El Gobierno está demasiado convencido del camino elegido, la mayoría de los que lo votamos no entendemos todavía dónde nos quiere llevar. La oposición, o lo que resta de ella, imagina que los errores son exagerados y los cánticos agresivos le devolvieron la ilusión. Es buena señal, les augura una despedida esperanzada, no por ello menos definitiva. El Gobierno no logra que lo acompañemos en su esperanza, hasta los que deberían aplaudir se quedan en silencio o auguran fracasos seguros.

Le dicen a los empresarios: "Dejen de llorar", y a la clase media ni siquiera le dicen nada; son socialistas de la injusticia, la distribuyen en forma equitativa entre todos los sectores productivos, un gobierno de inversores e intermediarios, de bancos y servicios. Cada vez importamos más y exportamos menos, imaginamos un mercado transparente en un mundo donde todos, absolutamente todos son proteccionistas.

Raúl Alfonsín fue quien intentó por última vez que la política se impusiera a los grupos económicos y a los negocios. Ni la misma coordinadora heredó sus sueños. Luego, Carlos Menem desguazó el Estado a cambio de jugosas comisiones. Vendría Néstor Kirchner con un avance significativo, intentó generar su propia burguesía. Cristóbal y Lázaro son las caras más visibles, saltamos de la comisión a la asociación. Ahora, Mauricio Macri con sus amigos culminan el proceso convirtiendo a los operadores de negocios en ministros. Ya no son los políticos los que conducen, son los mismos dueños de los negocios los que ocupan ese lugar. Y los funcionarios que molestan, como Alberto Abad, serán suplantados por personajes menores expertos en sociedades, testaferros y otras yerbas.

Una idea del poder, "hago lo que me da la gana"; respetar al otro, al disidente, al opositor les resulta una muestra de debilidad. Ser fuerte es despreciar los detalles, el qué dirán, nombrar personas cuya especialidad nada tiene que ver con el cargo, en lugar de currículo tienen prontuarios.

El lugar común de la cuenta en el extranjero, una clara expresión de aquellos que ven fácil ganarla en nuestra tierra y luego la guardan en paraísos, fiscales o no, lugares donde pueden andar desnudos al no existir controles. Ese dato no es un detalle, define una visión de la patria, de las ganancias y del otro. Uno puede ser más rico o más pobre, la fuga de capitales es la muestra de la ausencia de patriotismo. Chile, Uruguay o Brasil, lo mismo que Bolivia, aman a su país, por eso tienen moneda, porque ganan y guardan en la misma patria. Nosotros venimos con la imbecilidad de la "inversión extranjera", expresión indivisible que muestra la voluntad de llevarse la de ellos y que otro venga a arriesgar. No eligieron una patria, solo un lugar pasajero para hacer negocios. Los otros, los inversores, saben que los de aquí se la llevaron y se niegan a traerla.

Somos el único país de la humanidad a quien le da lo mismo que una empresa sea nacional o extranjera, o, mejor dicho, de preferencia extranjera, ya que nacieron para gerentes y no para producir. En consecuencia, les viene mejor servir a un amo que les pague en la moneda que van a usar para acumular.

Ellos dicen ser gradualistas, lo cierto es que andan a tientas por la vida. Los logros son tan lentos que ocultan un crecimiento invisible, una sutileza agresiva en tiempos donde se vive un empobrecimiento inocultable. Dicen haber puesto alta la vara de la ética, demasiado alta, permite que muchos de ellos la pasen por abajo.

Un gobierno con aciertos y errores; el tiempo va agigantando estos frente a la pequeñez de los otros. Eso sí, este presente no tiene como alternativa volver al pasado, no importa qué opine cada quien. Los que perdieron merecían esa derrota, cuesta imaginar dónde nos hubieran llevado. La dispersión de las fuerzas derrotadas desnuda los riesgos que corríamos en caso de haber triunfado. Se necesita una oposición democrática, con proyecto y superadora.

El Gobierno, con sus enormes defectos, sigue siendo todavía más sólido que la oposición. Y esa es la única base de su discutible poder. Claro que solo la ausencia de una opción opositora les permite el ridículo de hablar de reelecciones cuando por ahora no logran cabalgar el presente. En eso sí que no son lo nuevo, el vicio de soñar en quedarse para siempre lo tuvieron todos, y el actual Gobierno reincide en el pecado.