Esta frase ya tan dicha y repetida infinitamente en nuestra querida Argentina nos muestra una economía inflacionaria en la que cada año los salarios van perdiendo poder adquisitivo hasta que llegan los aumentos y se empareja la situación de nuestros bolsillos.

Los invito a pensar por qué se siente este efecto mucho más fuerte en febrero que en otros períodos del año. Se podrá decir, lo cual es absolutamente cierto, que es el momento de mayor distancia entre las paritarias del año anterior y los precios ajustados. También en los últimos años se concentraron muchos aumentos en este mes: transporte, medicina prepaga, energía, entre otros. Sin embargo, quiero enfocarme en el comportamiento de nuestra sociedad como consumidora.

¿Da igual pagar un monto idéntico de dinero por una salida de fin de semana que por la lista de útiles escolares? Por supuesto, psicológicamente nos cuesta menos pagar por algo que nos produce satisfacción inmediata o es un proyecto de placer que por los consumos cotidianos, cuotas de experiencias ya vividas o productos adquiridos hace ocho meses.

Los salarios se van deteriorando mes a mes, ya que la inflación es una curva continua y ascendente. Los sueldos son una escalera, se mantienen constantes por un tiempo hasta el ajuste siguiente. No es cierto que a todos los asalariados les llegue el aumento en marzo; algunos tienen incrementos en varias etapas. Lo que sucede es que nuestra mirada es distinta de acuerdo con la época del año. Cuando llega fin de año, se renueva la ilusión en una nueva etapa, en la que todo se ajustará a nuestros ideales. ¡Año nuevo, vida nueva, proyectos nuevos y propósitos nuevos! Muchos de ellos se acaban en los siguientes días del inicio del año, pero mantenemos el ritual. El medio aguinaldo de diciembre ayuda a crear esta sensación: ahora nos merecemos unas lindas fiestas y unas vacaciones pagadas en cuotas o una escapada a la costa por el trabajo duro del año. No obstante, ¿qué pasa con el medio aguinaldo de junio? Este último no se adelanta, se paga junto con el salario. La mayoría lo usa para un arreglo en el hogar, saldar una deuda o generar un ahorro. Nadie se lo gasta en sí mismo porque "me lo merezco". Sin embargo, el monto es exactamente el mismo.

Estos comentarios vienen a tratar de poner sobre la mesa cómo utilizamos ciertos sesgos cognitivos, que hacen que los hechos de la realidad se ajusten, por ejemplo, a comprobar nuestras hipótesis.

¡Entonces la economía no es exacta! Los cálculos económicos pueden ser precisos pero, lamento decepcionarlos, nuestra percepción de los números no lo es. La interpretación que nuestra mente realiza en contextos diferentes puede llevar a que veamos como distintas situaciones idénticas. Desde 1969, que se entregan los premios Nobel de economía, dos de ellos otorgados a quienes experimentaron y dieron el marco teórico a la economía del comportamiento: Daniel Kahneman, psicólogo israelí, en 2002 y el economista estadounidense Richard Thaler, el año pasado. Ambos sostienen la no racionalidad en la toma de nuestras decisiones y, por lo tanto, podemos afirmar que nuestras percepciones están sesgadas.

Como se mencionó, uno de los sesgos que intervienen es el de la confirmación de hipótesis. A nadie le gusta volver de vacaciones y encarar el año. Por eso confirmamos en cada decisión de consumo lo caro que están las cosas y lo duro que nos resulta. Lo que cabe preguntarnos es si hablamos únicamente de los precios o de la experiencia de volver a las obligaciones.

La autora es secretaria académica del Departamento de Marketing, Universidad del CEMA.