El Gobierno nacional ha decidido promover en el seno del Congreso el debate sobre la despenalización o no del aborto. Desconozco las razones por las cuales ha dado ese paso y no me interesa saberlas. Me asombra, sí, la frialdad o la banalidad con que cierto periodismo analiza el tema.

Por caso, el día 23 de febrero, un periodista radial abordó el asunto desde el costado de la libertad, esto es, el derecho de la mujer a decidir qué hacer sobre su propio cuerpo. ¡Si quiere abortar, nadie debe impedírselo! Está en su derecho. “Es como que yo, que no me gusta la verdura, prohíba los restaurantes veganos”. (Sic) Comparar un embrión con una espinaca o un zucchini es el disparate mayor que he escuchado en los últimos anos. Es la más absoluta deshumanización que avanza a pasos de gigante y que anida en el alma, en el caso de que la tengan, de un sector de la sociedad argentina imbuida de un nihilismo exasperante.

La gravedad no estaba solamente allí. El periodista conversaba con la doctora Martha Rosenberg, que encabeza la lucha por el aborto libre, y la doctora asentía sobre el disparate verdulero. Pasaron luego a despotricar sobre la influencia religiosa en la sanción o no de leyes, como si matar o no, delinquir o no fueran solo pecados condenados por la Iglesia y no por las leyes, redactadas por civiles, que deben garantizar la convivencia social tanto como la defensa de la vida.

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Como el aborto se practica igual, arremetían, en la clandestinidad y con el peligro que esto trae, entonces, “no seamos hipócritas y blanqueemos de una vez por todas”, ¿el delito? En esa línea de pensamiento, podríamos también legislar sobre el femicidio: como se matan tantas mujeres, dejémonos de embromar. Ya no hay más crimen. También en esta ola de desatinos podríamos promover alguna ley que contemplara la desgracia de los delincuentes desafortunados que, luego de un atraco y con balas en el cuerpo, puedan ser atendidos en un hospital público sin ninguna consecuencia, en vez de que los curen “tordos” clandestinos como pasa ahora. ¡Pobrecitos, mueren tantos!

Cuando la ética se calibra por la cantidad, transformándose en un problema cuantitativo, estamos mal. Por otro lado, plantear el aborto desde el derecho a ejercer la libertad es blasfemar sobre este valor. El primer derecho es el derecho a la vida y la libertad tiene sentido si se defiende la vida. Asociar al aborto con valores como dignidad, igualdad, libertad o justicia es como asociar una hiena con un perro hogareño.

El jueves 9 de septiembre del 2010 un matutino publicó una nota de enorme importancia. Nos informaba que se había logrado monitorear al embrión humano durante los primeros cinco días de vida, el cual “despliega una actividad inusitada: se divide, se multiplica, se desplaza, gira”. El doctor Sergio Papier, del Centro de Genética Reproductiva (Cegir), dijo más aún: “La vida secreta del embrión radica en que este es el gran protagonista de la implantación”, lo que afirma que el éxito o el fracaso de la adherencia al endometrio dependen en un 80% del embrión y un 20% de la madre. En una palabra, adherirse o no al útero es la distancia que hay entre la vida y la muerte, y esto depende en un 80% del embrión, quien ya pelea por la vida.

Interesante, ¿no? Tan chiquito y tan humano, y con un firme mandato por la vida. Arrancarlo de ese mundo es como pisarle los dedos a quien, agarrado de una cornisa, pugna por salvarse.

Cuando la ciencia o el pensamiento vulgar toman distancia de la ética o los valores, la sociedad se encamina hacia horizontes de franca decadencia.

El autor es historiador.