En nuestra niñez, las imágenes del siglo XXI se agolpaban en nuestras mentes, pletóricas en imaginación: el futuro se nos representaba como un océano de tecnología y androides, viajes espaciales, la conquista de Marte y la posibilidad de desplazarnos rápidamente a las más lejanas latitudes. Ese mundo futurista derrotaba las enfermedades y extendía el horizonte vital humano. La ciencia ficción nos cautivaba con las imágenes en torno al número mágico del 2000, con esa fascinación que despiertan los números redondos y, sobre todo, milenarios.

No hay nada parecido en torno al siglo XXII, ni siquiera pareciera estar en los calendarios. No provoca ni inquieta. Como si no fuésemos a llegar, en tanto especie, a esa centuria, a pesar de no vivir con la pesadilla de una guerra nuclear sobre nuestras cabezas, como ocurría en tiempos de la Guerra Fría. En Argentina hemos conmemorado los bicentenarios de 2010 y 2016, pero ¿estamos pensando en el largo plazo de este tercer siglo que estamos atravesando? Por supuesto que es aventurado pensar en los tricentenarios y que, muy probablemente, no alcancemos a vivirlos nosotros.

Todas nuestras acciones tienen consecuencias hoy y en el futuro, y debemos reflexionar y plantearnos metas, acciones, caminos. Está faltando ese diálogo abierto y franco, aun sabiendo que no veremos los resultados inmediatos. ¿Es eso un obstáculo o pereza? ¿Estamos tan ensimismados con el presente que no podemos vislumbrar el mañana? ¿O nos resulta tan difícil pensarlo que lo dejamos arrumbado para más adelante, sabiendo que inexorablemente nos lo encontraremos en el calendario? Constantemente vemos cambios en las comunicaciones, en las modalidades del trabajo, en los hábitos de aprendizaje, en las formas de relacionarnos: es de una gran necedad si nos empecinamos en rechazar la existencia de esas transformaciones que tocan a la puerta.

Hay una brecha entre la generación que creció usando la máquina de escribir con aquella que chatea por medio de su celular. Ahora bien, las interrogantes existenciales son las mismas y los millennials son parte de este flujo continuo de las generaciones, que a su vez vendrán otros tras ellos con nuevas modalidades. Las mutaciones irán creciendo a mayor ritmo y las sociedades en las que se privilegian la generación del conocimiento y la educación son las mejor preparadas para afrontar los desafíos emergentes. Las naciones de Asia oriental, milenarias pero no exhaustas, marcan un camino importante en el énfasis en la excelencia educativa, a la cabeza de los rankings de desempeño.

Pensar el tercer siglo que estamos viviendo como nación independiente es una labor de hoy, para despertar debates profundos y necesarios, y lanzarnos a la acción por los caminos del porvenir.

El autor es doctor en Historia, profesor universitario y escritor.