzan en el crecimiento de sus fieles.

Otro elemento que no cabe dejar de lado cuando hablamos del Papa es que recalendarizó dos asuntos: los morales y la corrupción. ¿Cuánto hace que un Papa no nos hablaba a los que no somos católicos y nos convocaba a pensar en lo bueno y lo malo de la sociedad? ¿Nos obliga o no a todos a pensarnos un poco más? ¿Cuál fue el último Papa que se metió con los fenómenos de corrupción en el mundo?

Seamos francos, Francisco podrá en el pasado haber tenido cierta cadencia filosófica y política en su país, pero en la investidura en la que está hoy, de carácter planetario, solo parece brindarle a la humanidad un relato inteligente y flexible que permite augurar un diálogo interreligioso útil para todos. ¿O no necesitamos un líder espiritual que hable de lo real y no de lo que muchos de nosotros asimilaríamos como problemas que no nos involucran? Francisco habla de lo cotidiano. Eso es estar con los pies sobre la tierra.

Claro, los más simples, los más desconfiados, los más miserables advierten en él mensajes demagógicos. Es que el pensamiento prístino tiene siempre algo frontal y sencillo de entender. Eso no es demagogia, es sinceridad, decir las cosas como son y apelar al sentido común como arma de construcción de consensos. Aplaudo ese talante.

Todos sabemos que dentro del Vaticano se mueven intereses delicados, contrapuestos y que navegar allí no es una tarea sencilla. Sin embargo, Francisco lo hace con humildad, con sentido de entrega absoluta y con una convicción militante que desborda entusiasmo. ¿Estamos todos de acuerdo con todo lo que dice? Seguramente no, algunos matices, algunas apreciaciones son controversiales y pecan de alguna cuota de dogmatismo. Pero está claro que es de los Papas que al mundo no cristiano nos seduce más, nos invita a estar en su mesa y nos alimenta un espacio de intercambios como nadie lo había hecho hasta el presente. Sus palabras son siempre para todos. Eso no es poca cosa.

Y algo no menor de Francisco: es valiente, pero valiente en serio. Si tiene que tirarles de las orejas al presidente de los Estados Unidos o al dictador chino, no tiene empacho en denunciar lo que sea y como sea. Claro, encuentra las palabras justas para semejantes osadías, pero ya hemos visto que no se guarda nada. En Europa saben que no se reserva ningún pensamiento. Por eso, sus mensajes hoy son atendidos por una generación joven que no estaba en el calendario. Los centennials lo escudriñan con interés (y ellos no le regalan su atención a casi nadie por fuera de su generación).

El día que Francisco subió a Twitter sus primeros mensajes supe que estaba ante un personaje que iría a cambiar el relato cristiano-católico del mundo. Pensé inmediatamente que esa era la señal de entender el mundo en el que estaba. Y no me equivoqué. Ha habido otros Papas, más sólidos en lo intelectual, más hábiles en el manejo de los cardenales, pero ninguno con un relato tan humanista, solidario, cálido y removedor como el de Francisco.

Cuando el reduccionismo lo ubica en el territorio de lo político partidario, con franqueza creo que es meterlo en el bosque y no advertir los árboles. Francisco no juega para la tribuna, juega para su sentir más profundo, para sus convicciones más justicieras. Y en ese desafío no se hace fácil no comprometerse con la realidad y de vez en cuando caerles bien o mal a algunos protagonistas del presente. Sobre todo a los que tienen el poder que puede cambiarle la vida a tanta gente.

No podríamos tener un mejor Papa en estos tiempos. La necedad hace que se lo mire en lo menor y no en lo general. Lo accesorio siempre es algo lateral, lo central es la misión y los objetivos que recorre el Papa. Me quedo con lo segundo.

El autor es abogado, escritor y analista político. Ex presidente de la Cámara de Diputados de Uruguay